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D. ANTONIO GARCIA, “EL INMORTAL”

Antonio García-Monteavaro López, uno de los más grandes héroes españoles que jamás haya existido, nació en 1791 en Castañeirua, casería de la parroquia de Piñera, en Castropol (Asturias).

El 25 de mayo de 1808, la Junta General del Principado de Asturias declaró, en nombre de España, la guerra a Napoleón (“Asturias, en nombre de la España invadida, declara la guerra al emperador de los franceses”) y Antonio, que tenía 17 años, se alistó en el Regimiento de Castropol, pasando después al Regimiento Provisional de Húsares de Castilla a las órdenes del general Acevedo y, desde ese momento, su vida fue una continua pelea, impulsado por su gran valor y espíritu de sacrificio.

Con la frase “Asturias nunca vencida” pintada en sus banderas, los asturianos plantaron cara al invasor, pagando con ello un altísimo tributo de vidas humanas y recursos materiales de toda clase.
Un ejemplo de ello fue Antonio García, que en la guerra contra los invasores participó en más de 30 combates y en muchos más encuentros y escaramuzas, resultando con frecuencia herido.
No había terminado de recuperarse de una herida cuando recibía otra en otro combate, y otra, sin que nada frenase sus deseos de expulsar a los franceses del suelo español.
Su cuerpo sufrió múltiples heridas de balazos y arma blanca, siendo las más significativas:
– En1808: 1 balazo en la Balmaseda, 1 estocada en Oviedo, otro balazo en Mondoñedo.
– En1809: resultó herido de 3 estocadas en la batalla de Lugo, de 1 cuchillada en Betanzos, de 1 herida en la frente en Santiago y de 1 balazo en el muslo en Villafranca del Bierzo.
– En1810: fue hecho prisionero en Llerena y fusilado de 4 balazos en un monte ante su negativa a aceptar la autoridad del intruso rey José; dado por muerto y tras permanecer 36 horas tendido y moribundo, sobrevivió gracias a un pastor que le rescató de entre los cadáveres de sus compañeros. Una vez recuperado de su fusilamiento, se unió de nuevo a la lucha.
– En1811: fue herido de 1 balazo y 2 estocadas en Fregenal de la Sierra (Badajoz), de 1 estocada en la batalla de La Albuera y de 1 balazo en el pecho y 1 estocada en el muslo en Murviedro (Sagunto).

Sus compañeros le tenían respeto y admiración, y, con el tiempo, le fueron dando diversos apodos: “El Inmortal” (porque, a pesar de resultar gravemente herido muchas veces, siempre se recuperaba), “El Arcabuceado” (porque sobrevivió a su fusilamiento) y “El héroe de Castropol” (por ser el militar más famoso de este lugar).

Pero las secuelas de sus múltiples heridas acabaron por impedirle seguir en el servicio activo, aunque sus deseos de seguir peleando no disminuyeron. Antonio García se vio obligado a pedir el pase al Cuerpo de Inválidos, y la Regencia (el Gobierno de España en ausencia del Rey Fernando VII) se lo concedió, recompensándole en el mes de enero de 1813 con el ascenso a sargento primero mientras se le encontraba un empleo civil, acomodado a sus limitaciones físicas, con el que poder mantenerse.

Quienes conocían su extraordinario valor y méritos en el campo de batalla no consideraron suficiente esta recompensa. Así, un grupo de casi cien personas, encabezado por el diputado por Castropol Felipe Vázquez Canga, firmaron un documento en el que reclamaban a la Regencia que se le concediese al sargento García la nueva condecoración llamada “Cruz de San Fernando” (creada en 1811 para premiar el valor), pero sin necesidad de someter sus méritos a un “juicio contradictorio”.
El juicio contradictorio era un método que debía seguirse para que una Cruz de San Fernando se concediera con justicia, consistía en organizar 2 comisiones: una argumentaba a favor de la concesión de esa recompensa y otra argumentaba que no apreciaban suficientes méritos. Se buscaban testigos que declararan en un sentido o en otro, y un ‘tribunal’ dictaba sentencia sobre la concesión, o no.

Como el valor y el heroísmo del sargento Antonio García eran tan conocidos y tan indiscutidos (siendo las pruebas permanentes sus cicatrices) los proponentes pedían que se eliminara este requisito para acelerar la concesión de la Cruz de San Fernando.

