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FLIP CONOCE EL AMOR EN EL MACDONAL

Hola troncos, soy el Flip.
Ella se llamaba Violeta y se buscaba la vida haciendo malabares en la puerta del Macdonal.
Tiraba el diábolo como nadie y los críos salían a verla embobados, siempre había alguna madre que le sacaba un happy meal o unos aritos de cebolla con kechu que ella compartía con el Trosky, el chucho que llevaba a todas partes asido por un lazo de la bandera arco iris.
La conocí un día que fui con el Guevara a pillar unas hamburguesas con unos bonos de Macmenú que habíamos requisado de un buzón; en cuanto la ví, mi corazón comenzó a bombear sangre hasta ponerme to palote.
Fue un flechaso.

Todo en ella era fino, su cuerpo fino, sus finas manos, su fino cabello que, lacio, descansaba -mitad morao, mitad naranja- sobre sus finos hombros; finas piernas y finas tetas que brujuleaban directamente al norte cardinal, como una promesa de trasladarte a otro mundo.
Su amiga… su amiga ya era menos fina.
Berta -Bertuki, para la peña- es una gorda más vasta que el sobaco un camionero, pero con un corazón asín de grande y colabora con la asociación “Negros sin fronteras” que va consiguiendo papela y alojamiento para todos los morenos que brincan en Melilla y no les mola la manta.
Tan buen corazón tiene la Bertuki que es habitual que aloje en su keli a un moreno distinto cada dos o tres semanas… y además, se la ve oronda y radiante cuando cambia de africano. Le gusta mucho ayudar.

Violeta me contó su vida mientras nos apretábamos un litro, conocía mucho mundo a pesar de contar solo treinta palos.
Había estado varios años en una okupa skin de Hamburgo y otros tantos de hippie en una granja-comuna cerca de Londres, hablaba por tanto el turco, el pakistaní y el suajili perfectamente.
Además de la flauta, tocaba los bongos y la pandereta… me derretía con su mirada.
Entre risas con el segundo peta me dijo cucándome un ojo que también se le daba bien la zambomba, aunque no pillé qué me quiso decir.

Cerró el Macdonal y la Berta propuso ir a seguir la fiesta a su keli. El Guevara pasó de la movida, no le molaban ni el mostacho ni las ubres de vaca de Bertuki, pero sobre todo no le molaba el estudio que tenía cerca del Retiro. Decía que era una pija, aunque la chavala ya le había explicado que su viejo tenía muchas kelis porque era amigo de veraneo del Wyoming, en Zahara de los Atunes.

Cuando llegamos, ellas se pusieron cómodas. Violeta se quedó completamente en pelotas y la otra solo con un top de esos del runin que le marcaban los huevos fritos, y unas bragas sobaqueras que a duras penas soportaban la presión de sus carnes desbordantes.
Yo estaba un poco kortado hasta que Violeta me explicó que a ella le molaba lo natural y que por eso lucía pelambrera en sobacos y monte de venus (que no sé lo que es, pero que intuyo que será la parrusa porque se la señalaba -golosa- con el índice y el anular juntos).
Finalmente me quedé en gallumbos y calcetines -porque me resbalaba con el parquet- y embalao como estaba le dije a Violeta que nos diéramos un homenaje.
Ella sonrió enigmática y susurró “para eso hemos venido”.
Me tiré en el catre, mientras las dos -para mi sorpresa- comenzaron a manosearse y comerse el hocico.

Cuando por fin se dejaron caer, yo intentaba arrimar cebolleta a Violeta (mira, un pareado), pero ella tan fina, cubierta por el volumen mastodóntico y las tetazas de Berta, me estaban dejando empalmao y a dos velas… cuando justo en ese mismo instante, se abrió la puerta y entró el mandinga que tenía protegido la foca.
Casi dos metros de tio y otros tantos de badajo saludando al universo me miraban mientas decía en perfecto castellano: “te voy a poner mirando al Serengueti”.
Intenté escabullirme pero para cuando me quise dar cuenta ya estaba aullando a cuatro patas.

Llevo una semana sin poderme sentar, releyendo la carta que Violeta dejó sobre los donetes, antes de desaparecer con las sombras de la noche:
“Flip, tronco, me vuelvo a Londres, no me moló nada la actitud machista, racista y heteropatriarcal que mostraste en la cama. El pobre Memgba solo quería mostrarse amigable y estuvo muy desafortunado que le dijeras “negro de mierda sácamela de una vez”.

Hoy he pasado por la puerta del Macdonal y se me ha saltado una lágrima… de dolor, ¡joder cómo me tiran los puntos del ojete!.

LARREA    OCT/2018

 

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