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EL ÁLBUM DEL ABUELO

 

Te educaron sin juguetes bélicos porque decían que eran nocivos. Te dijeron que la violencia siempre es mala.
-¿Siempre? – preguntaste pensando en el hijo de aquella anciana a la que unos atracadores habían dejado paralítica de una paliza.
-Sí, siempre. – te contestaron desde los programas de televisión, las letras de las canciones y los manuales de Educación para la Ciudadanía.
Cuando, siendo apenas un bebé, aquel compañero de guardería te tiró del pelo y tú, indignado, le diste un bofetón, la seño te reprendió y envió una nota a tus padres preocupada por tus “tendencias violentas”.
Otra vez, ya en Primaria, dijiste en voz alta lo que todos pensaban: que el niño morito olía mal. Dio igual que el morito, efectivamente, atufase. La nota de la seño a tus padres tenía tonos de amenaza y reprimenda por tu posible “educación racista”.
Por eso, cuando los niño “latinos” te empezaron a robar todos los días el bocata en el recreo, tus padres te insistieron en que no se te ocurriera tocarles un pelo. Ni aunque te insultasen y te pegasen.
Y aprendiste que para ser aceptado debías ser sumiso.
No protestaste cuando aquel profesor que también olía mal y decía “Estado español” en vez de “España” te ridiculizó delante de toda la clase por tu camiseta con ribete rojo y gualda. Te dijo que eso era cosa de fachas. No tenías muy claro lo que podía ser un facha. Pero no te la volviste a poner nunca.
Y siguieron pegándote y riéndose de ti.

A veces, cuando llegabas a casa pensando que todo era una mierda tu único consuelo era aquel álbum de fotos.
Eran de tu abuelo.
Aunque tu padre lo mantenía escondido, un día lo descubriste por casualidad y, desde entonces, lo hojeabas a hurtadillas.
No sabías por qué, pero te gustaba mirar aquellas fotos: tu abuelo en un campamento de la OJE; tu abuelo jurando Bandera; tu abuelo junto a sus compañeros de trabajo en la fábrica; tu abuelo rodeado de amigos que parecían quererlo y apreciarlo; tu abuelo, siempre sonriente, con esa mirada clara que te hubiera gustado tener a ti -.

Algo te decía que tu abuelo no hubiera aguantado esa humillación contínua que los profes llamaban “bullying”. Que un par de puñetazos a la salida de clase hubieran sido mucho más eficaces que los psicólogos y las terapias. Sabías que tu abuelo, a tu edad, quizá hubiera llegado del cole con un ojo morado y algún diente de menos en su perenne sonrisa, pero que jamás se hubiera dejado atrapar en esa pena negra que te empujaba a asomarte -con el cuerpo cada vez más fuera, quizá demasiado- a la ventana de tu cuarto.

J.L. ANTONAYA

 

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