EN EL PARQUE

En el parque, las estatuas miran el cielo,
con los ojos vacíos y los brazos destrozados.
Todos los senderos fueron metódicamente devastados.
Los peces de colores se ahogaron en la fuente vacía,
aplastados por el sólo hecho de ostentar cierta belleza.

Rincones e invernáculos quebrados.
Un playón de cemento,
donde se erigía la antigua casona inglesa de madera.
Los centros de manzana ya no albergan las plantas traídas de Europa.
Los arquitectos ya no saben qué quiere decir la palabra identidad.

Deshechos humanos, pasean sus perros artificiales.
No hay farolas, ni mucho menos aquel polvo de ladrillo rojo
que tan bien contrastaba con el verde de los árboles.
Los carteles con los nombres latinos de las plantas,
ya tampoco existen ni tendrían sentido.

Seres deformes se mueven por los bordes,
calculando qué más pueden destruir o robar.
Nosotros fuimos, los patricios de esta ciudad perdida.
Lo fuimos, no necesariamente por nuestra noble herencia,
sino por conducta y sacrificio.

Pero un día, comenzamos a mezclar nuestra identidad con la de otros.
Comenzamos a privilegiar el dinero, frente a la voluntad y la sangre.
Abandonamos el sano estoicismo romano,
por las falsas ilusiones de un mundo decadente.

Ya no hay puerta que abra este parque a los antepasados.
Hasta me cuesta recordar mis propios pasos
Junto a la imagen sagrada de la abuela,
delgada y erguida como una mater pagana,
caminando conmigo por los laberintos vegetales.

Yo pasaba aferrado a su mano de diosa imperturbable
bajo el gran portón de hierro, como se pasa bajo el cielo eterno de la raza. Iba orgulloso con mi pequeño abrigo azul de paño,
con botones dorados, cruzado al frente como los uniformes antiguos.

Las lunas y los soles, también han cambiado.
He vagado noches y noches por la ciudad perdida,
buscando la luz antigua.
A veces las esculturas dormidas
entreabrían sus ojos para observarme de lejos,
como los últimos acólitos de una secta extinguida.

Todo fue una ilusión, como la vida.
Los dioses ríen, detrás de las rosas perdidas.
Los fantasmas reniegan de su sangre, convertida en agua.
Y yo regreso una y otra vez al parque, en mi triste y larga marcha
de prisionero evadido después de la derrota.

JUAN PABLO VITALI

 

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