ESPAÑA, BAJO LOS MISMOS QUE HACE DOS SIGLOS

Narraba Larra en uno de sus artículos que se presentó en su casa “un extranjero de éstos que, en buena o en mala parte, han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e hiperbólica, de éstos que, o creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos … imaginando que nuestro carácter se conserva tan intacto como nuestra ruina” (1).

Larra era un hastiado de una sociedad irremisiblemente abocada a la catástrofe. Su asco por la sociedad senil en que le tocó vivir me recuerda a Ángel Ganivet o a Dominique Venner. Alabado después de muerto, sin embargo es un autor molesto para quien lo tome como juez de un pueblo que lo consumió preso de un pesimismo sin solución. El callejero de Madrid está salpicado de nombres que inmortalizan a los infames en cuyas manos estuvo la oportunidad de enderezar la vida nacional. Como ejemplo ahí está el célebre Mendizábal, judío converso por más señas (2), famoso por la llamada desamortización de bienes de la Iglesia, que no sirvió sino para reforzar el rentismo de unas familias que fueron incapaces de llevar a cabo la revolución industrial. Se puede decir que ni se la propusieron. Ésta no llegó hasta que un funcionario público, militar por más señas, se hizo cargo de las riendas de la nación, lo que confirma aquellas palabras de Ortega y Gasset de que en España lo que no ha hecho el pueblo ha quedado sin hacer. En este caso el pueblo fue el Estado, al que han vaciado con el Régimen del 78 las mismas familias de la primera desamortización. De este expolio nació el Ibex35.

En “Vuelva usted mañana” Larra advierte a su amigo extranjero, que ha venido a España a realizar unas diligencias, que lo que éste cree que va a solucionar en quince días al cabo de quince meses seguirá sin resolverse. Esto en el mejor de los casos, porque puede ocurrir que ni siquiera exista la conciencia de la necesidad que demanda el sentido común.

Hace casi exactamente tres años, a principios de enero de 2018, los servicios meteorológicos anunciaban la llegada de un temporal de nieve que caería sobre el centro de la Península. Tal como estaba previsto, la borrasca descargó  en la provincia de Madrid, redoblando sus efectos en las zonas montañosas que comunican la capital de la nación con el norte.

Sin embargo, pese a que no estábamos ante un acontecimiento imprevisto, sino ante algo anunciado con más de una semana de antelación, el colapso fue absoluto. La autopista hacia el noroeste, la AP-6, fue cortada por la nieve en las dos bocas del túnel del Guadarrama. Mientras las asociaciones de consumidores quedaban afónicas denunciando la pasividad del presidente Rajoy ante el incumplimiento clamoroso del contrato de concesión por parte de Iberpistas (Grupo Abertis), la prensa quitaba hierro al asunto e invitaba a la población a recrearse en los aspectos pintorescos de la nevada, como si se tratase de una especie de adorno navideño a la fiesta de Reyes Magos.

Aquello quedó en nada, con una sanción que más bien era un escupitajo a las mejillas de los contribuyentes (2). La Caixa (Abertis) no se toca. Caso cerrado.

Y ahora henos en enero del corriente. Con una semana de anticipación los medios han venido retransmitiendo la información que les llegaba de los servicios meteorológicos: “Se acerca sobre Madrid la nevada del siglo”. Tras un riego de sal en las calles la noche precedente, la tormenta ha bloqueado absolutamente la capital de España sin que el ayuntamiento haya movido ni una máquina quitanieves en toda la noche. A la mañana siguiente ni una simple furgoneta de reposición de alimentos ha podido abastecer los supermercados. Cientos de camiones en las periferias de la ciudad o de la provincia sin poder acercarse ni un metro más al lugar de destino.

Como era de esperar, en vez de entrar a la raíz del problema, los diferentes partidos se han dedicado a lanzar condenas al contrario político, no por la carencia absoluta de medidas previsoras, sino por la pasta para la reposición de daños. Es decir, convertir la catástrofe en otro de sus negocios.

            – ¿Pero era evitable “la nevada del siglo”?

            – Oiga, ¿usted ha pasado un invierno en Alemania, por ejemplo? ¿Cuántas nevadas       semejantes a ésta caen sobre Múnich a lo largo del invierno todos los años? ¿Acaso queda      paralizada la ciudad?

Aunque los españoles viajan mucho, vuelven igual que fueron. Se dejan tomar el pelo impunemente por la clase política y se comen la versión pintoresca con que los medios tratan de tapar la ineptitud de los políticos: madrileños haciendo muñecos en plena calle, ¡qué bonito!, fotos para el recuerdo y bla, bla, …

¿Preguntarse cómo resuelven contingencias iguales otras ciudades de “nuestro entorno”, eso que invocan nuestros políticos engolando la voz? No, ¿verdad?

¿Invertir en dotación de equipamientos y un cuerpo específico que evite este tipo de eventos que por no acometerlos a tiempo se convierten en catástrofes? Tampoco.

¿Obligar a las concesionarias de autopistas a tener las inversiones necesarias so pena de penalización severa y cancelación del contrato? Imposible: la Ley de las Puertas Giratorias se lo impide al Régimen del 78.

Entre tanto puede usted pasearse por las calles de Madrid y ver cómo algunos esquían por sus calles, pero no son perros aunque lleven bozal. Así, a pleno esfuerzo, a meterse en los pulmones su propio CO2, no sea que la cosa esa llamada Greta los maldiga. Son los españoles. Sarna con gusto no pica.

JORDI PLA


 

“Aún queda la semilla en la noche oscura de España”

 

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