Las Comisiones de Guerra y Premios del Congreso se negaron a la petición por ir contra el reglamento de la Cruz de San Fernando, cuyo artículo 19 decía:
“Para que un Sargento, Cabo o Soldado acredite la acción distinguida, hará constar así mismo por sumaria información en juicio abierto contradictorio, en el que depondrá un suficiente número de los individuos militares que presenciaron la acción…”.
Las Comisiones recomendaron que se cumpliera el procedimiento del “juicio contradictorio”, aunque, en este caso, bastaría sólo una de sus múltiples acciones meritorias: el combate en Fregenal de la Sierra (Badajoz), ocurrido el 16 de febrero de 1811, en el que el sargento García peleó contra 17 franceses, hizo prisionero a su comandante y recuperó la bandera de España que había sido capturada por los napoleónicos, quedando herido de 1 balazo y 2 estocadas. Y que mientras se llevaba a cabo ese procedimiento, se ascendiese al sargento Antonio García a oficial (a alférez de Caballería), se le concediera el derecho perpetuo a uso de uniforme de Húsar de Castilla y una pensión de 500 reales mensuales con la que poder costear los gastos médicos para curar sus múltiples heridas de guerra (pensión llamada “Gracia de Inválidos”).

Las Comisiones sugerían a las Cortes que, como modo de reconocer públicamente su larga trayectoria, recibieran al sargento en sesión plenaria, ocasión en la que le harían entrega del Decreto por el que se le premiaba.

Las Cortes españolas no se caracterizan por tributar reconocimientos personales a los militares más destacados, y, sin embargo, en un hecho insólito, el Supremo Congreso Nacional de Cádiz, en su sesión del 12 de febrero de 1813 aceptó la propuesta y tomó el acuerdo.

El 16 de febrero, en el salón de las Cortes, en el oratorio de San Felipe Neri, las Cortes españolas en Pleno, recibieron solemnemente, para honrarle, a un humilde militar: Antonio García, sargento primero de Caballería.

El Presidente del Congreso, dio lectura al Decreto del 16 de febrero de 1813:
“Las Cortes generales y extraordinarias, teniendo presente la constancia, el valor y el patriotismo del sargento primero de caballería D. Antonio García natural del Presno en Castropol en Asturias; y atendiendo al mérito singular que se encuentra en el conjunto de acciones de este defensor de la Patria, enumeradas en la gaceta de la Regencia del sábado 30 de enero del corriente año decretan:
1º La Regencia del reino concederá a D. Antonio García, sargento primero retirado de caballería ligera, el uso perpetuo del uniforme del cuerpo donde servía con la distinción de alférez.
2º Queda autorizada la Regencia del reino para asignarle una pensión de 500 reales mensuales, cobrable en el pueblo donde fije su residencia.
3º La Regencia del reino mandará justificar con arreglo al decreto de 31 de Agosto de 1811 la acción en que se dice que D. Antonio García recobró la bandera española entre 17 enemigos, y justificada, será condecorado con la cruz de S. Fernando además de los premios referidos.
y 4º Esta soberana disposición de las Cortes se publicará en la gaceta.
Lo tendrá entendido la Regencia del reino, y dispondrá su cumplimiento. Miguel Antonio de Zumalacárregui presidente.- Florencio Castillo, diputado secretario.– Juan María Herrera, diputado secretario.- Dado en Cádiz a 16 de Febrero de 1813.- A la Regencia del reino.”
(Este decreto fue publicado en la Gaceta de la Regencia del 18 de febrero).

