DOS CLASES DE ESCLAVOS

Lo que sigue a continuación es una adaptación, en muchos párrafos respetando la literalidad, de un fragmento del capítulo 3 de la segunda parte de “Un sombrero lleno de cerezas”, la obra póstuma de Oriana Fallaci, donde, apoyándose en la historia de su familia, recrea la historia de los últimos siglos de Italia.

Por su elevado interés y, porque no hay que decirlo, en justa respuesta a todos los que graznan contínuamente que Occidente es un monstruo de barbarie y ha de pedir perdón por todo, traigo este texto que, disculpen su tamaño, quizá quede largo, pero por su contenido creo que justifica la extensión y la intertextualización más que grande que se hace del original.


 

La trata de esclavos está afectada por esa desmemoria tan occidental, y eso provoca que ignoremos que golpeó, sobre todo, al Mediterráneo, y que eso fue clave para el engrandecimiento de Trípoli, Túnez, Argel y Tánger Quien se aventurase a meterse en un barco en el Mediterráneo se arriesgaba a ser un esclavo, pero con unas condiciones que dejaban en mantillas a las de los esclavos negros en América. Sólo en Argel se vendían de diez mil a catorce mil esclavos blancos al año, llamados nazarenos o de forma más cariñosa perros infieles. En 1600, en Argel había más de treinta mil esclavos encadenados, ocho mil de ellos convertidos al islam.

Contra ello surgieron las torres vigía, los fortines de avistamiento que aún hoy pueden verse a lo largo de las costas del Tirreno, del Jonio, del Adriático, y se crearon las flotas corsarias, es decir, las flotas romanas, venecianas, genovesas, maltesas, inglesas, francesas, castellanas, catalanas, que, con consentimiento por escrito de sus soberanos y con embarcaciones dotadas de cañones infestaban las aguas mediterráneas. En el gran ducado de Toscana se creó la flota de los Caballeros de San Esteban: una milicia compuesta por voluntarios laicos consagrados a la defensa del catolicismo cuyas hazañas se convirtieron en leyenda. Con sus cruces rojas, sus expediciones de castigo, sus galeras rebautizadas como galeras del Gran Diablo, aterrorizaron el enemigo, mientras que los Caballeros de Malta les imitaban, al igual que las flotas de Venecia y del Estado Pontificio.

Eso provocó que también hubieran esclavos en las naciones cristianas: los musulmanes capturados. Pero eran prácticamente considerados prisioneros de guerra, más que esclavos, y, por tanto, recibían mejor trato. No llevaban ni collar de hierro ni una bola atada a los pies. Si trabajaban excavando o remando su paga era catorce veces superior a la de éstos, los días de fiesta comían el mismo rancho que los marineros que estaban en tierra, y en los días laborables tres libras de pan con bacalao o sopa de verduras. Tampoco estaban pobremente vestidos. Todas las primaveras se les renovaba el vestuario con dos camisas, dos pares de pantalones, cuatro de calzas, una chaqueta de vellón, un gorro del mismo paño, zapatos herrados y un abrigo llamado schiavina, esclavina. El valor total, de ocho a diez escudos, una pequeña fortuna. Para dormir tenían catres con colchón; para lavarse, agua dulce y jabón; si enfermaban contaban con un hospital. Podían observar los preceptos del islam, es decir, interrumpir el trabajo cinco veces al día para rezar, frecuentar a las prostitutas, ejercer el pequeño comercio. Es decir, fabricar por cuenta propia productos artesanales como cotas de malla, cinturones de tipo moro, cestos de mimbre, dulces, bizcochos, y venderlos en casetas-bazares dentro y fuera del puerto. Además, podían trabajar en la ciudad como mozos de cuerda, aguadores; gestionar o poseer tiendas de café, tabaco y carnicerías de carne ovina.

Pero una cosa era ser esclavo en Europa y otra, muy distinta, serlo en Túnez o en Trípoli o en Argel. Allí los nazarenos sufrían realmente las vejaciones y torturas que él había sufrido desde el momento en el que lo desembarcaron. Traílla, escupitajos e insultos aparte, tras lavarlos, afeitarlos y vestirlos de harapos, los conducían al bajalik: la residencia del gobernador. Allí los interrogaban, a bofetadas y a patadas, y los clasificaban y separaban según la clase social a la que pertenecían; basándose en ésta establecían si merecía la pena o no pedir un rescate. Las personas ricas o importantes, es decir, dignas de un rescate, se ahorraban la humillación de ser vendidas igual que si fuesen caballos o dromedarios. Mientras llegaba el dinero, los acogía el cónsul de su país o los alojaba el propio bajá en su corte. Los otros iban derechos al basistán, el mercado. Y aquí ocurría lo mismo que ocurría u ocurriría en América con los esclavos negros destinados a trabajar en las plantaciones. Peor aún. El guardián bají los desnudaba, así desnudos los exhibía sobre una tarima, y: «¡Macho para el trabajo! ¡Hembra para el placer! ¡Mirad qué pechos, qué nalgas! ¡Mirad qué músculos, qué dientes!». Los compradores se acercaban, los palpaban, les examinaban los pechos, las nalgas, los músculos, los dientes, luego ofrecían una cantidad o participaban en la subasta. Los compraban individualmente o por lotes. A veces para alquilarlos o revenderlos, someterlos de nuevo al mismo ultraje, la misma vergüenza. Las mujeres muy guapas terminaban en los harenes, las menos guapas en los prostíbulos. Las feas y las viejas, de fregonas, barrenderas o cosas similares. Los niños, en casas en las que crecían como criados. Los adolescentes guapos, en prostíbulos también ellos o al servicio de un amo que los convertía en sus pajes, es decir, en sus amantes. Los menos guapos y los hombres, no importa su edad, haciendo trabajos forzados. O sea, picando piedra, excavando pozos, limpiando cloacas, tirando del arado o de los carricoches como si fueran un burro o un mulo. Dieciocho horas al día, siempre con cepos en el cuello y en los pies, durmiendo como ya hemos descrito: en fosos cerrados por una reja, con una escala para subir y bajar. Nada de catres, obviamente. Nada de jabón para lavarse, de hospitales en los que curarse, de prostitutas con las que consolarse, de pausas para recobrar el aliento, y nada de pagas. Como compensación, castigos comparables a los que sufrían los marineros en los barcos. Más duros, que quede claro, y aplicados con duplicada crueldad. Cien golpes con una fusta en las plantas de los pies si dejabas de trabajar para recobrar el aliento. Cien bastonazos en la espalda si te derrumbabas por el cansancio. Doscientos si osabas rebelarte. Si robabas una fruta o un puñado de cuscús, te cortaban la mano; si tocabas a una argelina, la cabeza; si intentabas escaparte, te degollaban. De hecho, los esclavos morían a cientos, sobre todo durante el primer y segundo año de cautiverio.
Existía una forma para poner fin a ese calvario: convertirse al islam. Si te convertías en musulmán se acababan los trabajos forzados, adquirías el derecho a llevar turbante, a casarte, a tener un puesto en el bazar o un negocio similar a los que tenían los esclavos de Livorno, a asumir cargos gubernativos y hasta a abrazar el oficio de pirata. Si tenías un golpe de suerte, hasta podías terminar convirtiéndote en rais, en jefe corsario.

