EL CONTUBERNIO

Guy Ritchie no es solamente el marido de Madonna; por encima de esta circustancia, es el director de las dos magníficas películas actualizadoras del mítico detective creado por Conan Doyle.

En el espectacular film que abría la saga, Holmes y Watson (Downey Jr y Law) tienen que enfrentarse a una poderosa secta donde sus seguidores incluso se encuentran instalados en la Cámara de los Lores y cuyo plan final es el dominio absoluto del mundo.
La obediencia debida, la simbología y las artes en definitiva que esta “secta del mal” emplean en su organización recuerdan con sorprendente fidelidad a las hermandades masónicas.

Tal vez resulte útil en este punto recordar que Sir Arthur Conan Doyle estuvo ordenado en la masonería desde que, tras abandonar su fe católica y alistándose como médico en el ejército (remember Watson) es iniciado en una logia.
De hecho, ya en la segunda entrega de la colección (“El signo de los 4”), Holmes tiene que fajarse para la resolución del misterio dentro de un entorno masónico.
No es tan solo el masonazo Sir Arthur el que ubica en sus relatos a estas oscuras hermandades en el epicentro de la conspiración, los encontrarán a cientos en la literatura.
Incluso en el comic, sin ir más lejos Hergé en “Los cigarros del faraón” (ed. Juventud 1964), hace a Tintín descubrir una trama internacional donde los conjurados son todos personajes poderosos e influyentes que confluyen en una logia donde el malvado Rastapopoulos ejerce como Gran Maestre.
La Masonería y las Órdenes Masónicas no son un recurso de ficción como a la gran mayoría de personas les han inducido a creer.

No es muy conocida -tan abyecta que incluso su entorno la ocultó- la historia de la desaparición de los restos de Maciá.
El primer President de la Generalitat -masón, grado maestro- fue exhumado por un reducido grupo de “fieles” y trasladado a un nicho anónimo, según ellos en previsión de hipotéticas profanaciones por parte del victorioso Ejército Nacional que avanzaba raudo hacia Barcelona.
Hasta aquí todo entra dentro de una cierta -aunque retorcida- lógica.
Lo extraño llega cuando el corazón de Macía es eviscerado y conservado secretamente por Josep Tarradellas -masón también y futuro President en el exilio-  dentro de un ritual para el que no se encuentra explicación lógica alguna.

En ocubre del 79 (41 años despues), Tarradellas en una ceremonia tan privada que ni siquiera acudió representación oficial, enterró el “sagrado corazón” en el nicho donde se afirma que se encuentra el ex-presidente.
O eso dijeron.

Cuando Franco en el ocaso de su mandato se asoma al balcón de la Plaza de Oriente y acusa al “contubernio judeo-masónico en lo político” de la persecución que en Europa se había desatado contra España, muchísima gente asoció su discurso a los achaques de un anciano, incluso a día de hoy siguen siendo aquellas palabras objeto de mofa y befa y de no pocos chistes por parte de todos sus detractores y de no pocos de sus simpatizantes.

Estos días en que el tema central de cualquier conversación gira en torno a la exhumación de los restos del antiguo Caudillo de su ubicación en Cuelgamuros, a mí que personalmente me parece una inexplicable aberración, no puede sino acudir a mi cabeza una pregunta, entiendo que lógica: ¿a qué obedece tanto odio?.
¿Quién guarda tanto rencor a Franco como para tener la osadía de perturbar el descanso de un muerto?.
“Los rojos”, dirán algunos… sí, puede, pero rojos “de entonces” no quedan. Ni siquiera los hijos de los rojos de entonces.
La izquierda actual -que efectivamente es la que está intentando legislar para sacar adelante este asunto- no tiene causas sentimentales objetivas que justifiquen tantísima ponzoña.
Simplemente, siguen un memorándum.
Los que están impulsando la desaparición definitiva de los restos del General, se mantienen entre bambalinas.
Que a Franco no le gustaban los masones es un hecho innegable, se pasó todo la vida porfiando contra ellos.
Ya en 1940 y a los pocos meses de acceder a la presidencia en Burgos, promulgó un decreto contra la Masonería que mantuvo hasta el final de su Régimen.

