Oops! It appears that you have disabled your Javascript. In order for you to see this page as it is meant to appear, we ask that you please re-enable your Javascript!

EL FASCISMO COMO ESTILO

“De la Historia y de la sociología dominantes después de la Segunda Guerra Mundial,
dos interpretaciones han surgido fundamentalmente del fenómeno denominado
nazi-fascismo por sus enemigos, es decir, por los pseudo-historiadores y sociólogos que
se han ocupado de él. En ningún momento ha trascendido alguna tesis que tienda a
explicar el fenómeno nazi-fascista desde el ángulo de sus partidarios, o tan siquiera
desde un término medio, imparcial, desapasionado e historicista.”
Para la sociología marxista, encabezada por Wilhelm Reich, el punto de vista
ortodoxo ha sido considerar al fascismo como una última reacción de la sociedad
capitalista en trance de descomposición, esto es, como su última fase o quizá como su
último y desesperado recurso ante el arrollador avance del socialismo científico
marxista. Entonces el fascismo se inscribe dentro del propio contexto de la evolución de
la burguesía en los prolegómenos de la dictadura del proletariado.
Para los historiadores demo-liberales occidentales (mayoritariamente anglosajones),
para biógrafos de Adolf Hitler como Alan Bullock o para cronistas del III Reich como
William L. Shirer o del fascismo general como Ernest Norte, el fascismo y el
nacionalsocialismo han sobrevenido como hechos aislados, monstruosos,
incomprensibles e ilógicos, en un momento de crisis del liberalismo europeo. La
pregunta común se ha formulado de la siguiente manera: “¿Cómo ha podido surgir y
triunfar el nazismo – hecho abominable desde nuestra óptica democrática – en el país
de la técnica y la cultura más avanzada de Europa?” Y la respuesta común: “Las
masas se han dejado fascinar a causa de un período de desquiciamiento.” Y lo que
ingenuamente ignoran es que ese desquiciamiento ha venido dado precisamente por el
liberalismo, que nunca encendió en el corazón de los pueblos europeos una ilusión
verdadera, una fe auténtica, un ideal válido o una respuesta acertada a sus problemas y a
sus anhelos. Buscando el más intranscendente de los ejemplos, hallamos que todos los
historiadores demo-liberales coinciden unánimemente en señalar que el
nacionalsocialismo experimentó su mayor auge a consecuencia de la espantosa crisis
económica de 1929, pero lo que esos demagogos no mencionan es que fue precisamente
el capitalismo de esencia liberal el que, con su miedo, su egoísmo y su desprecio por la
comunidad social, condujo al mundo occidental al desempleo, al hambre y a la miseria.
Cuando algún día deje de escribirse la Historia con sogas, como en Núremberg,
cuando dejen de escribirla la venganza judía, el odio marxista, la mentira democrática y
el partidismo político agrupados bajo la bandera del antifascismo, se hallará que los
movimientos fascistas de Europa, capitaneados por el nacionalsocialismo, respondieron
a una peculiar cosmovisión, a una genuina filosofía de la vida, a una determinada ética
de la cosa en sí, según la terminología kantiana. Es decir, que por encima de todo, el
fascismo fue un estilo; un estilo creado primordialmente por hombres geniales,
defendido luego por minorías selectas y herméticas en mayor o menor grado, y
adoptado finalmente por pueblos enteros que intuyeron, de forma raramente repetible,
que en ello les iba su propio destino, su existencia misma, el ser o desaparecer de los
anales del mundo.
En el momento de la aparición del fascismo, en la época de entreguerras, se repartían
ideológica y políticamente el mundo occidental dos fuerzas en apariencia contrapuestas,
pero en realidad complementarias – capitalismo liberal y socialismo científico -, que
responden a un común denominador: el materialismo que emana de sus programas, de sus teorías y especialmente de sus aplicaciones prácticas. La democracia, antes que los vagos y eufemísticos pseudo-ideales que preconiza, tales como derechos humanos, libertad de expresión y asociación, o gobierno de la mayoría, que jamás se han traducido
en realidades, significa la explotación capitalista del hombre por el hombre; y el marxismo, antes que un socialismo igualitario, es la despótica y sanguinaria implantación del capitalismo de Estado con fines inmediatamente imperialistas, todoello a la interminable espera de la utópica dictadura del proletariado.
El fascismo apareció como una reacción contra el materialismo y contra la decadencia
a que paulatinamente Occidente iba siendo abocado por él. En rigor no puede decirse
que el fascismo nació como una reacción contra el bolchevismo. Eso vino después. El
fascismo fue en primer lugar la gran respuesta a ciento cincuenta años de racionalismo,
de Enciclopedia. “Nuestra Cruzada fue contra la Enciclopedia”, dirá incluso Franco en
una frase memorable ante sus compañeros de armas después del desfile de la victoria de
1939. El racionalismo fue el virus, que envenenó la sangre de la cultura occidental,
precipitando su decadencia con dogmas y prejuicios que abolían todos los principios
éticos y morales, puramente idealistas, por los que se había guiado el hombre europeo
desde sus tiempos históricos de esplendor, enraizados en una gloriosa Edad Media.
En realidad, el siglo XIX ya estaba lleno de pre-fascistas, de intelectuales y artistas
que se rebelaron contra esos dogmas y esos prejuicios oscurantistas que paralizaban
toda actividad espiritual. Sería prolijo enumerarlos; Nietzsche y Wagner fueron los más
grandes, y fueron lógicamente ellos “los dos grandes iniciadores del III Reich”, según
la afortunada expresión de Jean-Michel Angebert. Efectivamente, “la mitología
wagneriana aparece ya impregnada de biología y conduce al racismo, ya que el
símbolo del Graal contiene la idea de la sangre pura, de la sangre regeneradora para
la raza” y “el mito hitleriano del súper-hombre procede directamente de Friedrich
Nietzsche. Este súper-hombre es el hombre fuerte, el hombre liberado de todos los
convencionalismos burgueses…” La corriente estética que unió mayormente a muchos
de esos hombres y que más decisivamente los enfrentó con el racionalismo en el terreno
de las ideas fue sin lugar a dudas el romanticismo alemán, que se extiende desde Goethe
hasta Hermann Hesse, ese Hermann Hesse que con su Demian formuló la más dura
crítica contra todo lo que se refería a la fundamentación racional de la conducta
humana, preparando el camino hacia las SS a los jóvenes alemanes de las primeras
décadas del siglo XX, que como él creían en el despertar del instinto de la sangre desde
el ideal aristocrático de Nietzsche.

