EL TOCATA: SARAH MARIE YOUNG

 

Había bajado a comprar cigarrillos, más por el hecho de salir de aquel piso a tomar un poco el aire que por fumarse el que sería el cuarto pitillo del segundo paquete del día. La realidad era que no aguantaba más aquella fiesta de despedida de soltero y la mediocridad que la envolvía. “Un cigarrillo a solas y vuelvo a Las Vegas, con eso será suficiente” pensó.

Justo enfrente un VIPS había colonizado lo que antes fuera una enorme librería de lance, o de viejo, y sus luces iluminaban toda la calle conviertiéndola, al menos a él se lo pareció, en Pigalle. Como entrar en el VIPS a por tabaco, o lo que fuese, hubiera sido seguir en la misma linea de mediocridad que buscaba esquivar, deslizo su mirada entrecerrada por las luces al resto visible de la calle. A poco menos de una manzana se veía un rótulo luminoso pequeño y blanco: PENÉLOPE, decía.

Se acercó para comprobar si aquello era un puti club o un lugar de mala muerte. Un sólo neón, unas escaleras que te deslizaban a una puerta negra engalanada con dos cortinas rojas recogidas por unos cordones dorados que hubieran servido para atracar dos barcos en puerto era lo único que se podía distinguir. Eso y un cartelito: “Aforo 45 personas. Prohibido a menores de 18. Respete el descanso vecinal. Lunes cerrado”.

Irresistible. Empezó a bajar y como si una alarma se hubiera activado un tipo bajito, con traje cruzado y pajarita abrió la puerta. Era tarde para recular. Cruzó un escueto y casi inaudible “buenas noches” a coro con el, supuso, portero.

-“Llega tarde, hace ya rato que le esperamos” le soltó tan fresco el de la pajarita.
-“Ah ¿sí?” contestó con verdadera sorpresa.
-“Por favor, pase que ya se ha ido todo el mundo, queda solo el grupo”

El de la pajarita, que se llamaba Leandro y era de Pontevedra aunque vivía en Madrid desde que acabó la mili, le agarró del brazo y con educada atención le introdujo en el local.
Poca luz, tapizado rojo y un olor a ambientador demoledor. “Con esos ambientadores se puede hacer Napalm” le había dicho años atrás una profesional del alterne. Ni por un momento de su vida lo puso en duda.

-“Bueno, menos mal que ya está aquí. Los chicos ya se iban, pero siéntese, siéntese ¿qué quiere tomar Yo soy más de champagne pero seguro que usted quiere algo más fuerte. Algo de hombres. Le voy a traer un coñac” le dijo una señora con un peinado imposible y un ojo de cristal que más tarde descubrió bajo la escasa luz del local.
-“Whiskey, si no la importa, señora…”
-“Pues claro, como va a importarme, y no me llame señora que aunque no lo parezca todavía soy mocita – le guiñó un ojo y se dió la media vuelta casi como en la canción.
-¡Encarniiiiita, ponle un güisqui al señor que ya ha llegado y avisa a la chica y a los demás que se preparen”

Entre el de Pontevedra y la del ojo de cristal le sentaron escoltándolo en un sofá estilo francés a juego con las cortinas del local…. o lo que fuera.

-“Bueno, ¿qué? ¿empezamos? Perdone las prisas pero aún tenemos que devolver el equipo y ya sabe, estos cabrones cobran por horas… uy, perdone mi lenguaje pero ya sabe, el cansancio.
-“Claro, claro, empecemos” dijo tirándose el farol más grande de su vida. Lo que iba a pasar a continuación, solo Dios, el de Pontevedra y la del ojo chulo lo sabían.

Tres chicos salieron y tomaron posiciones junto a una batería, un piano y un bajo que más parecía un cello. Un foco se iluminó detrás de donde le habían sentado mientras una chica de larga melena salia con la cabeza agachada hasta llegar a sus compañeros. Cogió la que debía ser su guitarra, por lo menos no era la primera vez que cogía una, dedujo.

El batería empezó con el clásico “Un, dos, tres…” y entonces poco a poco un milagro empezó a realizarse. Sarah se llamaba… su voz sobresalía del escenario, del local y, se atrevió a creer, de todo Madrid.

Cuando terminó la actuación, se levantó despacio, abrochándose el primer botón de la americana y aplaudió tan lentamente como le hubiera gustado hacer el amor a la cantante. Apuró el guisqui, apagó el tercer cigarrilllo y se dirigió a la salida, no sin cierta osadía pues no recordaba por dónde había entrado.

-“Bueno ¿y que le ha parecido? Corto, eso sí, pero concentrado” le preguntó el de Pontevedra.
“Admirable. Ha sido algo extraordinario” dijo desde lo más profundo de su corazón.
-“¿Entonces, qué? ¿firmamos por 3 discos? La televisión es factible, claro, habría que empezar por ahí y luego las radios que ya se llevan menos…”
-“Sin duda” contestó mientras empezaba a subir las escaleras hacia la calle iluminada por el VIPS.
-“Mañana sin falta le llamo, don Federico. Gracias por venir y ya sabe, aquí está su casa. Y la chiquilla, faltaría más, la tiene usted en exclusiva. A servirle, don Federico”

Cuando llegó a la calle sólo tuvo que seguir la luz para regresar al piso de la despedida, aunque en su recién enamorado corazón sólo oía a Sarah cantar “Everytime I see you falling I get down on my knees and pray…”

Al cruzar para subir al piso un tipo le preguntó
-“Disculpe ¿sabe donde está el PENÉLOPE? No soy de aquí y llevo dos horas buscándolo”
-“Lo siento, yo también estoy de paso” contestó con una media sonrisilla mientras encendía un pito antes de volver al la mundanal mediocridad de la segunda mitad del Siglo XX en forma de despedida de soltero.

A.MARTÍN

 

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