EL ERROR DEL CORNETA

 

Diciembre de 1836. Los batallones carlistas del General Eguía sitian Bilbao. En la orilla derecha de la ría, los carlistas han fortificado sus posiciones en altura. Las tropas liberales de la orilla izquierda, mandadas por Espartero, se estrellan una y otra vez contra el férreo cerco. El puente de Luchana se convierte en el principal objetivo estratégico.
El isabelino General Oraá, Jefe de Estado Mayor de Espartero, emprende un ataque masivo el día 24 bombardeando el puente y su fortín.

Aunque los liberales logran cruzar, la defensa carlista es feroz. Despreciando la superioridad numérica y de potencia de fuego de los isabelinos, los carlistas los obligan a retroceder. La batalla es cruenta. El propio Oraá cae herido. Los dos bandos están agotados. Espartero, que, enfermo, había dirigido las operaciones desde la cama, decide visitar el frente ante la gravedad de la situación.
Al comprobar el agotamiento de sus tropas y el gran número de bajas da por finalizada la operación y ordena retirada.

Cuenta la leyenda que el corneta se equivocó y que, en lugar del toque de retirada, dio el toque de carga.
Al escucharse este toque en las también desangradas filas carlistas, éstas se temen una nueva ofensiva que, dado el estado de sus fuerzas, los aniquilaría definitivamente. El mando carlista ordena replegarse.
El error del corneta había conseguido levantar el sitio de Bilbao en la Primera Guerra Carlista.

Y es que hay veces en las que el propio quebranto nos impide apreciar el desgaste del enemigo.
Desde que el frentepopulismo revanchista se ha encaramado al poder, la persecución contra el sector patriota parece que no puede tener otro fin que nuestra definitiva aniquilación.
La chusma apoltronada en las instituciones ha levantado la veda contra el patriotismo y con sus selectivas memorias históricas, sus sectarias fiscalías del odio, sus disparatadas neolenguas de género y sus inquisiciones políticamente correctas, camufla con un barniz de legalidad su feroz rencor y su ensañamiento cobarde.
Profanar las tumbas de los héroes, borrar sus nombres de las calles o ilegalizar cualquier institución que no comulgue con sus estalinistas ruedas de molino es algo que empieza a ser aceptado como inevitable.
Que se considere el franquismo como el peor de los males posibles sin mezcla de bien alguno o que se persiga de forma inicua a los patriotas parecen ser cosas tan inexorables en el devenir histórico como la precariedad laboral, la celebración de Jalogüin o la senilidad malévola de la Carmena.

Como Espartero en la Batalla de Luchana, algunos patriotas creen que, con la que está cayendo, lo mejor es retirarse a imaginarios cuarteles de invierno e incluso, poniéndose una pinza en la nariz, cobijarse bajo las verdosas banderas de cierto sucedáneo patrocinado por el sionismo.
La iniquidad de la persecución no nos deja ver que el enemigo se está dejando pelos en la gatera.
Su ineptitud para gestionar la economía, su demagogia ante la invasión inmigrante, su cobardía y complicidad ante el problema separatista o su corrupción y rapiña generalizadas les hace estar más agotados políticamente de lo que nos creemos.
Y, en cualquier caso, siempre es mejor caer peleando y exhibiendo nuestras banderas sin complejos que retirarse intentando contemporizar con un enemigo que no hará prisioneros.

Necesitamos un corneta que se equivoque.

J.L. ANTONAYA

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