Para cada pueblo europeo, el romanticismo fue, además, un abanderado de su propio
nacionalismo, y, sin necesidad de controversia, el portador de los más genuinos valores
raciales de Occidente entero. Por proceso catárquico de ensamblaje, de síntesis y de
convergencia, aquellos valores nacionales lo eran de la suprema patria europea, que, al
fin, en pleno siglo XX, llevando hasta el paroxismo la oposición ética de la verdad
irracional al dogmatismo racionalista de los filisteos y los pobres de espíritu, los
conduciría al campo de batalla para conocer, en su agonía, su máxima capacidad para el
heroísmo y la brutal sobre-humanidad como superación mística (que tanto atemoriza a
los individualistas) del humanismo rousseauniano.

Agonía, en griego, es lucha, y la lucha, entendida como moral total, como vía
metafísica de realización y superación interior, es el mito central que engloba a todos
los demás que surgieron bajo la égida intelectual y espiritual del fascismo universal:
el mito de la sangre de Rosenberg, el mito del destino de José Antonio, el mito de la
juventud de Brasillach… El tejido afinado de estos mitos es lo que contiene, en puridad el espíritu del fascismo.

En el fascismo, el mito sustituye al dogma. El mito, sintetizando máximamente una cadena de valores, transmite la imagen alegórica, estilizada y perfecta, que permite al hombre acercarse gradualmente a la divinidad e
integrarse en el orden tradicional.
Entendemos, en síntesis, que los hombres del romanticismo, al igual que los de la antigüedad clásica griega, devolvieron al hombre occidental sus valores idealistas primordiales, que acabaron por concentrarse en el fascismo para hacer frente al racionalismo; a su producto genuino, el liberalismo; y a su complemento subversivo
inseparable, el marxismo. El fascismo creó – o cuanto menos, redescubrió – un tipo de hombre nuevo, un arquetipo propio, que por esencia era radicalmente diferente del resto de los humanos, demasiado infectados de decadencia para comprender la marcha heroica de la Historia Universal. Todas las aspiraciones románticas que el siglo XIX
había alzado como peregrinas utopías frente al materialismo de la razón se encontraron en él: el hombre auténticamente libre que ensalzaron por igual Nietzsche y Wagner nació en el siglo XX, cuando el primer fascista, dirigiéndose con desprecio a la sociedad pequeño-burguesa de su entorno, exclamó: “Menefrego.” Para esa sociedad burguesa, los fascistas no fueron más que unos locos, cuando no unos asesinos, pero su criterio
subjetivista no cuenta para nada. Lo que importa es cómo hubieran conceptuado Nietzsche a Otto Skorzeny, Schopenhauer a Rudolf Hess, o Wagner a Eva Braun, que fue – por qué no – el arquetipo de la mujer fascista.

