EL SOLDADO ROMANO

El soldado romano debía obedecer la orden dada por su superior llegando a pagar con su vida si se quedaba dormido en horas de vigilancia.

Normalmente si tenían que vigilar algo eran cuatro y eran relevados cada cuatro horas.

Los soldados romanos además de preparar la lucha y practicar la guerra, colaboraban en el desarrollo de la colonización del Imperio. Por eso participaban en la ocupación de las ciudades, en su fundación, bien en la construcción de calzadas, acueductos o puentes.

Con el nombre de legionario se conocía al soldado de a pie o infantería. Las legiones aparecían compuestas por unidades menores, llamadas centurias, que estaban formadas por unos ochenta soldados. Una legión se completaba con sesenta centurias y unas treinta legiones formaban un ejército.

El soldado romano generalmente provenía del campo. Los historiadores le señalan como “un hombre de pequeña estatura, de tez morena, de complexión gruesa y robusta”: es evidente que los trabajos del campo le habían endurecido.

Las “pruebas de selección” limitaban el acceso a hombres cuya fuerza y robustez no fuese probada y el Consejo que realizaba la supervisión para el ingreso era muy severo.

Los soldados romanos realizaban entrenamientos similares a los que puede hacer cualquier infantería de la actualidad: marchas de treinta kilómetros, con una carga a las espaldas de sesenta libras romanas, lo que equivale a unos veinte kilos.

Ese peso se repartía entre el armamento, alimentos y diversos utensilios como una pala, un hacha, un azadón, elementos todos ellos que les serían muy útiles.

En el estrato más bajo se encontraban los “Gregarius”, los soldados rasos y porque, al luchar, lo hacían como un rebaño.

Se denominaba “Contubernium” al grupo de ocho soldados romanos que formaban una especie de unidad.

En los campamentos se mezclaban soldados experimentados con los recién llegados. Convivían en la misma tienda, en el cuartel, y todos los días, nada más levantarse, llevaban a cabo una especie de desfile militar. Su vida era el adiestramiento. Su entrenamiento era muy riguroso.

En cuanto a su dieta, ésta era más bien austera. La cena era la comida principal y en ella se solía servir pan, verduras, sopa y gachas de cereales.

El sueldo era de 225 denarios anuales en tiempos de Augusto, si bien con el paso del tiempo dicho sueldo fue subiendo.

Entre el armamento con el que contaban las tropas del ejército del Imperio Romano se encontraban las catapultas, las ballestas (capaces de lanzar piedras de veinte kilos hasta casi cuatrocientos metros), el Pilum (semejante a la jabalina, que medía 215 centímetros) y los arietes (que servían para echar abajo las puertas de las fortalezas a invadir).

Además, todos los soldados vestían idéntico uniforme, una muestra más de la organización del ejército.

Una vez concluido el servicio en el ejército, eran licenciados pasando al retiro. Se les llamaba “veteranos”, los cuales con Cesar Augusto estuvieron mejor considerados y, sobre todo, mejor pagados.

A los soldados de las fuerzas auxiliares se le concedía la ciudadanía romana, concediéndoles dos tablas de bronces donde se hacía constar tal condición.

Fraternalmente en Cristo desde Misiones, Argentina,

Fernando Javier Liébanes 

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