CUANDO HABLA EL DESENCANTO

YO, PECADOR, me confieso a ti, pueblo de España.

Me confieso por haberte desconocido.

Me confieso por no haberte amado anchamente, furiosamente como era preciso hacerlo. Me confieso por haber olvidado cómo murió en Alicante un hombre joven porque era pueblo por los cuatro costados; un hombre joven que sabía llorar en el fondo de su alma cuando te veía triste y doloroso, hambriento y lleno de llagas. Era un hombre joven que quería encontrar para sí un señor que no se te muriera. Pero él, que hubiera sabido ser tu señor, se te murió. Y ya nadie ha sabido ser tu señor.

Y tú, pueblo de España, estás ahí, a la intemperie. Como te encontraron zafio, y rudo, y desagradable se propusieron educarte y te organizaron brillantes actos que acababan siempre con una copa de vino español servida a la americana y que no era un vino hermano de tu vino blanco y agrio.

Otras veces pasearon de acá para allá las cenizas de tus muertos venerables y te trajeron a los estúpidos de todo el mundo, con estancia y viaje pagados, para que te discursearan y después dijesen en los periódicos lo generoso e hidalgo que tú eras. A veces hasta te concedieron el derecho a servir de fondo decorativo en algún festejo importante.

Me confieso a ti, pueblo de España, por no haber sabido alzar mi voz ante tanto escarnio y tanta estupidez. Me confieso por no haber sabido gritar a la cara de los que no son pueblo la suprema verdad de que cuando llega la hora de morir eres tú el único que sabe hacerlo. Me confieso por esta impotencia rabiosa de no saber alzar a toda la sangre joven de España en oleada incontenible para buscar por los caminos tu alegría, y tu risa, y tus campanas, y hacer que salte para siempre la costra mugrienta y fría que los años han acumulado sobre tus campos, sobre tus calles, sobre tus hogares tristes. Y que tu hambre se harte de pan y de amor.

Pueblo de España en penitencia, bien vale que te ofrezca el dicho del romance, escandalosamente variado: “¡Dios que buen vasallo. ¡Si él fuera el señor!”

José Bugeda en la revista del SEU “La Hora” (1953)

 

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