ESTE EJÉRCITO QUE VES…

Estar relacionada con el mundo militar le permite a una conocer de primera mano chascarrillos que no suelen trascender a la opinión pública. Normalmente, son asuntos relacionados con problemas de convivencia con soldados extranjeros, con el trato de favor hacia transexuales militares y otros tarados, con el consumo de drogas en los cuarteles y con actitudes poco honorables por parte de algún miembro de las Fuerzas Armadas. Supongo que ya debería estar inmunizada de tanto escuchar historietas y nada debería afectarme. Pero no. Cada vez me molesta más tanta desidia.

 La semana pasada me enseñaron la foto de una boda militar. Una imagen que debería parecerme entrañable, con el tradicional pasillo de sables compuesto por soldados uniformados de bonito, flanqueando a la flamante pareja de recién casados. Hasta ahí, todo bien. El problema estaba en la parejita en cuestión, porque el marcial suboficial de artillería le estaba plantando un besazo en todos los morros a otro individuo de su mismo sexo. Sí señor. Encantador. Y sus compañeros de armas tan contentos.
El afán de notoriedad y la poca vergüenza que demuestran los tortolitos ya no sorprende a nadie, claro. Lo deprimente es el poco respeto que muestran aquellos soldados hacia su uniforme. Porque un uniforme es mucho más que una prenda de ropa. Representa el honor y la sangre de miles de Héroes que lo han vestido antes que ellos y que han sabido sacrificarse por su patria. Es el símbolo de toda una Historia, de una tradición secular. Pero para este grupo de militares, la tradición no pinta nada. Era más importante seguirles el juego a dos invertidos que respetar la ya completamente pisoteada imagen del ejército.

 La milicia ya no es lo que era. Los tiempos cambian, y ya se sabe: renovarse o morir. Aunque en este caso, puede que hubiera sido mejor haber elegido muerte. Porque hace tiempo que en España confundimos “renovación ” con “degeneración”, y obviamente, el ejército español, como toda la sociedad española, ha llegado a un nivel de “renovación” que da mucha grima.

También hay que tener en cuenta que no se pueden pedir peras al olmo. Que de una sociedad que promueve el egoísmo, la cobardía y la debilidad, no se puede esperar que surja un ejército que realmente honre los valores castrenses. Si, esos valores caducos y denostados que a nadie le importan ya, ni siquiera a los propios mandos militares: espíritu de sacrificio, disciplina, valor, defensa de la Patria…

Esos mandos que, en realidad son cargos políticos, que viven a cuerpo de rey y que rezuman un clasismo completamente improcedente, sobre todo teniendo en cuenta los “méritos” que les acreditan para disfrutar de semejante posición.
Siempre que escucho alguna anécdota sobre estos gerifaltes y sus caprichos, pienso en el General Muñoz Grandes, viviendo de la forma más austera posible y conduciendo su propio 600. Parece una broma que alguien con su hoja de servicios viviera así, y que hoy haya tantos militares de salón nadando en la abundancia.

Y bajo estos mandos acomodados, tenemos un ejército que cada día se parece más a una empresa, compuesto por soldados que están ahí por cualquier cosa menos por vocación y por oficiales imberbes que nada tienen que aportar al ejército, pero que cumplen con el requisito de poseer un título universitario. ¿Que por qué un título de… qué sé yo… filología árabe, capacita a una persona para ser alférez más que otra con experiencia militar pero que no ha pisado una Facultad en su vida? Sólo el Ministerio de Defensa lo sabe. Igual que también sabrá por qué nuestro ejército parece intentar disimular ante el mundo civil que es un ejército, y se empeña en parecer una ONG. Por qué se ha permitido que miles de extranjeros formen parte de nuestras filas. Por qué existen unas pruebas físicas para hombres y otras para mujeres, si supuestamente las funciones a desempeñar y el sueldo son iguales. Por qué mandamos a nuestros soldados a la Conchinchina, a luchar por intereses de multinacionales… Por qué están destrozando nuestro ejército.

 Lo peor de todo esto es que, dentro de este circo, aún quedan militares como Dios manda. Militares con vocación. Patriotas que tienen que lidiar con estas situaciones y con estos compañeros, en una sociedad completamente hostil a todo lo que ellos defienden.

 La Historia nos ha enseñado que cuando una cultura pierde su instinto guerrero, todo se va al carajo. Si al final del imperio romano, los padres amputaban el dedo pulgar de sus hijos para que no pudieran empuñar la espada y así librarse del servicio militar, hoy los padres educan a sus hijos en un pacifismo llorón que les incapacita para poder desarrollar un carácter combativo. El carácter que todos los pueblos necesitan para sobrevivir.
Todos sabemos lo que le pasó a Roma cuando se ablandó su sociedad. Es lo mismo que nos espera a nosotros como sigamos amputando los pulgares de nuestros hijos.

Ana Pavón

 

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