Después de la lectura, el Presidente dijo:
«Señor: El individuo que tiene el honor de presentarse en este día ante V. M., es el benemérito Sargento Antonio García, cuyos extraordinarios y particulares servicios V. M. ha tenido a bien premiar el día 12 del presente mes con la singular distinción de determinar que tan acreedor agraciado tenga la satisfacción de presentarse en el Congreso a recibir inmediatamente de V. M. y a presencia de todo el pueblo, un premio tan gloriosamente merecido. Esta sabia determinación será el testimonio más convincente para la Nación entera del interés que V. M. toma en la suerte de los ciudadanos que se han hecho dignos de la consideración de la Patria, igualmente que el aliciente más poderoso para hacer de cada español un héroe.
Y (dirigiéndose al sargento García) vos, hijo benemérito de la Patria, si habéis tenido valor y constancia para ser útil a la causa de vuestros ciudadanos y para tomar tanta parte en su glorioso éxito, sin que os hubiesen arredrado tantos y tan repetidos riesgos para volver de nuevo a presentaros en vuestras banderas y nuevamente volar al combate y a la lid; ahora seréis recompensado con el premio más apreciable que pueden adquirir hombres de honor y de probidad, el amor de sus conciudadanos y la estimación pública; premios que todos los Monarcas no pueden conceder a ningún mortal. Todos vuestros conciudadanos representados por este augusto Congreso os felicitan del modo más solemne que lo pueden hacer y reconocen el mérito justamente debido a vuestras virtudes. Ya que vuestra salud no os permite continuar en la penosa carrera en que habéis conseguido tanta gloria, en el seno de vuestra familia y en el país de vuestra cuna, continuad desplegando nuevos sentimientos de otra especie y refiriendo a vuestros conocidos y vecinos la historia verdadera de vuestros sucesos; contribuid con el vivo ejemplo a entusiasmar más y más el calor patriótico de vuestros paisanos los asturianos. Expresadles, si os es posible, la dulce emoción que en este momento disfruta vuestra alma al contemplar que todo el pueblo se está congratulando de vuestras satisfacciones; decidles que nada puede igualar a este efecto encantador de la virtud; finalmente, asegurad a los jóvenes, que estos premios son inagotables y que los obtendrán cuantos imiten vuestras heroicas acciones. Acercaos, ahora, a recibir las credenciales de la recompensa, que la Patria os ha señalado.»

Tras los aplausos y los gritos de ¡Viva la Patria! ¡Vivan sus héroes!, aquel humilde sargento de 22 años, con el andar lastimero producido por las secuelas de las heridas recibidas (una de ellas aun sin cerrar), se aproximó a la mesa presidencial para recoger el Decreto, acompañado por un alabardero. Seguidamente, con voz trémula y cansada, pronunció unas palabras:
“Señor, yo estoy sumamente agradecido a los favores de V.M. Mi agradecimiento será eterno. No deseo más que restablecerme un poco de mis heridas para volver a ser útil a mi Patria. Derramaré por ella hasta la última gota de mi sangre”.

Su caso provocó un arrebato de patriotismo en los españoles y la ciudad de Cádiz vio en él la representación viva del pueblo español en aquella lucha: herido, vencido en tantas y continuas ocasiones, fusilado y volviendo más animoso a la lid, aun no convaleciente de sus heridas, a vengarlas y a pelear por la independencia.
El actor José Fedriani, el mismo día 16, leyó en un teatro de Cádiz este soneto dirigido a él:

Anima en vano el galo prepotente
sus bárbaras legiones: arma en vano
sus sanguinarios siervos el tirano
para oprimir al español valiente.

Rabia y furor y hierro y plomo ardiente
dirige contra el joven asturiano,
que con suerte divina, esfuerzo humano,
jamás abate la atrevida frente.

Honor del suelo astur, recibe, en tanto,
el digno premio de la patria mía;
que más que la expresión celebra el llanto.

Y cuando la francesa alevosía
oprimir quiera nuestro suelo santo,
firme España dirá: ¡¡vive aun García!!

Pero el traslado de las Cortes a Madrid, la duración de la Guerra de la Independencia, la cada vez mayor lejanía en el tiempo de la acción de Fregenal de la Sierra, el estado del Erario y la frágil memoria humana hicieron que los hechos protagonizados por el sargento Antonio García cayeran en el olvido.

La vida del héroe asturiano concluyó el 28 de febrero de 1841 en el Hospital Militar de La Coruña en la más absoluta pobreza, sus restos fueron enterrados en la fosa común para indigentes del Cementerio Municipal de San Amaro de La Coruña.
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M.M. Cuendías et Féréal en “L´Espagne pintoresque, artistique et monumentale…” Librairie Ethnographique. París, s. f. (hacia 1850), en la página 68 recoge las observaciones de unos viajeros franceses que pasaron por Asturias y describen así al soldado asturiano:
“Soldados que saben morir por la Patria como en los tiempos de Pelayo… Lo que el asturiano hace por su patrono cuando es un servidor, lo hace por la Patria cuando es soldado. Fatigas, privaciones, falta de alimento y vestido, nada le hace desertar de sus banderas. Aunque no reciba su ración de pan, aunque sus pies se lastimen contra las piedras del camino y las fragosidades de la montaña, aunque carezca de tabaco, aunque pase cuatro noches sin dormir, y sepa que no dormirá a la siguiente, nada le importará. No se verá nunca un motín contra sus jefes ni una murmuración contra su Rey. Si llega el enemigo, veréis a estos asturianos rehacerse, aunque estén sin armas, sin amparo y sin otra fuerza que la que sacan de sus corazones y de su fe en Dios”

ROSA M. CASTRO

 

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