CUANDO LA PANDEMIA ERA EL HAMBRE

Estos días se ha estado removiendo el terreno donde se ubicó el Campo de Detención de Albatera.
Con fondos de la Generalitat Valenciana, adjudicación dicen de 18.000 pavos para tutelar la necrofagia, la excavación practicada sobre 35.000 m2 se ha saldado con el “espectacular hallazgo” (sic) de: algunos casquillos de fusil, dos docenas de latas de sardinas, una peseta republicana, una alianza, una “valiosa joya de oro y brillantes”, un cráneo humano y una tibia.
Y hasta aquí llega el escandallo del mayor exponente de la represión franquista.
Si añadimos al escuálido resultado de la prospección, que el de Albatera hasta el día antes de albergar a los derrotados en la guerra había sido un campo de concentración de la República, afirmar que la Generalitat se ha cubierto de mierda, más que un exabrupto sería el acento.
Pero, más allá de la anécdota y de los ¿sonoros? fracasos de los desenterradores tenemos que admitir que cada nueva actuación, por patética que resulte en el saldo final, es una victoria de la izquierda, porque el adorno del mensaje cala en la sociedad.
Seamos claros: ellos saben que no hay nada, pero lo importante es propagar la idea de que España entera es una fosa común. Y aquí sí están ganando la batalla, y lo peor de todo es que la ganan por incomparecencia.
Mientras casi nadie se atreve a defender al llamado “Franquismo”, se está desarrollando una literatura -muchas veces subrrogada con fondos públicos- cuyo fin último es desvirtuar la historia hasta conseguir sepultar la verdad bajo miles de publicaciones amañadas y sin respaldo empírico alguno.
Tan solo con la fragilidad de la memoria de algún nonagenario o algunos escritos de parte les basta y sobra para documentar relatos de supuestas masacres y enterramientos masivos.
Y aquí es cuando se jode el invento… ¿dónde están los cadáveres?.
Porque no es tan fácil deshacerse de miles de muertos, y si no que le pregunten a Carrillo por Paracuellos, a Stalin por Katyn, o a Pol Pot por los “Killing Fields”.
Unos días atrás cayó en mis manos un libelo publicado por un supuesto historiador (y digo supuesto porque oculta su nombre en una “Sociedad Benéfica de Historiadores, Aficionados y Creadores”, cuyo mero enunciado causa sonrojo) que, además de no respaldar documentalmente ninguna de sus aseveraciones, escribe al pie de una foto de la matanza del Cuartel de la Montaña lo siguiente:
“Éstos no consiguieron salvar la vida y fueron probablemente ajusticiados sobre el terreno, pero en justicia, militar por supuesto y con el código de la época en la mano, cuando un militar se subleva contra el gobierno, si pierde, se le hace un juicio sumarísimo y con muy pocas dudas, se le condena a muerte. Ellos lo sabían cuando se rebelaron. Lo que no esperaban era perder. En cualquier caso nadie debe tomarse la justicia por su mano, pues, amén de inmoral, es malo para la causa. Pero en cualquier caso, también, estos son los riesgos de levantarse en armas contra el gobierno legítimo, por muchos ciscos que hubiera en España, que peores los había en otras partes del mundo, y que lo único que de verdad consiguió la rebelión fue desquiciar el país, mandar al hoyo a casi un millón de personas y dejar España con un retraso de 40 años en manos precisamente de unos retrasados mentales, pero muy listos para ganar guerritas civiles y dar badana a los paisanos”.
Ejem… la lectura sui generis que hace el sujeto de los hechos históricos y su “rotunda” conclusión final son acordes con la redacción y el lenguaje empleado, no perderé ni un segundo en comentarlo: el tipejo se define a sí mismo.
En otra publicación de sesgo similar pero pretendida de “investigación” acerca de los “Campos de concentración franquistas”, el autor también construye un relato de terror digno de Allan Poe (aunque sin llegar a su lírica) y eleva sin pudor ni rigor a categoría de certeza la ejecución de un cuidado plan de exterminio de los presos rendidos, pero a cambio no entrega ni una mísera prueba más allá del testimonio oral de alguna persona que afirma pasó por tal o cuál campo.
