EN DEFENSA DEL LEGÍTIMO DERECHO A PORTAR ARMAS

 

En una sociedad multicultural unida por la sumisión a la corrección política y al “bienestar”, el hombre debe escoger entre vivir en una manada o en un rebaño. Aquellos que decidan unirse a un rebaño, habrán tomado la última decisión de sus vidas, porque han decidido otorgar al pastor el control total sobre sus destinos y mentes. Aquellos que decidan unirse a una manada deberán saber que corren el riesgo de volverse forajidos.

Nosotros, los que pertenecemos a una manada, somos salvajes y libres, y debemos seguirlo siendo. La manada debe protegerse de las otras manadas y, por sobre todo, debe protegerse del Domesticador: el Estado multicultural coercitivo. Nada es más peligroso para la tribu que el afán del Estado por desarmar a sus borregos.

La nacionalidad, hoy en día, se ha vuelto una vil forma de contribuir de forma utilitaria a un conglomerado humanoide confinado entre fronteras políticas. En la realidad multicultural en la que vivimos, la historia de nuestros ancestros ha sido borrada, distorsionada, y, finalmente, reescrita como una leyenda negra. ¿Cómo podríamos, entonces, ser leales a las instituciones cuando la macroestructura sociopolítica completa odia lo que somos?

Asumamos la realidad. No existe comunión, no existe comunidad: seres humanos sometidos a un Estado que los mantiene bajo coerción no construyen un destino en común. Sólo la comunidad homogénea pequeña, es decir, la tribu (un grupo de individuos unidos por orígenes comunes, intereses comunes y un destino en común) puede representar los intereses del individuo, y defender la tribu es defender al individuo y sus intereses.

Según el Estado, la ciudadanía debería desarmarse, puesto que los criminales podrían usar las armas capturadas. La verdad es que la mayoría de los asaltos ocurren con armas blancas, no con armas de fuego.

El Estado, por su parte, es consciente de la amenaza que representa la ciudadanía con potencial, y se defiende inventando formas inútiles de presión social/ciudadana, que claman por el disenso pero que logran cambiar nada. Podemos votar por cualquier preferencia y eso no altera fundamentalmente el sistema. Se habla del poder popular en forma del empoderamiento que, reducido a lo esencial, no es más que la capacidad de reclamar por algún miserable funcionamiento de una estructura.

El Estado junta al ganado (sociedad) bajo la consigna de “la unión hace la fuerza”, para así destruir a la tribu y disgregarla en miles de átomos individualistas (divide y vencerás). Peor aún, no sólo destruye a la tribu/comunidad por medio de la imposición de la sociedad, sino, además, desarma a los individuos, dejándolos como presa indefensa frente al todopoderoso depredador estatal. ¿Quién podría oponerse?

Que los individuos tomemos la decisión de armarnos para protegernos de las amenazas que detectemos es parte de nuestra propia individualidad, nuestra libertad, del único derecho humano del cual el hombre digno debería aferrarse: el derecho a luchar por su supervivencia.

El control de armas no es un asunto sobre armas, es un asunto sobre control, de la facultad que se ha adjudicado el Estado mismo sobre nuestro legítimo derecho a la defensa, del pisoteo de la continuidad de nuestra comunidad.

Antes de celebrar el triunfo del progreso social al verlo encaminado hacia la paz y una sociedad mejor, recuerda la condena a la tribu en nombre de la paz social y la seguridad ciudadana.

En nombre de tu propia libertad.

J. MARTÍNEZ

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