En la historia de la piratería berberisca no faltan los nombres de piratas ingleses, franceses, malteses, griegos, italianos. Uno de ellos fue el célebre Alí Piccinin, hijo de un renegado nacido en Venecia, que poseía un baño en Argel, con seiscientos nazarenos, y una respetadísima escuela de ladrones. Si te negabas a convertirte al islam, te quedaban tres vías de salida: la fuga, el intercambio y el rescate. La primera ofrecía escasas esperanzas. Aunque en Sicilia existían diversos «empresarios de fugas» que, con pequeñas barcas y muchísimo valor, iban a buscarte y te sacaban de allí, casi todas las intentonas terminaban fracasando. Para que no fracasasen era preciso que la fuga estuviese muy bien organizada desde dentro, por cómplices dispuestos a arriesgar su pellejo, que el fugitivo trabajase en el puerto o en la ciudad, no en una mina de los alrededores, que él solo, o ayudado por un guardián compasivo, consiguiese liberarse de las cadenas y lanzarse al agua, que supiese nadar y que lograse llegar hasta donde le aguardaban los «empresarios», escondidos detrás de algún escollo o dentro de una gruta, y, sobre todo, que la hazaña se desarrollase en Túnez: la ciudad más cercana a las costas sicilianas y a la isla Pantelleria. Desde Trípoli, con una pequeña embarcación, lograrlo era tarea imposible. Desde Argel, ni pensarlo. En cuanto al intercambio, poco se podía contar con él. Los argelinos, partiendo de la base de que un musulmán valía lo que tres cristianos, se negaban a negociar cambios de uno por uno, salvo en casos excepcionales. El intercambio de la Bonne Mère, catorce a cambio de otros catorce, había sido uno de éstos. Por lo tanto, la única vía de salida real era el rescate. Los rescates sí se efectuaban a cientos. Lo demuestran los registros de las instituciones de caridad y las hermandades religiosas que llevaban a cabo las negociaciones, y las relaciones de los cónsules y de los agentes que los países europeos mantenían en Berbería con el único fin de recuperar a sus ciudadanos. He aquí algunos ejemplos: entre el año 1690 y el 1721 los franciscanos de la orden tercera rescataron a ochocientos doce nazarenos. En 1720 el convento trinitario de San Fernando rescató a ciento sesenta y uno. En 1769 los mercedarios calzados rescataron a quinientos quince. En 1771, junto al príncipe de Paterno, por el que su familia desembolsó la desorbitante cantidad de quinientas mil piastras, la Obra Palermitana del Santo Redentor rescató a ochenta. El importe, de trescientas a cuatrocientas pezze cada uno. Si tenemos en cuenta que las pezze eran monedas de oro, múltiplos de las piastras, y que valían cada una dos escudos toscanos, y que durante tres siglos sólo los frailes trinitarios rescataron a novecientos mil cristianos, se entiende por qué ese sórdido negocio aportaba a las arcas de Argel más beneficios que todos los botines y todos los desgraciados vendidos en masa en el basistán.

Y una última aclaración: no era nada fácil efectuar el rescate. Las negociaciones duraban años, exigían un profundo conocimiento del protocolo local, y no se acababan con el desembolso de la suma requerida. De hecho, pobre de ti si, tras entregarle el dinero al bajá, no le dabas una comisión al dey, pobre de ti si, tras darle su comisión al dey, no le dabas otra al primer ministro, pobre de ti si, tras dársela al primer ministro no le dabas una al guardián bají, otra al rais que había llevado a cabo la captura, otra al intérprete que había hecho de traductor, otra al escribano que había extendido el acuerdo, otra a los diversos guardianes y carceleros. Las negociaciones se interrumpían en seco. O se quedaban estancadas porque, en un acceso de redoblada codicia, el bajá aumentaba el precio.

(Por la adaptación: GUTIÉRREZ)

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