Todas las denominaciones nos sientan mal.

Como la ropa pasada de moda. Como las tallas únicas. Como el prét a porter.

No hay etiqueta que no tenga pegas.

¿Las nombro? A muchos, simplemente leerlas, u oirlas, les produce alergia. De los nuestros, también. Sí, alérgicos.

Para el común de los mortales, no son palabras, son sustos. Son golpes de calor, shocks anafilácticos, infartos de miocardio, ictus hemorrágicos.

Las nombro, ea. Sin orden ni concierto: falangistas, nacional-revolucionarios, fascistas, tercerviistas, socialpatriotas, nacionalsindicalistas, nacionalso… ¡So! Esta no me atrevo a mentarla ni a título de especulación ensayística… ni de broma.

Además, cá uno es cá uno. En lo de las denominaciones de origen, somos muy picajosos. Y juntos sí, pero no revueltos. No me mezcle con aquellos, señor mío. Afine usted, caballero, que yo vengo de la pata del cisne.

De ahí que, para hablar de “nosotros”, cuando nos sentamos en el diván del psicoanalista… hayamos inventado una serie de eufemismos. Sustitutivos que buscan eludir las incómodas etiquetas… las palabras tabú.

Y así, hablamos del “ambiente”, del “área”, del “palo”, de la “cuerda”… para referirnos, en definitiva, a aquellos que son de una condición… digámoslo con palabras de un camarada muy “salao”: fulano es más facha que don Pelayo.

Y digo yo: ¿no sería más fácil emplear una clave? Algo neutro. Propongo “F”. Hablemos de “F”. Es aséptico. No entraña carga ideológica. No comporta asunción de responsabilidades históricas. Es científico. Es moderno. Es publicitario. Es económico.

Así, todos “F”. Y un problema menos, el de las etiquetas.

ARTERO

 

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