Oigan, si jugamos a prescindir de pruebas y aceptar por válido cualquier testimonio que se autoafirme cómo verídico, ahí van un par:
El soldado Fermín Larrea Martínez (1918-2014) había sido llamado a filas por el Gobierno en la leva del 38 conocida por ser la primera “Quinta del Biberón” (aún habría otra posterior). Soldado de reemplazo por tanto, de aquéllos que la República no llamó a la mili sino a la guerra, deambuló durante más de un año con su unidad desde la sierra de Teruel hasta Cazorla. Acabando las hostilidades se encontraban cerca de Úbeda, donde fueron rendidos por los Nacionales sin disparar un solo tiro. Recluido en un principio en la plaza de toros de Valdepeñas, debido a la masificación acabó siendo trasladado al Campo de Castuera en Badajoz… donde por cierto tampoco había mucha holgura.
Allí se le permitió mandar letras a su casa (cartas que llegaron con cientos de tachones, visadas por la censura) y que pusieron a su padre en la ardua tarea de recuperar al hijo.
Los vencedores ciertamente no tenían prisa, pues eran conocedores de que entre la tropa rendida se ocultaban confundidos muchísimos criminales de guerra.
Conseguidos los avales y verificado que no tenía denuncias a su nombre, el “rojo” Fermín fue puesto en libertad sin más preguntas.
Diez jornadas caminando de sol a sol, y del oeste al este de nuestro todavía sangrante suelo, durmiendo al raso y comiendo raíces que encontraba al paso, un buen día sus pies casi descalzos le dejaron a la puerta de su hogar.
Al poco le tocó “repetir mili”, 3 añitos más de servicio, pero esa es otra historia.
Cuando el reservista Juan Antonio López Vallés fue llamado a filas por el Gobierno de Valencia, ya tenía un retoño y superaba la treintena. Incorporado en labores de conductor nunca estuvo demasiado cerca del “fregao”. Una mañanita se despertó con el eco de los cañonazos nacionales y en el Puesto no quedaba ni el cabo.
Con la deserción de los mandos rojos, hizo lo que todos los soldados de su unidad: dejar gorra y correajes y tornar a su pueblo. Comoquiera que en el camino nadie le paró, hasta aquí alcanzó la guerra.
Al día siguiente ya estaba arando su pequeño bancal, y como él, todos los que volvían.
Unos y otros, vencedores y vencidos, descubrieron desvanecido el humo que la paz iba a ser tan dura como la guerra: en España no quedaba nada.
Y no solo por los 3 años de destrucción y muerte, sino por el saqueo concienzudo de cualquier propiedad que atesorara el Estado.
Sin demagogia y ¡sí! con documentación inapelable: el Gobierno de la República fue un hato de ladrones que condenó al pueblo español a la miseria y al hambre.
Mi tío Fermín Larrea, rojo por accidente, en verdad las pasó putas en Castuera… una lata de sardinas y un chusco para tres cada dos días, piojos, chinches… ¡exactamente igual que al otro lado de la alambrada!, porque ese, ese, y no otro, fue el legado del comunismo en su breve paso por España.
Para el legado del franquismo, véanse los datos económicos, coyunturales, y sociales de las décadas que abarcan desde el 40 hasta los 70.
Por mucho que los herederos del Frente Popular se empeñen en confundir, ellos fueron la pandemia y Franco, la vacuna.
LARREA   DIC/20

 

Los hallazgos que rescatan la trágica y silenciada historia del campo de concentración de Albatera

Las prospecciones en el recinto franquista, que hacinó a miles de presos en 1939, recuperan multitud de objetos, restos óseos y uno de los barracones.

https://www.elespanol.com/cultura/historia/20201222/hallazgos-rescatan-tragica-silenciada-historia-concentracion-albatera/545196763_0.html

 

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