ESCRITO EN LA PIEDRA : UNA CONVERSACIÓN CON JACK MARCHAL

Afortunadamente, aún hay cosas en la vida que me enternecen, me emocionan o simplemente, me sorprenden. Un amanecer, una puesta de sol, el discurrir de un rio, unas lágrimas sinceras, la fidelidad de un viejo perro… en fin, muchas.
Pero he alcanzado una edad en la que he tratado con tanta gente y tan variopinta, que pocas personas llegan ya a impresionarme como cuando era un mozalbete que escuchaba cada palabra que salía de la boca de un viejo divisionario, mientras observaba con devoción cada arruga, marcada con el fuego inexorable del tiempo, sobre su piel.

Conocí a Marchal hace pocos meses. Había acudido -como yo- a un ejercicio de lealtad, de esos que solo los que sostienen su pulso con el latido de un mismo corazón, saben que han de estar.
Nos presentaron y nos saludamos brevemente, le invité a acudir a España y su respuesta –“mais oui“- fue tan rotunda y espontánea que pensé para mis adentros, “ya nos ha despachao”.
Me equivoqué.

Marchal es, en primer lugar, hombre de palabra. Y en segundo lugar un camarada como la copa de un pino.
Gracias a la Primavera he tenido ocasión de tratarle y gracias a los Dioses he tenido el privilegio de conocerle un poco mejor, ya que la fortuna hizo que se quedara en mi tierra varios días.
Y tengo que decir, que hacía tanto tiempo, que no alcanzo a recordar cuando fue la última vez que un ser humano me impresionó tanto.
“Quiero descubrir la Valencia antigua, quiero conocer Juan, la historia de tu ciudad, ¿me la enseñarás?”. Mais oui.
Con la mirada de un niño curioso, Jack observa cada recoveco, lee cada placa -ya esté en latín, valenciano o castellano antiguo- , con su dominio de varios idiomas descubre que “el valenciano y el catalán no son exactamente el mismo idioma” y reflexiona sobre las raíces de muchas de las palabras que salen a nuestro encuentro.

Me sorprenden sus manos, son su segunda herramienta favorita tras sus ojos, más que tocar las piedras, las acaricia, desliza los dedos sobre los surcos de éstas y me susurra con sonrisa cómplice, “la historia de nuestros pueblos está escrita sobre las piedras, no la podemos entregar”.

Marchal saca así su patriotismo europeo pero matiza, “no estoy de acuerdo con la teoría de la Europa de los pueblos o de las etnias, Europa no debe ser fragmentada, al contrario, ha de resumirse en pocas naciones y poderosas”.
Me interesa muchísimo esa conversación y lo advierte. “La división de los europeos en múltiples mini-estados que competirán comercialmente y hablarán en inglés entre ellos, solo beneficia a los seculares enemigos de nuestra civilización”. Ambos nos quedamos mirando el horizonte reflexionando sobre nuestras últimas palabras cuando súbitamente señala una bandera azul con 12 estrellas que el aire agita en lontananza y afirma, “las 12 tribus de Israel”. Reímos, con aquella risa amarga de los que se reconocen entre los últimos soldados de una causa justa y seguimos admirando en silencio el sky-line valenciano que dibuja -hasta confundirse con el mar- un cielo que vio pasar todos los Imperios por sus fértiles tierras.
“Esta terra es tan bona que donen ganes de mencharsela” le digo en mi lengua materna y le entra la risa, “la frase es de mi abuelo, que fue agricultor”, “je comprais” afirma sin parar de reir. Porque Marchal es un hombre que gusta de reírse, devora la vida y extrae cada segundo del aire que respira para seguir aprendiendo e interpretando nuestra existencia.

Yo también quiero saber -quid pro quo- y aprovecho los cañonazos que dejó para la eternidad Napoleón sobre las torres que fueran puerta de mi ciudad, para preguntarle por Dominique, por Francois, por Laurent, por Jean Marie…
Duprat fue una persona inigualable” .
La conversación me descubre mucho más de aquello que siempre supuse a través de mis lecturas, me descubre a las enormes personas -más allá de los nombres- que formaron la mejor generación de ideólogos desde la derrota.
Con mi curiosidad satisfecha, incluso con anécdotas divertidísimas y el profundo y rabioso suspiro tras su relato personal de aquella maldita mañana de Caudebec en Caux, continuamos nuestro paseo por la historia y nuestra amena conversación.

De regreso en casa me pide que le hable de Juan Ignacio y reconoce que no supo del caso, “vivíamos muy deprisa” coincidimos y mientras se mete en el bolsillo a mi perra con esa facilidad de la que solo disponen los amantes de los animales, se atrinchera junto a una montaña de fotografías y periódicos amarillentos por el paso del tiempo que yo he desempolvado para su curiosidad.
Mientras lee, me mira de hito en hito sobre la montura de sus gafas intentando descubrir en mí a aquel niño vestido de mahón que carga sobre sus hombros un ataúd cubierto con la bandera de España.
Extiendo entre ambos sendos bocatas de ibérico -legado por mi hermano Juan Antonio Cuesta- y una botella de vino blanco, “el vino español es buenísimo” afirma y yo asiento mientras chocamos nuestros vasos, “a noi” es el brindis y en tanto seguimos hablando sobre aquellos periódicos decrépitos y miles de cosas más, vuelve a mi aquella vieja sensación de compartir sangre, que solo el que sabe el verdadero significado de la palabra “Camarada” puede reconocer.

Nos emplazamos para hacer cientos de cosas juntos y con un abrazo vigoroso y sincero nos despedimos, cuando se marchaba con esos pasos apresurados que le caracterizan, se dió la vuelta y me espetó, “nos vemos en Madrid, iré para encender una antorcha por Juan Ignacio” .
Sé que lo hará, lo he visto en sus ojos.

De regreso a mi casa meto en el cd “il domani appartiene a noi”, sonrió y me digo en voz alta, “nosotros sabemos por qué estamos aquí y algún día, el mundo entero lo sabrá”.
Y ese día, llegará.

LARREA MAY/2016

 

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