DE INCENDIOS Y HORNOS

Los pasados incendios en Galicia y Portugal nos dejaron estampas de una desolación y una tristeza terribles.
Un peldaño por debajo de la lamentable pérdida de vidas humanas, la desparición del paisaje y la devastación por un largo periodo de tiempo de todo un ecosistema, supone una tragedia que a todos nos alcanza.

Las imágenes que los medios de comunicación difundieron en los días posteriores a la extinción definitiva del fuego nos mostraban un infierno digno de Dante en el que, como víctimas y testigos mudos del drama vivido, desperdigados por las tierras calcinadas aún podían verse los cadáveres de árboles y bestias.
Ante la pregunta de algún periodista, técnicos de los municipios afectados informaban que tanto los árboles calcinados -que aún mantienen su estructura en pie- como los abrasados por el calor, deberán ser abatidos y triturados empleando sus restos como germen orgánico de nuevos retoños.
En cuanto a los animales muertos, se impone la retirada inmediata de los cadaveres para evitar la propagación de enfermedades, su evacuación a una incineradora industrial y el posterior enterramiento o triturado de los restos óseos restantes.

Esta parte me llamó poderosamente la atención.
Un bosque arde a una temperatura media de 2000 grados centígrados, pudiendo alcanzar en el epicentro temperaturas muy superiores.
Una verdadera barbaridad de calor y furia destructiva. Y, a pesar de ello, una vez extinguido el incendio, aún se puede identificar con cierta precisión la especie a la que pertenecían los despojos de cada animal muerto. Allá un ciervo, acullá una res.
En resumen: deshacerse de un cadaver por medio del fuego es un sistema complejo que requiere de algo más que una cerilla y combustible. Requiere tiempo y notable sofistificación en los medios a emplear para tal fin.
Fue allá por la década de lo 60 cuando la Iglesia Católica aceptó la incineración como rito funerario y hoy en día es una alternativa cada vez más solicitada al enterramiento tradicional.
El negocio de las pompas fúnebres -el nombrecito tiene su guasa- ha crecido con modernos tanatorios que incluyen entre su oferta de servicios, desde un oficio religioso hasta la cremación del finado.
Los modernos hornos crematorios, con tecnología punta, pueden reducir a cenizas un cadaver en el plazo de dos horas.
El proceso -y copio los datos directamente de una web oficial- es el siguiente:

” Un horno de cremación es un horno industrial capaz de alcanzar altas temperaturas (de aproximadamente 870 a 980 °C), con modificaciones especiales para asegurar la eficiente desintegración del cuerpo. Una de esas modificaciones consiste en dirigir las llamas al torso del cuerpo, en donde reside la principal masa corporal.
Los hornos usan un número diverso de fuentes combustibles, tales como el gas natural o el propano. Los modernos hornos crematorios incluyen sistemas de control que monitorizan las condiciones bajo las cuales la cremación tiene lugar. El operador puede efectuar los ajustes necesarios para proveer una combustión más eficiente, así como de asegurarse de que la contaminación ambiental que ocurra sea mínima.
La cámara donde el cuerpo es colocado es llamada retorta, y está construida con ladrillos refractarios que ayudan a retener el calor. Estos ladrillos requieren ser reemplazados cada 5 años debido a que la continua expansión y contracción causada por el ciclo de temperaturas suele fracturarlos.
Los modernos crematorios suelen ser controlados por un ordenador o computadora y están dotados de sistemas de seguridad y candados para que su uso sea legal y seguro. Por ejemplo, la puerta no puede abrirse hasta que el horno ha alcanzado su temperatura óptima, el ataúd se introduce en la retorta lo más rápido posible para evitar la pérdida de calor.
La caja que contiene el cuerpo es colocada en la retorta e incinerada a la temperatura de 760 a 1150 °C. Durante el proceso, una gran parte del cuerpo (especialmente los órganos) y otros tejidos suaves son vaporizados y oxidados debido al calor y los gases son descargados en el sistema de escape. El proceso completo toma al menos dos horas.
Todo lo que queda después de que la cremación concluye son fragmentos secos de hueso (en su mayor parte fosfatos de calcio y minerales secundarios) y las cenizas. Estos representan aproximadamente el 3,5 % del peso del cuerpo original total (2,5% en niños, aunque hay variaciones debidas a la consistencia del cuerpo). Debido a que el tamaño de los fragmentos de hueso secos están estrechamente conectados a la masa esquelética, su tamaño varia de persona a persona. El cráneo de la persona conserva su forma y parte de su densidad.
Después de que la incineración del cadáver ha concluido, los fragmentos de hueso son retirados de la retorta, y el operador utiliza un pulverizador, llamado “cremulador” en donde los procesa hasta que adquieren la consistencia de granos de arena (esto en función de la eficiencia del cremulador); en cuanto al cráneo, en algunos casos como su dimensión no le permite pasar por el orificio del cremulador, es golpeado y aplastado con un instrumento similar a un rodillo, pero de mayor tamaño, el cual se desliza sobre el cráneo carbonizado hasta pulverizarlo y convertirlo también en polvo (cenizas)”.

El campo de Auschwitz fue aperturado en mayo de 1940 y liberado en enero de 1945. Aunque, y siempre según la historiografía oficial, no se convierte en campo de exterminio hasta la ampliación del complejo Birkenau en la primavera de 1942, fecha en la que comenzaría a aplicarse la llamada “Solución Final”. Por tanto, podemos afirmar según los datos oficiales que el campo de exterminio estuvo a pleno rendimiento durante poco más de dos años y medio. 130 semanas, 910 días, 21.840 horas… día arriba, día abajo.

Según todos los testimonios, Auschwitz-Birkenau disponía de 4 hornos crematorios anexos a las cámaras de gas.
El proveedor de dichos hornos fue una modesta empresa de fundición que fabricaba hornos de panadería llamada “Topf e Hijos” y que apenas una década antes se había especializado en el novedoso sistema funerario de sustituir la cremación por la inhumación. Resulta innecesario afirmar que aquellos “modernos” hornos crematorios de los Topf resultaban en comparación con los actuales, absolutamente rudimentarios, y que asignarles dos horas de media para pulverizar un cadaver se antoja complicadísimo. Pero incluso aceptando esta cifra como buena… los números no salen.
Es lo que tienen las matemáticas, que son testarudas.

Como dato complementario, el dueño de la empresa, Ludwig Topf se suicidaría al poco de la liberación del campo y el ingeniero Kurt Prufer encontraría la muerte en 1952 en Siberia, en el gulag al que había sido condenado ¡¡por los rusos!! como inventor de los hornos. Ninguno pudo declarar acerca del servicio de mantenimiento que hasta por 12 veces les había llevado hasta la localidad polaca.
En 1979, la Unesco declaró Auchswitz-Birkenau, Patrimonio de la Humanidad.

Algo de prodigio, si tiene…

LARREA   NOV/2017

Be Sociable, Share!

    Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

    ACEPTAR
    Aviso de cookies
    Web translate