CUANDO EL AMOR GUÍA

Paseo por los pedregosos senderos flanqueados por robles y pinos a la sombra del imponente Moncayo; me sonrío ante la sincera y directa sabiduría ancestral de los mayores de mi pueblo durante nuestras conversaciones en la plaza al atardecer.

Respiro la intensa brisa del cantábrico bajo la atenta mirada del faro de Santander y recorro las animadas callejuelas de suelo empedrado del barrio de las letras en Madrid.

Descanso un domingo cualquiera al abrigo de las sólidas murallas de la ciudadela de Pamplona y disfruto de las sencillas y sabrosas viandas que me ofrecen en la bulliciosa calle Laurel de Logroño.

Repaso las encantadoras descripciones de los jardines del Retiro en las amarillentas hojas de un libro de Baroja y al caer la noche me sobrecojo imaginándome la búsqueda de la corza blanca de Bécquer entre antiguas ruinas a la luz misteriosa de la luna.

Siento que me invade la reverencia que emana del Alcázar durante una charla nocturna por las sinuosas calles de Toledo.

Creo ser capaz de entender el universo al observar el veraniego cielo estrellado desde el ibón de Estanés en el Pirineo.

Guardo necesario silencio al recuerdo de Machado durante el sosegado trayecto entre Vinuesa y la Laguna Negra.

Y a lo largo del Camino de mi vida advierto que no puedo dejar de amar la tierra a la que pertenezco, y por Amor no puedo dejar de luchar por ella.

Gawain

 

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