EL ENEMIGO

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alienación.
(Del lat. alienatĭo, -ōnis).
1. f. Acción y efecto de alienar.
2. f. Proceso mediante el cual el individuo o una colectividad transforman su conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía esperarse de su condición.
3. f. Resultado de ese proceso.
4. f. Med. Trastorno intelectual, tanto temporal o accidental como permanente.
5. f. Psicol. Estado mental caracterizado por una pérdida del sentimiento de la propia identidad.
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Aunque por inercia, por pereza mental o por la intoxicación planificada desde las telebasuras, radiomierdas y demás medios de control social se sigue viendo la lucha política como una pugna entre derechas e izquierdas, cada vez está más claro que el conflicto que está decidiendo nuestro futuro, jodiendo nuestro presente y desfigurando nuestro pasado no se da entre esas dos formas de hemiplejia espiritual que, al final, son hijas de la misma puta materialista y mentirosa.

Los bandos en conflicto no son las derechas y las izquierdas. Los discursos de los partidos políticos de la cretinocracia parlamentaria son intercambiables en su indefinición y eufemística cursilería.

Desde el pepero más hipócrita hasta el podemita más resentido; desde el pesoero de rostro pétreo hasta el cocougetero de Visa y puticlub; desde el separatista de aldea y subvención hasta la feminista de pelo en pecho y sobaco hediondo; desde el oenegero endófobo a la clerigalla progre, toda la variada fauna parásita que mama del Presupuesto, pulula en las tertulias y exhibe su vileza por los foros del discurso oficial, comparte una característica: todos, sin excepción, son exponentes, apóstoles y predicadores de la alienación más disparatada.

La piara correctamente agilipollada que conforma la sociedad actual y que los más cursis y los más malévolos siguen llamando “la ciudadanía” está siendo domesticada para que considere normal las más estúpidas aberraciones y, por contra, se oponga a lo que debería ser el devenir natural de las cosas.

Como las enfermedades que los médicos llaman “autoinmunes” y que se caracterizan por el ataque de los anticuerpos de un organismo a sus propias células por confundirlas con agentes patógenos, así el cretino demócrata medio está siendo adiestrado para que odie a su Nación, a su Raza y a su Cultura.

Este capullo medio, sea de derechas o de izquierdas, se conmoverá lastimeramente al ritmo que le dicte la campaña orquestada de turno contra la caza de un león en África pero ignorará la esclavitud infantil en las minas de coltan o el genocidio constante que perpetra esa banda terrorista llamada Ejército Israelí.

El demócrata papanatas medio, sea pepero o pesoero, derrocha solidaridad y simpatía con la marabunta inmigrante pero considera “una provocación xenófoba” que el Hogar Social Madrid ayude a españoles en apuros.

El tolerante cabestro medio, de cualquier ganadería, admitirá sin despeinarse que un estadio repleto de hijos de la gran puta abuchee el Himno Nacional como una manifestación de la libertad de expresión y no protestará cuando algún mafioso de los que gobiernan el fútbol prohíba la exhibición de la Bandera de España con su Escudo legítimo en los estadios.

El aborregado votante medio aplaudirá obedientemente al poderoso lobby marica y se sentirá moderno, tolerante y civilizado admitiendo como opciones sexuales las aberraciones más repugnantes.

Si el borrego progre medio pertenece a la clerecía, no será raro que defienda que un travesti o similar sea padrino de bautizo.

Con obispos que justifican los crímenes etarras, monjas especializadas en felaciones al separatismo o el propio Papa renegando públicamente de la Conquista de América, la hijoputez antiespañola también está de moda entre la gente de sotana.

En este delirante, perverso y alienado mundo al revés, la pugna no se establece entre derechas e izquierdas, sino entre la masa cretinizada que repite y obedece las consignas de la endofobia y los que no comulgamos con las ruedas de molino de la obligatoria y sacrosanta Correción Política.

La batalla ya no es una lucha de partido, bandería o secta, sino un combate total entre los que no renegamos de nuestra identidad y el rebaño de zombis que ha olvidado su Historia y que transforma su desorientación en resentimiento contra sí mismo.

J.L. Antonaya

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