DRESDE

Un instante y los niños se convirtieron en dioses.

Un instante y la sangre se volvió pétalos de rosas en la ceniza del viento.

Un instante y en ese instante la sonrisa de cerdo de Churchill grabada sobre el cielo de Germania.

Un instante y las manos de las madres quedaron selladas con las manos de sus hijos.

Los ancianos y los niños, las mujeres, fueron los enemigos que el sistema victorioso eligió.

Pero los dioses no duran un instante, y hay instantes que fortalecen para siempre la memoria de la sangre.

Las rubias trenzas estallaron, como estallan los truenos después después del relámpago.

Toda la ciudad fue entonces el fuego. Los delantales de las abuelas, las últimas hogazas de pan sobre la mesa, las muñecas de trapo, se encendieron para iluminar el sol.

Los ojos azules se cegaron y Churchill y Stalin y Roosevelt, fueron felices con el fósforo blanco encendido sobre la ciudad indefensa.

Así son ellos. Así han sido siempre.

Desde entonces, la prensa para siempre dirá que tuvo sentido. La prensa siempre dice esas cosas.

Pero hay algo que la prensa no dice -aunque sospecho que lo sabe- y es que el tiempo de los dioses blancos y de las trenzas volverá.

Y las niñas quemadas, arrojarán sus trenzas de fuego sobre el mundo y sus ojos azules verán la venganza implacable y necesaria, en un tiempo que tarde o temprano llegará.

Mientras tanto, los muertos de Dresde sonríen y esperan, en el Walhalla.

JUAN PABLO VITALI

 

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