DERECHO AL CALVARIO

Batallas mentales libradas para mantener un equilibrio entre lo mínimamente sensato y la barbarie más absoluta. El silencio purifica, las Escrituras nos nutren, el ayuno nos sana, la alabanza nos alegra.

Pero en tiempos de templos asépticos y liturgias esterilizadas lo más sensato es encomendarnos a nuestros mártires. Su testimonio nos recuerda que el único buen cristiano es aquél que muere por Cristo, de nada sirve la devoción si no somos fieles resueltos a derramar hasta la última gota de nuestra sangre cómo sacrificio, única justicia restauradora de la Salud/Salvación.

Hoy no nos preparan para tan alto honor, en su lugar se ocupan de nuestros cuerpos y desatienden la salvación de nuestras almas. Pero nuestros mártires están ahí, aún despreciados, y son la infantería de los Ejércitos de Cristo, desde primera línea esperan nuestras oraciones para guiarnos en ésta nueva Cruzada. Las guerras Santas son un gran refuerzo para los varones, algo necesario para purgar dudas y cristalizar una fe imbatible que transmitir a las nuevas generaciones con una épica genuina, sin metáforas, mostrando las heridas cómo testimonio del fiel servidor.

Esto tuvo que ser así, la marcialidad vertebra la religión, el venusismo de ahora habría sido nuestra tumba cómo nación en el pasado. Pero un mundo de Santos, ávidos de méritos, es más “gestionable” que un mundo de configurados en Cristo. Este panorama limita a los mártires, testimonios activos de una fe indisoluble. De carácter pacífico pero indomables, poseen la rectitud suficiente en los momentos más adversos, no se venden ni capitulan ante privilegios, la Gracia de Dios es su único horizonte. Hombres así, cristianos convencidos, serían un peligro para los planes de muchos. Buena es la Cuaresma entre los amantes de Cristo para recuperar el carisma de nuestros mártires. Cuanto nos une al Caballero de la Dulzura el recuerdo de sus hieles, tanto más que el de sus mieles, por ser demasiado manjar para tan sucias bocas. Pero no necesitamos, a Dios gracias, de mucha pureza para contemplar aquel trágico adiós, que lugar mejor que aquel monte de los enamorados que llaman Calvario para encontrarnos cara a cara con Nuestro Señor. Con poca imaginación se arranca ese motor, si nuestro corazón alguna vez quedó conmovido por alguna de Sus proezas lo tenemos fácil, sin ésa bujía difícilmente llegará la chispa.

Antonio Tort

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