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En el ranking de “Tipos odiados por la Guerra Civil” aparecen a partes proporcionales Franco y Carrillo, Yagüe e Ibarruri, José Antonio o Durruti, pero solo una minúscula parte de elegidos subrayará casi de manera unánime al Doctor Negrín, un verdadero hijo de puta que traicionó a todo el mundo.
Porque el socialista fue el artífice de todas las calamidades que sacudieron a los propios primero, y posteriormente a todos los españoles.

Se cumplen en estas fechas (septiembre) el aniversario del saqueo de las arcas españolas, suceso comúnmente conocido por “El oro de Moscú” y es que, a pesar de las bromas y balones despejados al respecto nunca un adjetivo ha definido tan certeramente la circunstancia.

Corría el año de 1936 y Josif Stalin, mandamás de la URSS, se encontraba en un serio aprieto: su pueblo se moría de hambre (algo en absoluto inusual en Rusia) y la oposición revolucionaria encabezada por el histórico líder León Trotsky suponía un peligro real para su liderazgo. El Padrecito (apelativo antaño dedicado por la plebe a los antiguos zares) ha desatado una feroz persecución contra aquéllos que tilda de “colaboracionistas fascistas” (aún faltaban dos años para el Pacto Molotov-Ribbentrop) y acomete la primera de sus grandes purgas: los Procesos de Moscú.
Oigan: se queda solo.
El georgiano, hay que decirlo, fue un lucky boy, un tipo afortunado en su vida a pesar de nacer miserable, y los dados siempre le sonrieron.

Comenzada la guerra civil en España, el Gobierno le suplica ayuda militar para “derrotar la reacción y aplastar el fascismo”.
Hermanos y lo que quieras pero la burra vale tanto, Pepito Stalin vio una ocasión de oro (valga la redundancia) para salir del aprieto.
España en aquellos días era la cuarta reserva de oro mundial (solo superada por Suiza, Inglaterra y EEUU) y la URSS ofrece a la República española una “ayuda justa”.
25.000 millones de euros (cifra calculada al cambio actual por el poco dudoso de facha Antonio Escohotado) fueron embarcados y enajenados, siempre según Orlov que recibió la orden de “no firmes nada”: si todas las cajas de monedas que recibimos en el puerto de Odessa se colocaran una al lado de la otra, cubrirían hasta el último ladrillo de la Plaza Roja.

Es decir y en resumen: España no sería tan solo asolada por una guerra civil, además se le sustrayó la posibilidad de avalar créditos tras las “ostialidades” con los que afrontar su reconstrucción, condenada al hambre por el socialista Negrín.
Y todo ello aconteció en fechas en que la guerra quedaba todavía muy lejos de decidirse por tal o cual bando, ergo: los rojos podrían todavía haber ganado.

El oro español salvó a la URSS, aunque el aval de la moneda republicana se desplomara en los mercados financieros.
El Padrecito se rió a gusto de los comunistas españoles: sobretasó el coste de los barcos hasta el 60%, cobró por los “niños refugiados”, mandó chatarra obsoleta (que tuvo que ser devuelta por el Gobierno) para “armar” al Ejército Popular, y en definitiva la ayuda se centró en un fortísimo aparato ideológico que abundó en la creación de chekas y librar una guerra civil dentro de la guerra civil por erradicar la competencia de anarquistas y trotskistas.
Como el mismo Stalin dijera ante la Komitern en el banquete de recepción del oro español: “los españoles volverán a ver su dinero el día que puedan verse las propias orejas”.

Allá por finales de los 50 el miserable de Negrín desde su exilio mexicano mandó a Franco unos recibos de mierda a cambio de cuatro chavos con la intención de no pasar ante la historia como un hijo de puta.
Hiciste tarde, hijo de puta ladrón.
Ladrón.

LARREA  SEPT/2021

 

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