Crónicas covidianas: ¡SALUD Y VICTORIA! (y III)

Afuera la nieve había cubierto todo, la noche había caído. Un coche de unos jóvenes sin ningún tipo de bozal había quedado atravesado. Tras ayudarlos me dieron las gracias. Al volverse vi que en su ropa ponía “Policía”. Les respondí que estuviesen atentos, que la cosa acababa de empezar. Me dijeron que aún duraría una semana, pero aclaré que no me refería a  la nevada; “¡No tardarán ustedes en saber de qué va esto!”

Desistí de más librerías y llegué hasta unos grandes almacenes de equipamiento para el hogar. Fui directo a la puerta principal donde me esperaba atravesada una joven con cara de “que llegue la hora de marcharme”.  Como tampoco ponía ‘Cerrado’ por ninguna parte y se veía cierta actividad en el interior, la dejé a un lado para entrar, pero ella, alzando la voz, me salió al paso:

–  ¿De dónde sale usted? ¿No sabe que está todo perimetrado?

–  ¿Pero cómo que de dónde salgo? Vivo aquí igual que usted, ¿de qué me habla?

–  ¿Se burla de mí? Lo ha dicho la televisión. Todo el mundo lo sabe. Ésta es una zona de alto riesgo, la pandemia está por todas partes y hay muchísima gente afectada.

Dejé pasar unos segundos mientras observaba su actitud agresiva, pendiente de un mal que la acechaba desde no sé qué esquina. A la vista de su expresión era evidente una pandemia de un virus contagioso, que lleva a la derrota de cualquier pueblo: el miedo. Al poco se acercó otro sujeto vestido como su compañera, en cuyo rostro pude leer: “¡Fuera clientes!”

Me di media vuelta, tras desearles una buena noche a lo que no tuve respuesta. Sin embargo escuché un borboteo de palabras en que ella criticaba con total convicción mi atrevimiento. Sólo entendí las últimas: “¡Con la que está cayendo!”

Efectivamente, la nieve indiferenciaba las formas, ni calles de aceras se distinguían y los servicios municipales eran tan visibles como aquella ciudad plagada de enemigos que yo no lograba ver.

Era evidente que la ciudad entera estaba de rodillas, sin recuerdo del antiguo espíritu quijotesco que la llevó a oponerse al invasor cuando todas sus élites la habían traicionado. Esta generación sanchopancesca desprende ese olor que tan bien describe Cervantes:

–  “Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.

–  Sí tengo -respondió Sancho-, mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?

–  En que más que nunca hueles, y no a ámbar -respondió don Quijote-”.

En estas cábalas iba yo camino del hotel Canciller, hablando conmigo mismo, mientras recordaba el diálogo con la joven espanta-clientes. Súbitamente dí con la fuente de aquella superstición que la llevaba a tan esperpéntica disrupción cognitiva: “Lo ha dicho la televisión”. Ése era su gran argumento que se sobreponía a toda evidencia.

Recordé entonces a Feuerbach, que retrata la situación por la que está pasando esta antigua nación que fue madre y guía de pueblo:

“Nuestra época, sin duda alguna, prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser… Para ello lo único sagrado es la ilusión, mientras que lo profano es la verdad. Es más, lo sagrado se engrandece a sus ojos a medida que disminuye la verdad y aumenta la ilusión, tanto que el colmo de la ilusión es para ella el colmo de lo sagrado”.

Al fin llegué a mi cita con Peter. Allí estaba esperándome, en la cantina del Canciller, donde degustamos de un par de rubias trigueñas, largas, espumosas.

–   ¡Prost, Jordi!

–   ¡Prost, Peter!

–    ¡Salud y victoria!

Sí, salud para el alma enferma de nuestro pueblo y después llegará la victoria. Así será.

JORDI PLA

 

 

 

De camino al hotel Canciller, mientras yo iba hablando sólo, el teléfono me contestó con una propuesta culinaria, sin haberlo tocado siquiera

 

 

 

 

 

[1ª parte: http://elcadenazo.com/index.php/cronicas-covidianas-salud-victoria-i]

[2ª parte: http://elcadenazo.com/index.php/cronicas-covidianas-salud-victoria-ii]

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