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¿DÓNDE COMEMOS?

Están de moda los realiti chous de cocineros y cocinado . Al final será verdad que hay cerebros pensantes en las tivís porque si algo se hace bien en esta bendita tierra, eso es yantar. Jalar, manducar, papear, tragar, zampar, echarse al coleto… comer, en definitiva.
Entre los snobs y entre la progresía en general, lo habitual es que el cultureta de turno haga la propuesta tonta aquella de “¿nos hacemos un tailandés?”,  y refuerce la gilipollada con un alarde: “preparan el cous-cous como nadie”.

En fin, mi amigo Giovanni entraría en esta parte narrativa haciendo una radiografía tan cruel del sujeto que lo dejaría más cerca de los hermanos Tonetti que de Arguiñano. Nadie como Gio para explicar, ya sea en prosa o “en verso” (en directo, off course) el significado no reconocido por la Real Academia, del vocablo “imbécil”.

Yo, que acaparo tantos defectos que no he tenido espacio para incluir el del esnobismo; cuando se habla de “las cocinas del mundo”, siempre me hago –e invito a hacer– las siguientes reflexiones.

Es importante saber cómo se sientan a la mesa en ciertas culturas. Desaconsejo de entrada todas aquellas que se instalan con el pompis en el suelo y los pinreles cruzados geográficamente e inevitablemente próximos al plato. Ya si, en lugar de servilletas, debe uno ayudarse de la manga para retirar los fideos del bigote, decididamente lo aconsejable es excusarse con aquello tan socorrido de que echan Ghost y a tu mujer le encanta cuando Patrick sube al cielo bañado por las lagrimas de Demi.

La herramienta. Esta parte es definitiva para decantarse por un tipo de cocina u otro. En España no se monta una mesa sin incluir al menos cinco objetos para el cometido de comer. A saber, un vaso, una servilleta, un cuchillo, un tenedor y una cuchara. En todos aquellos sitios donde falten al menos dos de estos elementos, mosquéate. Si tu anfitrión tiene que explicarte cómo has de montar el índice con el anular para hacer una pinza con el pulgar y no se trata de sombras chinescas, sino de meter tu mano así de retorcida en una fuente común; o te entregan dos palos que parecen de pincho moruno pero mondaos, mal vamos . Vuelve a lo de Ghost. Con lagrimas en los ojos si fuera necesario, pero sal de ahí corriendo y no vuelvas la vista atrás so riesgo de convertirte en estatua de curry.

La herramienta define la importancia del cometido, tal y como quedó demostrado en la Francia de los sans culotte.

Debemos incluir entre las abstenciones a todo aquel lugar donde albergues la sospecha de que puedas estar zampándote en salsa agridulce a aquella mascota que se extravió una tarde de infausto recuerdo en el parque. Y por supuesto, yo jamás acudiría a conocer la gastronomía africana por muy buena que fuera la critica pagada en el dominical de El Pais. Hasta no hace demasiado tiempo, lo que hoy llaman en su carta antílope, era un misionero escolapio.

Y por fin, si alguien sugiere conocer –“oyesss y ¿por qué no?”– la cocina cubana,  a éste le das directamente una ostia sin necesidad de hablar de Ghost, porque éste decididamente además de un gilipollas, es de los que se ríen de los que pasan hambre, y eso ya decía mi madre que está muy feo.

Hay tres cocinas unánimemente reconocidas como las tres mejores del mundo mundial. Y estas son la española, la francesa y la italiana. A lo que yo añadiría que por ese mismo orden. Fuera de esta lista, se puede comer, sí; pero siempre o por aventura – como el que hace puenting – o por necesidad. Pero ¡¡por favor!! nunca por placer.

Si usted es de los que comen por placer y no por jugarse la vida en el lance, EL CADENAZO pone a su disposición, guiado por la diestra mano de nuestro especialista Javier Fernández, nuestra interminable sección de recetas y lugares donde paellas, cocidos, judiones, marmitakos o lacones, esperan ser acompañados de cualquier vino español, un buen farias y el calor de la conversación con camaradas de los de verdad.

Eso sí que es para morirse.

LARREA

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