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EL TOCATA: DIEGO RODRIGUEZ – BELLA CIAO

 

Yo, a ciencia cierta, ignoro su verdadero nombre, y creo que pocos lo saben; su madre, a lo mejor su padre si lo conoció, quizás el comisario para el que trabajaba… y pare usted de contar.
Así que para mí y para todos era “el feo”. Y el tipo era feo de narices -la suya granulada, mamporrera y granate -. Si alguien me hubiera preguntado, nadie lo hizo, cómo llamarle yo le habría bautizado como “el malo”, “el joputa”, “el malapersona” pero esos motes debían estar ya cogidos.

El tipo, de estatura media, representaba perfectamente a una bombona de butano en su físico. Su cara pequeña pero hinchada, roja, decorada con una nariz granate, de ojos más que saltones, “saltaos” y esos orejones como dos mangos que ni el peinado podía ocultar.

Vistiendo “el feo” era clásico: camisas claras sucias, pantalones grises sucios y zapatillas de felpa de varios colores. Su pelo, abundante y negro, domado con Patrico. Gafas Serpico y unas voceras permanentes a ambos lados de sus leporinos labios cerca de sus verrugas más grandes, al menos en el rostro.

Al feo el tema del trapicheo le iba desde que en los años 50 extorsionaba poŕ cromos a sus compañeros de escuela de La Roda; así pasó al alcohol de dudosa procedencia y luego al tabaco. Y empezó a acumular causas. Un camion allí, un almacén allá, un kiosko acá…. todas y cada una de sus operaciones se saldaban con una detención, la suya.

El feo no necesitó que su única neurona le avisara de que algo fallaba estrepitosamente en su miserable existencia, y no se refería a su vida sexual. Su compañero de aventuras, tosco, ojiplático y entrecejado, que atendía al nombre de “el Moscas” era el niño bonito de un comisario madrileño instalado en provincias con ínfulas de una carrera que, según él, le llevaría a director general de la Policía y virrey de Andorra.

En un pase de cigarrillos de las Rías a Madrid, el feo hizo el avión al Moscas y acabó en Barcelona. La gran cagada de su vida. El Moscas volvió al pueblo e hizo lo que hacía siempre: cantar de plano. Quizás no hubiera pasado nada si el comisario no hubiera sido quien tuvo que apoquinar a los gallegos de su propio bolsillo la carga trampa. Eran otros tiempos y los fondos reservados eran reservados.

Y así pasaron 30 años. Para todos. El feo se había instalado en la ciudad Condal, el Moscas la había palmado en el Penal del Dueso de una neumonía y el comisario, reconocido con medallas y ascensos por sus propios trapis, ocupaba un puesto relevante en el CNI.

Un día de esos que te cuesta levantarte aunque no hayas trasnochado, el feo se autodescubrió como un pájaro matutino percibiendo al calor de un carajillo que sus trapis iban mejor de 6 am a 8 am que después. Al que madruga Dios le ayuda, debió de concluir su mononeuronal cerebro. Así que, día sí, día también, repartía su material desde un pequeño garaje del que había logrado ser propietario engañando a un abuelo que quería retirarse con su cromo favorito: el timo de la estampita. Atrás quedarían mil villanias, el matarratas de alambique y el Marlboro de precinto azul. Ahora, el feo, se había alzado en la cadena alimenticia, hacía de intermediario y almacenista de un mayorista apóstol de la coca y sus discípulos. En 2 horas el muy pendejo daba salida a la remesa diaria. Tal trasiego no iba a durarle demasiado.

Un día, precisamente el día siguiente del 23 F, la vecina de arriba del garaje, la señora Montse, 73 años de sordera y con 7 dioptrías siendo generosos, llamó a la policía. “En el garaje de abajo hay extraños movimientos, creo que se reúnen militares” apuntó el policía que cogió su llamada. En aquellos momentos de confusión todo lo que pudiera ser relevante se colaba al CESID (ahora CNI) por lo que pudiera ser. Y de esta forma tan bonita y después de 30 primaveras el feo y el comisario se volvieron a encontrar.

Comentan que aquel día el feo perdió la voz y que desde entonces en lugar de hablar, susurraba. Lo que es un hecho es que desde aquel día el feo se convirtió en esclavo del comisario, que se dedicó a estrujar esa bombona de butano con nariz como si quisiera hacer horchata. Y la hizo, horchata y un carrerón.

Sólo menos de 9 años después el feo apareció con las tripas fuera y un cartel: “chota”, el mismo día que un bien considerado comisario del CNI moría en un accidente de trafico en Marsella mientras formaba parte de una operación conjunta antinarcóticos.

¿A qué viene la historia del feo? Hay gente predispuesta a encontrarse en está vida, quieran o no.

Diego Rodríguez se encontró un día con un partisano borracho cantando Bella Ciao, una canción monopilozada por la izquierda y que yo haría nuestra, y la hizo suya. Y éste es el resultado, más bonito, sin duda, que el feo y su historia.

A.MARTÍN

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