EL JUICIO A DIOS

El 16 de enero de 1918, ya en el poder Lenin y su camarilla de asesinos judeobolcheviques tras el golpe de Estado (que no revolución) de noviembre (octubre, según el calendario de allí) del año anterior, se celebró en Moscú con gran pompa un acontecimiento tan grotesco como blasfemo: nada menos que el llamado “Juicio del Estado Soviético contra Dios” (sic).

Presidido por el entonces comisario de cultura Anatoly Vasilievich Lunacharsky (quien por cierto moriría en 1933 cuando volaba a España para tomar posesión de su cargo de embajador ante la anticatólica Segunda República: ironías del destino) y después de cinco largas horas, el Altísimo fue hallado culpable de los más horribles crímenes, por lo que sería condenado a muerte de manera inapelable y ejecutado al día siguiente por medio de una salva de cinco disparos lanzados al cielo moscovita…

No, no es broma. Tal proceso (que en sí mismo revela, además de la estulticia de todo un Régimen, también una Fe insuperable, pues únicamente se ataca o condena aquello en cuya existencia se cree) ocurrió de verdad. De hecho, el susodicho se enmarcó en la feroz campaña sacrílega emprendida por las autoridades comunistas en aras a ridiculizar todo lo religioso, previa a la perpetrada por los matarifes de la Cheká para extirpar el cristianismo de Rusia, la cual se llevó por delante unas 125.000 personas entre 1917-1941.

Sin embargo, el ateísmo nunca caló entre el pueblo llano del gran país eslavo, tanto que el propio Stalin debería echar mano del credo ortodoxo en su lucha frente a los ejércitos alemanes cuando éstos invadieron la URSS en 1941 y al genocida georgiano le interesó recuperar algunos de los aspectos del pasado imperial ruso para cohesionar su país.

Hoy, 102 años después de aquel absurdo, la infame Unión Soviética se ha ido directamente (y parafraseando a León Trotsky) “al cubo de la basura de la Historia”, mientras la religión resurge con fuerza en la nueva Rusia, en lo que constituye un nuevo ejemplo de que ninguna ideología (por muy totalitaria que sea su praxis) puede doblegar la idea de Dios.

NO NOS ROBARÁN LA HISTORIA NI LA MEMORIA

Cachús

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