ENTREVISTA A ÁNGEL GRECO, DIRECTOR DE CINE

 

Tras las aclamadas Bandera blanca, El pueblo de las viudas y Paisajes para un mosquete, el cineasta argentino Ángel Greco prepara su vuelta con Los últimos balillas, la adaptación del cuento El glaciar de los escuadristas, atribuído a Borges. La obra gira alrededor de un grupo de jóvenes voluntarios fascistas que, tras la derrota de Italia en la II Guerra Mundial, y acosados por los partisanos, ascienden a las montañas y se esconden en una gruta donde no envejecen ni enferman. La película, que ya está preparada, espera su estreno en alguno de los festivales internacionales de este año.

¿Por qué has decidido adaptar El glaciar de los escuadristas?

El cuento cayó en mis manos por puro azar. Tomando café con un amigo que es un enamorado de la Literatura, un verdadero sabio, al despedirse él olvidó una bolsa con libros que llevaba, y por teléfono me pidió que se la guardara en mi casa hasta que volviéramos a vernos. Curioseé y entre aquellos libros estaba un ejemplar viejo y manoseado de El glaciar, impreso en ciclostyl y editado por Letras y Armas, en 1958. Me llamó la atención la fotografía de la portada, un grupo de niños uniformados, sentados en una escalera, escuchando Radio Balilla. Lo leí, me impresionó, me entusiasmó, y desde entonces no he dejado de darle vueltas a un posible guión cinematográfico.

Se discute si el autor del cuento pudo ser Borges

Es difícil saberlo aunque los especialistas en Borges lo descartan casi al cien por cien. El glaciar de los escuadristas sería una obra demasiado “plana”. Los escritos de Borges son poliédricos, multidimensionales, y en este sentido, El glaciar no encajaría del todo en el universo borgiano, ya que se trata de un cuento más lineal, más sencillo en su delineación temporal. La atribución a Borges data de un artículo publicado por un periodista francés en los años 70. Este periodista había conocido y entrevistado a un médico suizo afincado en Italia, quien habría mantenido una relación epistolar con Borges durante algún tiempo. El médico, un estudioso de la obra de los filósofos franciscanos y especialmente Occam y Duns Scoto, afirmaba haber conocido a Borges en España y haber fraguado amistad por su común interés en la filosofía. El texto de El glaciar de los escuadristas le habría sido remitido años después, como un obsequio, por el escritor bonaerense, escrito a máquina y sin firmar. Lo cierto y verdad es que en el El glaciar se hallan presentes algunos temas que Borges trató en obras suyas, como Deutsches requiem o el brevísimo Parábola de Cervantes y Don Quijote.

En esta nueva película, ¿insistes en esos temas que has tratado anteriormente? La derrota, la lealtad, la esperanza…

Hay algo de ello, pero esta obra es diferente. Los últimos balillas trasciende toda realidad histórica y de hecho se aventura en terrenos que podríamos denominar teológicos. En Bandera blanca el argumento estaba muy pegado a acontecimientos históricos reales y a personajes que podrían perfectamente haber existido. Sin embargo, Los últimos balillas se adentra en otro territorio, en el de la fantasía, lo onírico, lo especulativo y lo filosófico. No es un relato que podría haber sido, sino un argumento imposible, absolutamente literario y fantástico, incluso poético. Es una reflexión sobre la naturaleza humana y un interrogante sobre los misterios de la voluntad del Creador. En Los últimos balillas lo importante no es la acción, ni siquiera las relaciones entre los personajes, sino los diálogos, los pensamientos. En este sentido, es una película filosófica y muy tributaria del cuento.

¿Ha sido muy difícil levantar la película?

Hemos tenido dos tipos de problemas. El primero, absolutamente común a todo proyecto, fue reunir el dinero. Financiar una película como esta, digamos rara, no es precisamente sencillo, pero todo es cuestión de insistir y ya tenemos alguna práctica de anteriores trabajos. Lo que yo no podía ni imaginar es que me iba a topar con todo género de resistencias digamos políticas, o ideológicas. La cuestión es sencilla: el tinglado del cine te permite rodar una pelicula donde aparezca un fascista siempre y cuando sea el malo de la película. Si el personaje no va a ser un sádico enloquecido, y como es el caso de Los últimos balillas, se trata de personajes profundamente humanos y cargados de una sensibilidad y raciocinio especiales, entonces caen sobre ti todos los vetos. Esto fue para mí una sorpresa y de hecho mi visión de la sociedad y del mundo actual ha dado un giro total. Si alguien se cree eso de la libertad de expresión y el pluralismo político, es un ingenuo.

¿Quiénes son los últimos balillas?

Son unos jóvenes que lo han perdido todo y que se esconden de la persecución, pero que en un momento dado, sufren una transformación que no entienden al principio pero que van descubriendo poco a poco, a lo largo de los años. Mientras permanecen en el glaciar, no envejecen, tampoco mueren. Paulatinamente los soldados van transformándose en filósofos. Hay un punto de inflexión en la historia, y es cuando se preguntan si estarán convirtiéndose en ángeles, y les asalta el miedo a ser ángeles caídos. Los problemas morales se entremezclan con las preocupaciones puramente humanas, los recuerdos personales, y sobre todo, el tema central de la lealtad y el compromiso.