Muchos historiadores se han preguntado por la motivación del encono del Caudillo contra los “Hijos de la Viuda” y los más “audaces” señalan dos causas a cual más estúpida.
La primera establece el odio de Franco por la masonería como consecuencia del abandono de su padre (masón) del hogar familiar.
La segunda causa de aversión vendría determinada porque él mismo pretendió su ingreso en la Orden y fue rechazado.

Vamos a recordar algunos datos históricos que tal vez arrojen algo de luz acerca de por qué, cualquiera que sienta España en el corazón, detesta las secretas Hermandades y sus logias.
Cuando nace Franco (1892) apenas han pasado 40 años de la muerte en Francia del “libertador” San Martín.
No es tanto tiempo como para que no persistieran en la memoria colectiva las consecuencias de la traición.
José de San Martín fue un español nacido en el Virreinato de Buenos Aires y que, trasladado con su familia a Cádiz, ingresó en el ejército donde destacó por su arrojo y heroísmo, tanto en África como en la guerra contra Napoleón.
Tras alcanzar el grado de teniente coronel, entraría en contacto con la masonería a través de un militar inglés (Lord Macduff) y éste le presentó en Londres (1811) donde se estaba fraguando la conspiración masónica contra el poderío español en hispanoamérica, teniendo conocimiento del “Plan Maitland” que básicamente consistía en:
Ganar el control de Buenos Aires.
Tomar posiciones en Mendoza.
Coordinar las acciones con un ejército separatista en Chile.
Cruzar los Andes.
Derrotar a los españoles y controlar Chile.
Continuar por mar y someter Perú.

Según los historiadores Rodolfo Terragno (“Maitland & San Martín”) y Felipe Pigna: “el gran mérito de San Martín fue el haber ejecutado dicho plan”
San Martín, Bolívar, Carlos María de Alvear, Zapiola, Belgrano, Tomás Guido, Francisco de Miranda, Bernardo O’Higgins… todos los conocidos por “libertadores” de las colonias españolas, sin excepción, pertenecían a la Logia Lautaro, fundada en 1812 por Carlos María de Alvear.
Y, en realidad, solo fueron unos miserables, traidores a su patria, que era España.

Cambiamos de siglo y avanzando en el tiempo, y ya con Franco talludito y con estrellas de general, nos plantamos en las vísperas revolucionarias de la guerra civil.
Dando un somero -somero significa no exahustivo- repaso a los políticos que lideraron la II República española, nos encontramos con que: masones fueron seis Presidentes de Gobierno (Azaña, Casares Quiroga, Martínez Barrio, Portela Valladares, Samper y Lerroux), 20 ministros y -al menos- 14 subsecretarios.
Sólo en la primera legislatura se sentaron en las Cortes 135 diputados del Grande Oriente y 16 de la Gran Logia, o sea, 151 sobre 470 parlamentarios. Con mucho, la minoría más numerosa fue la “superminoría masónica” (datos admitidos por Josep Corominas i Busqueta, diputado por el PSOE en sustitución del Ministro Ernest Lluch -también masonazo, posteriormente asesinado por ETA- y Gran Maestro de la Gran Logia de España entre 1981 y 2002).
Masones fueron los que abocaron a España al desastre, a los ya citados por apellidos, habría que añadir a Largo Caballero, Indalecio Prieto, Segismundo Casado, Lluis Companys, Josep Tarradellas, José Giral, Blas Infante, Rodolfo Llopis (el mismo que disputaría años despues la presidencia del Soe a Felipe González en Suresnes), Orad de la Torre, Fernando de los Rios, Juan Simeón Vidarte, Juan Negrín… la lista es interminable.

No sé a usted, querido lector, pero a mí me parece razonable pensar que si dos y dos siempre suman cuatro, no hace falta ser Pitágoras para llegar a la misma conclusión que llegó Franco: la masonería es enemiga acérrima de España y es causa prioritaria extirparla.
Y no es casualidad que sea el PSOE -primero con Zapatero y ahora con “il bello” Sánchez-, el partido más controlado de la historia de España por la masonería, el que haya desatado la caja de los truenos sobre la tumba de Franco.
Estos sí que acumulan un rencor vengativo.

Pero la última palabra, aún no está dicha.

LARREA    JUL/2018

 

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