EL GRAN SAQUEO

A fines de 1944, el gabinete de Franklin D. Roosevelt discutía los planes para Alemania tras su previsible derrota para entonces, con dos posturas enfrentadas: la encabezada por el Secretario del Tesoro (el judío Morgenthau) y la defendida por el Secretario de Guerra (Stimson), el primero favorable a arrasar totalmente el Reich al punto de convertirlo en poco menos que una colonia agrícola y el segundo proclive a apoyar su reconstrucción a fin de evitar que ocurriese otra vez lo mismo que después del Tratado de Versalles.

Ni que decir tiene que el presidente norteamericano, muy influido siempre por el lobby pro sionistade Washington, se decantó por la primera opción, dándose inicio a partir de mayo de 1945 al que quizás ha sido uno de los mayores saqueos de la Historia cometidos hacia una nación derrotada, sobre el cual apenas se ha escrito y que únicamente empezaría a revertir (de manera parcial) a partir de 1947-1948, cuando era evidente que el nuevo enemigo era la URSS.

Bastaron, sin embargo, 2-3 años (en los que se celebraron la friolera de 24.000 juicios con numerosas penas de muerte) para que fueran confiscadas por los aliados occidentales 346.000 patentes correspondientes a los principales avances tecnológicos del Tercer Reich, la apropiación de alrededor de 2.000 científicos, la desmantelación de 682 grandes fábricas (entre ellas, la planta de gasolina sintética Ruhrohemie o las de cañones de Essen y Salzigitter), la utilización de unos 35.000 alemanes como mano de obra semiesclava o la destrucción de 100 modernísimos submarinos (dotados de motores de propulsión de chorro y sofisticado armamento).

No obstante, serían los soviéticos quienes obtendrían el botín más formidable, merced en buena medida a la inercia de Roosevelt: dos de las grandes presas hidráulicas de Wotan para forjar matrices, la fábrica de instrumentos de precisión Zeiss, la fábrica de aviones Junker, el avión de chorro Ta-183 (rebautizado por los bolcheviques Mig-19), el Instituto de Investigaciones Aeronáuticas, la Estación Experimental Rechlin, los planes “Sangir” para crear vehículos satélites fuera de la zona de gravedad de la tierra, hasta 7.000 expertos (caso de los principales peritos del Directorio Económico Hitleriano, los del Ministerio del Aire Alemán y los del Departamento de Energía Atómica) y un número indeterminado (hablamos de varios millones, de los que aproximadamente 615.000 jamás regresarían) de presos (civiles y militares) llevados a la Unión Soviética para ser empleados en los trabajos organizados allí por el GULAG.

Eso sin contar el escrupuloso registro de granjas, fondas, minas, sedes del NSDAP, domicilios particulares… realizados por las autoridades de las cuatro potencias ocupantes en busca de cualquier cosa de valor (obras de arte, joyas, dinero, ropa, muebles, libros, etc.) que rapiñar con la excusa del proceso de desnazificación.

Con todo, si el expolio material y el expolio humano (un dato: sólo en los diez primeros meses de ocupación, en la zona alemana administrada por los EEUU fueron destituidos 167.512 antiguos funcionarios, 81.939 jefes industriales y otros 47.554 jefes más) fueron gigantescos, el peor con diferencia fue el moral, ése que consistió en convertir una nación otrora orgullosa en un país (especialmente, la RFA) socialmente amorfo, culturalmente degenerado y espiritualmente acomplejado hasta hoy.

NO NOS ROBARÁN LA HISTORIA NI LA MEMORIA.

CACHÚS 

 

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