“FINIS HISPANIAE”. PRÓXIMAMENTE EN SUS PANTALLAS Y ATAÚDES

 

Ya está próximo el estreno de lo que la crítica considera el drama más impactante de las últimas décadas. Su guión fue prolijamente trabajado durante años.
Aunque muchos siguen creyendo que se creó en congresos y senados, en realidad fue escrito en logias, sanedrines, sacristías y consejos de administración.

Su presupuesto, digno de una superproducción, ha sido destinado en su mayoría a la promoción publicitaria, lo que ha obligado a contratar a actores mediocres que, a pesar de su zafiedad, han desempeñado su papel de forma bastante convincente.

Aunque algunos ya atisbamos hace mucho tiempo lo previsible del desenlace, la hábil campaña de marketing de los productores -silenciando sistemáticamente a los que descubrimos el engaño- ha conseguido mantener la sorpresa para la mayoría del público.
La obra, a medio camino entre la farsa, el thriller y el disparate granguiñolesco, no es apta para estómagos sensibles y la mayoría de sus peripecias son obscenas y grotescas.
Como en una siniestra comedia de enredo, ninguno de los personajes es lo que parecía al principio y, a medida que se acerca el final, el espectador es sorprendido por inesperados giros de guión.

Así, por ejemplo, lo que muchos tomaron por un Jefe de Estado, se descubre al final que es un simple pelele relleno de paja; los obispos resultaron ser charlatanes disfrazados al servicio del mejor postor; los figurantes que como militares y policías parecía que iban a ser un factor decisivo, son maniatados por las órdenes de un bufón –la Trotona- que, a pesar de sus insulsos diálogos, al final resulta ser un personaje clave.

En el otro bando, el de los criminales propiamente dichos, se da una curiosa mezcla entre lo ridículo y lo espeluznante. Los efectos especiales son de serie B: el flequillo cortado a hachazos de una de las brujas, la versión obesa y ojifloja del ogro Shrek o la fregona que luce el villano principal a modo de peluca ponen de manifiesto que todo el presupuesto en maquillaje fue destinado al cameo que hace el maestro Yoda, uno de los iniciadores de la saga, antes de desaparecer con el botín.

Quizá lo más obsceno y macabro de la trama sea el lavado de cerebro sistemático a los niños en colegios y guarderías. Niños que serán utilizados como escudos humanos en algunas escenas.
Aunque el final de la obra aún no ha sido revelado, lo sospechamos trágico, triste y vergonzoso.

Hay quien habla de un final alternativo que podría arreglar a medio plazo el desaguisado.
Pero los guionistas independientes que estamos trabajando en ello aún no hemos solventado el problema del excesivo número de lanzallamas, kilómetros de soga y toneladas de ricino necesarias para evitar el desastre.

J.L. Antonaya

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