La evolución de esa pequeña comunidad de soldados-ángeles, me gusta llamarla así, se ve truncada por la irrupción de un visitante, un alpinista que se pierde en la ventisca y a quien ellos rescatan. La confrontación con el presente a través del diálogo con el montañero, el diálogo con la realidad histórica a la que ellos pertenecieron en otra era, los empuja al desenlace final, magnífico, trágico y hermoso.

¿Cuánto se aparta la película de la obra literaria?

He obrado con gran libertad en el manejo de lo secundario. Por ejemplo, el alpinista salvado de la tormenta en el libro es un trabajador de una fábrica de automóviles que milita en organizaciones sindicales y de izquierdas, mientras en la película es un joven universitario que se hace selfies en cumbres para mostrarlas en las redes sociales. El momento crítico de la película, que es el encuentro del montañero, yo lo he situado en la actualidad, año 2018, mientras que en el cuento, aunque no se menciona ninguna fecha, parece que se desprende que el tiempo de la acción es a mediados del siglo XX.

¿Es difícil hacer una película sin mujeres? No hay ni un solo personaje femenino

Esto obedece a una razón importante dentro de la narración. Los muchachos no envejecen físicamente pero sí van adquiriendo una madurez muy superior a la de cualquier hombre por anciano que pueda llegar a ser. El horizonte de la eternidad transmuta totalmente su visión de la realidad y de la razón de sus propias existencias. Hay un momento muy bonito de la película en que los balillas bajan al valle a robar libros, el alimento principal del que se nutren, y desde la posición en que acechan, escuchan –pero no las ven- a una cuadrilla de chicas que vuelven cantando de las faenas agrícolas. Durante semanas, impactados por las voces de las muchachas, debaten qué hacer, si regresar al mundo, dejándose llevar por el impulso natural, sexual. Los diálogos discurren sobre la igualdad de armas; los hombres saben que su psicología y la de esas chicas ya no son equivalentes, ellos les llevan ventaja.

¿Cuánto hay de política en esta obra? ¿Por qué se llama Los últimos balillas?

La película tiene dos partes y de hecho es un film largo. Resulta paradójico porque El glaciar de los escuadristas es una obra corta, un cuento en definitiva. Pero cinematográficamente la idea da para un gran guión. En la primera parte, los personajes siguen aferrados a sus compromisos políticos y personales; siguen siendo fascistas, siguen considerándose combatientes. Sus preocupaciones aún están centradas en su patria, en sus camaradas, en la persecución, en sus familias de las que nada saben. Cuando comienzan a entender lo que les está ocurriendo, entonces tienen que encajar toda esa mentalidad, todo esa carga biográfica, y su propia psicología personal, con la nueva realidad que se les presenta. Los diálogos versan sobre esa evolución, esa adaptación a la eternidad, el tránsito de lo contingente a lo inmutable no es sencillo. Cada vez sienten más necesidad de comprensión de lo eterno, de lo trascendente. Hay una exacerbación de lo religioso y a la vez del ansia de saber. Por eso asaltan bibliotecas en los pueblos del llano y sus expediciones, montadas como durante la guerra, como operaciones militares, persiguen como objetivo determinados volúmenes: el Kempis, Marco Aurelio y otros escritos de la Antigüedad. En la segunda parte de la película, de alguna manera el grupo ha superado esa fase y han decidido seguir el consejo evangélico de hacerse como niños. Su esfuerzo es intentar ser nuevamente unos alegres balillas. Es entonces cuando entra en escena el hombre del presente, el individuo mortal, el montañero. Este personaje vuelve a trastocar totalmente la pequeña comunidad de niños filósofos.

¿Puede ser una película aburrida? ¿Demasiada filosofía, demasiada carga trascendental?

En absoluto. Los balillas son, desde el principio hasta el final, jóvenes y soldados, o sea, bromistas, gente alegre. Toda la película está salpicada de humor. Los muchachos juegan con las palabras y con las ideas. Es su principal entretenimiento. Los hermanos Gabriel y Rafael mantienen acaloradas y apasionadas discusiones hasta el final de la película. Gabriel mantiene que Freud era un genio, y Rafael que era un charlatán. Rafael se empeña en demostrarlo haciendo la crítica de todos los autores de la escuela freudiana, comenzando por la obra de Marie Bonaparte. Le dice a su hermano: tengo toda la eternidad para demostrártelo y te lo demostraré, ¡Freud era un gilipollas! Al capo squadra Martinetti le siguen llamando, a sus espaldas, Centurión Escorbuto, y el chascarrillo es si San Pedro lo recibirá con un ¡bienvenido, Martinetti!, o ¡alto ahí, señor Escorbuto!

F.A.

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