Ya sabemos cuántas veces los políticos profesionales han criticado a los movimientos
fascistas la vaguedad de sus programas teóricos y prácticos, o incluso que carecieran de
ellos. Pero esa fue en verdad una virtud del fascismo, y no uno de sus defectos. Frente al
programa político exageradamente concreto, pero que nunca solía llevarse a la práctica,
que tipifica a los partidos del sectarismo izquierdista o derechista, frente a sus absurdas
e impracticables divagaciones teóricas, acuñadas en los siglos XVIII (Voltaire,
Rousseau) y XIX (Marx, Engels), la juventud del siglo XX, bajo su uniforme pardo,
negro o azul – ese uniforme que fue hábito en la vida y mortaja en la muerte -, enfrentó
los valores míticos que subyacían en el alma de la raza blanca, que constituían su
patrimonio tradicional y que permanecían ocultos a causa de siglos de maniobras de su
eterno enemigo, el judío internacional, promotor y beneficiario de toda crisis, de toda
decadencia, de todo colapso de Europa; del judío internacional, que está en el origen y
en el final del liberalismo y del marxismo porque siempre ha sido la fuerza motriz del
materialismo histórico.
En el ejemplo de la juventud fascista, en cómo vivió, luchó y murió, está expuesta la
mejor síntesis de sus valores, de su concepción del mundo, de su estilo. Sin importarle
la vida ni la muerte, entregada al espíritu de milicia, enfervorizada por una mística total,
consciente de que cualquier manifestación de la existencia no es sino una constante
lucha de signo heroico, la juventud fascista dio al mundo el ejemplo de un Codreanu
transido de espiritualidad, de un José Antonio imbuido poéticamente de la
interpretación trágica de la vida, de un Hitler de voluntad eterna, de un Mussolini de
constante arenga e invocación al combate total.
No por coincidencia hallaron todos ellos una muerte violenta; esa es la muerte en el
propio estilo fascista. Codreanu, José Antonio, Mussert, Quisling, Szalaszy, Mussolini y
tantos otros fueron inmolados en la hora de los enanos, cuando triunfó el mundo
democrático y comunista en el que sus valores no podían sobrevivir; Hitler y sus
seguidores prefirieron morir en las Termopilas antes que capitular. Vale la pena – pues
ahí está la apoteosis del estilo fascista, su última y gran verdad – recordar lo que dijeron los fascistas antes de caer en el holocausto. Brasillach, instantes antes de ser asesinado,

afirmó que “el fascismo es la poesía misma del siglo XX.” Ledesma, cuando era
conducido por sus verdugos comunistas al paredón, se enfrentó con ellos y les dijo:
“A mí sólo me mataréis donde yo quiera”, y allí mismo fue. Goebbels, antes de
suicidarse, manifestó a Hitler que prefería la muerte a la huida, porque “en el futuro,
importarían más los ejemplos que los hombres.” Clara Petacci, momentos antes de ser
fusilada, le preguntó a Mussolini: “¿Estás contento de que te haya seguido hasta el
final?” El fundador del fascismo fue suficientemente explícito con un postrer saludo
romano, cuando ya sólo la posteridad podía ser su testigo. Por todos ellos, los conocidos
y los ignorados, habló Alfred Rosenberg cuando la soga de Núremberg rozaba ya su
cuello: “Mi lucha por la idea más noble por la que jamás nadie luchara, levantando
una bandera para más de cien años, no constituye un crimen.”
Al estilo demostrado en la hora definitiva, al heroísmo que acarició y conmovió el
cuerpo eternamente bello de Europa, de arriba a abajo, hasta el corazón mismo de la
diosa, ¿qué razón, qué verdad, pueden oponer el dogma liberal y la dialéctica marxista?
¿Pueden, en rigor, seguir considerando al fascismo como un hecho aislado y
monstruoso, o como la última reacción de la sociedad capitalista en estado de crisis? El
día en que la Historia deje de ser escrita por los apologistas del odio, se sabrá por todos.
Ahora únicamente nosotros, sus seguidores perseguidos y herederos malditos,
guardamos en nuestros corazones la última verdad de los fascistas. Su estilo más allá de
la vida y de la muerte.

JUAN MASSANA.

 

 

Be Sociable, Share!

    1 thought on “EL FASCISMO COMO ESTILO

    Comments are closed.

    Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

    ACEPTAR
    Aviso de cookies
    Web translate