EL TOCATA: AQUELLAS SALAS DE FIESTA…

Para muchos el mejor momento de las Salas de Fiesta o Boites de entonces, luego rebautizadas discotecas y ahora macrodiscotecas, era cuando el DJ de turno, más vocacional que profesional, callaba la música “ligera”, bajaban las luces y venían los 15 minutos de lentos, de bailar más que agarrados bajo la penumbra de la pista de baile. El único momento en el que muchos nos acercábamos a ellas, separándonos de los camaradas y de la barra, aun a riesgo de que el local se derrumbara sin nuestra impertérrita sujeción, encaminándonos despacio, dejando a los camaradas más tímidos o con novia a tiempo completo, dándose la vuelta para coger perspectiva pero sin separarse de la barra por lo que pudiera pasar con el local. Se quedaban de retén, evitando un inesperado hundimiento del local; las risas o sonrisas de orgullo estaban aseguradas.

Y con la cara y el honor del valiente, mediosonriendo de esa manera en la que mediosonreímos los hombres al acercarnos a nuestro objeto de amor y deseo, aunque su intensidad se mida en minutos u horas, o incluso en años o la vida entera; mirando de reojo a la chica y a su grupo de amigas para valorar si las risitas y miradas de antes se traducirían en el ansiado baile agarrado y sus posibles promesas posteriores. Era más lo importante vigilar las veces que éstas con la mano sobre la boca se acercaban a la chica objeto de nuestro deseo y de sus reacciones acompañadas de “esas miraditas”. Algo que con el tiempo algunos convertimos en ciencia y que nos compartíamos, una vez juntos, maniobras y consejos como lo hacen los militares antes de una ofensiva.

Con la moza con la que ya habíamos cruzado miradas y sonrisas tontas, allí sobre la barra, con el gin and tonic con mucho hielo, un truco que nos enseñó un experto en estas lides, sólo nos unía una atracción impulsiva, a veces irresistiblemente hormonal y otras, simplemente, por mantener nuestra reputación mujeriega.

Entonces llegaba el momento, el DJ amateur bajaba la música “ligera”, y tras cinco interminables segundos de silencio, la pista se vaciaba de sudados y eufóricos bailarines, las luces se apagaban, salvo algún foco rojo y azul. Era el momento. Último trago al gin and tonic sorteando los hielos, unas chasquido de lengua, última calada al cigarrillo rubio americano que acababa en suelo pisado, y giro de 45 grados hacia la preciosidad que miraba al suelo y al techo con la misma frecuencia que su corazón latía. Encaminados con paso firme y una mano en el bolsillo nos acercabamos y la invitábamos a bailar con una sonrisa que dejaría boba, al menos, a nuestras abuelas. Ellas después de consultar ocularmente al grupito de amigas buscando su último asentimiento o negación, se ofrecía a bailar acercándote la mano. El Nihil Obstat estaba dado.

A partir de ahí todo estaba en tus manos, y en la suyas. Era corazón contra corazón. Y era bonito.

A. MARTÍN

 

ALB6

Be Sociable, Share!

    Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

    ACEPTAR
    Aviso de cookies
    Web translate