EFECTO LLAMADA

En esencia, la política siempre fue el uso de la prudencia para la consecución del bien común y la mayor perfección perfección posible de los hombres que vivían en comunidad.
Así hasta la aparición del malhadado liberalismo, cuando aquélla se convirtió en la transformación de la realidad en base a los deseos de nuestra voluntad subjetiva, incluso aun siendo disparatados o aberrantes.
He ahí la raíz de la más perversa de entre todas las corrupciones políticas, modificar la naturaleza y aun la antropología de los pueblos, paso sine qua non para corromperlos y enfermarlos sin remedio.
Ello al hilo de lo que ocurre en las últimas semanas en nuestras cada vez más dejadas de la mano Islas Canarias, en las que estaría produciéndose una invasión en toda regla de inmigrantes absolutamente inasumible y ante la cual los politicastros de turno se niegan a admitir (con el aplauso de no pocos de entre sus sectarios votantes) que en buena medida se deba al “efecto llamada” que provocan las buenistas medidas (subsidios, etc.) que ellos han aprobado, cuando resulta evidente que está en la propia naturaleza de las personas acudir allí donde les prometan una vida mejor.
Si negar la realidad de los hechos es, en condiciones normales, un claro indicio de irresponsabilidad, cuando no de locura, muchísimo más grave lo será, en buena lógica, por parte de quienes ha sido elegidos precisamente por nosotros para gobernar un país.
Estamos tardando, pues, en plantearnos seriamente que toda esta caterva de psicopáticos politiqueros son un problema añadido a nuestros muchos problemas, no una solución a los mismos.
CACHÚS
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