Crónicas covidianas: ¡SALUD Y VICTORIA! (II)

Así iba yo, Duque de Vianda arriba, dejando atrás el ataque zombi, cuando encontré un periódico tirado sobre un basurero. Miré su portada, plagada de léxico entre científico y paranormal,  como “zona perimetrada”, “repunte”, “cepa británica”, “asintomático”, “desescalada” o “tercera ola”, la auténtica, aquélla que no se había imaginado Alvin Toffler. Pero no degrademos esta tragedia griega con comparaciones vanales y sigamos. En medio de la primera plana una gran fotografía exhibía la postura ritual para recibir una lavativa o cosa parecida, donde un sujeto con el pantalón en los tobillos exponía sus níveas posaderas para la firme clavada del médico (o quizás veterinario, el pie de foto no lo aclaraba). Sin detenerme más en aquellos incuestionables palabros, que fueron suficientes para ponerme al día de lo que se cocía en Granja España, continué caminando mientras un manto blanco caído del cielo iba cubriéndolo todo.

Más adelante, ante un local que parecía estar en obras, vi al fondo una pared llena de libros. Unos fortachones muchachos estaban en plena tarea de desempaquetado.

No encontré al encargado en la entrada del comercio, así que fui directo a ver si por casualidad encontraba “El Enfermo Imaginario”.

Aquello olía a antiguo y sóla se me fue la mano directamente a “La Fenomenología del Espíritu” de Wenceslao Roces, traducción tan singular que se convirtió en un antecedente del Google Translator, haciendo del libro una nueva obra ajena a la fuente. Aquella edición que tenía en mis manos poco tenía que ver con la que se toma por original de Hegel, constituyendo durante décadas la ‘Luz de Oriente’, mandiles aparte, de la II República Española en el Exilio. Se puede naufragar por muchas causas y una “traducción” al estilo Wenceslao puede ser una de ellas.

–  La tienda no está abierta, ¿qué hace por aquí?

–  Bueno, la puerta sí está abierta y aquellos señores que colocan paquetes no me han dicho nada.

–  A ver, ¿qué libro busca?

Aquel hombre tenía aspecto de estar pasando un ayuno penitencial, enjuto, macilento y ojeroso, pero arrogante, con ganas de dar por terminada mi visita antes de empezarla.

–  “El enfermo imaginario”, de Molière, ya sabe…

–  No tenemos lo que busca, lo siento. Además no está la situación para bromas sobre enfermedades. El virus acecha en cada esquina.

–  La verdad es que no le entiendo, ahí abajo la librera también me habló de algo de eso, no recuerdo exactamente, pero Molière es el escritor adecuado para estos tiempos.

–  ¿Usted cree que los enfermos son imaginarios?

–   Sigo sin aclararme exactamente de qué enfermos me habla, quizás no nos refiramos a los mismos. Puede que usted se refiera a los ancianos a los que desde hace años se les viene dando el matarile sin que ni colegios de médicos ni capellanes de hospitales hayan hecho una investigación a fondo de lo que viene sucediendo.

–  No diga barbaridades, sabe de sobra de lo que le hablo.

–  Ya veo, usted debe de estar hablando de algo que le cuentan en la tele, ¿verdad? De hecho con la nevada que está cayendo he visto a algunos que paseaban el perro, pero eran los dueños quienes llevaban puesto el bozal. Por eso  “El enfermo imaginario” viene muy bien ahora. En este caso, los enfermos de los que hablo no están en los hospitales, sino esperando  en casa con la culera vaporosa a ponerse en posición cuadrúmana cuando les llegue su cita.

–  Me parece una desvergûenza su opinión, todo el mundo está sobrecogido.

–  Y con las nalgas prietas, a veces la prensa dice la verdad. Ya veo que no atiende a razones, ni a las fotos de gente en posición grotesca para recibir la lavativa. Pero ya que no tiene a Molière, estoy divisando allí en la esquina de la estantería a Pirandello, “Así es, si así os parece”. Un título que invita a hacerse preguntas ante este espectáculo supersticioso, en absoluto científico. Me lo llevo, ¿cuánto vale?

–  No está a la venta, es más, lo voy a retirar. ¡Es usted un inmoral!

–  Puede quemarlo, dado que es lo que desea. Yo quizás sea un inmoral, dado que no obedezco el decálogo de esta nueva secta que se ha expandido por el mundo. Pero la razón debe atender a si mi punto de vista es verdadero o falso, no moral o inmoral.

–  ¿Pero qué dice? ¡Están ahí las cifras que demuestran la ferocidad del virus!

–   Ya, ya, las cifras… ¿Las mismas que desde tiempos de Aznar mantienen congelado el porcentaje de inmigración en el 12%, las de abortos o las de escrutinios de votos? ¿De qué  me está hablando? No son cifras, son actos de fe, donde el rebaño se siente feliz de volver a ser engañado.

–  No sabe lo que dice, además ya es la hora de cerrar.

–  Tranquilo, caballero, ¡salud y discernimiento!

(CONTINUARÁ)…

JORDI PLA


 

[1ª parte: http://elcadenazo.com/index.php/cronicas-covidianas-salud-victoria-i]

 

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