“FRANCIA 1945, LA REPRESIÓN DE LOS BUENOS”, POR JEAN MARIE LE PEN

De Gaulle dejó hacer a los comunistas…

Primero por la fuerza de las circunstancias. Al principio de la liberación del territorio él era quien mandaba en Londres, en su radio, pero no sobre el terreno. Sólo tras desembarcar en la Provenza y la conquista de Alsacia le dio el ejército la fuerza necesaria para acercarse poco a poco al poder de los maquis. En el exterior no estaba nada claro cuál era su lugar en la jerarquía, tenía el aprecio del pollino de Churchill, pero los americanos no estaban locos y preferían a Darlan o si no, a Giraud. Necesitaba también el apoyo de Stalin, el auténtico patrón del Partido Comunista Francés. Por eso se había ido rápido a visitar Moscú y dio la bienvenida a ministros comunistas en el gobierno provisional de Argel.

Se juntó con los comunistas también por ambición. Compartía intereses con ellos y con los democristianos del MRP. La Resistencia, que sólo había sido un comienzo, se convirtió en el Sistema. Un sistema de reparto de poder que perdura aún hoy de cierta manera. En un libro titulado Los crímenes ocultos de la Resistencia, Jean-Marie Desgranges, sacerdote, resistente y diputado de Morbihan, le dio el nombre de Resistencialismo a este sistema. Ahí dijo del mismo:

La explotación de una epopeya sublime por la banda del tripartito dirigida por los comunistas

Para el Resistencialismo los actos de servicio a la patria no eran nada, eso no te hacía resistente, sino un credo político. A partir de ahí, la Resistencia con R mayúscula se autoerigió en tribunal permanente de la verdad patriótica. Jean-Paul Sartre ilustra esta impostura perfectamente. Jamás se resistió a nada, fue muy desagradable durante la ocupación, pero tras la guerra, y con el peligro ya pasado, se convirtió en uno de los faros intelectuales del Resistencialismo.

El tribunal resistencialista se apoyó en esos dogmas, en esos mitos. Igua que Pétain tenía que convertirse en un traidor para que De Gaulle fuera un salvador, hacía falta que en Francia se multiplicasen los colaboracionistas para que los arcángeles resistencialistas fueran capaces de tomar el poder.

Esto entrañó necesariamente el pillaje y los muertos por la depuración. La Liberación debería haber supuesto la unión de la patria desunida, la reconciliación de Marta y de María… Fue lo contrario, un período de terrorismo político. Todo era bueno para arrebatar lugares, periódicos, hogares… Dentro de la función pública, en el mundo del espectáculo, en el periodismo, en todas partes mediocres cometiendo desmanes, repintados súbitamente como patriotas que exigían su parte del pastel.

Para ocultar sus apetitos, por odio ideológico y social también, se disfrazaron como justicieros ocupados en castigar a odiosos culpables. Contra la colaboración todo estaba permitido, todo se bendecía. Apelando a la crueldad de la represión alemana, que exageraban por completo, reprimieron con mucha más fuerza y más ceguera. Jugando con el miedo a un peligro apenas desaparecido, invocando la urgencia de la seguridad pública, los más cínicos declaraban que era el precio a pagar y el medio que tenía que usar la revolución.

Es justo decir que los combatientes, los de verdad, despreciaron estas acciones y volvieron a las sombras donde habían luchado.

Los otros, blandieron los cadáveres de las víctimas de la guerra y hablaron alto y clamaron venganza. Los partidos políticos de la Tercera República quisieron participar en el reparto de los despojos. Habían declarado una guerra sin pensárselo, condenando a Francia al desastre, pero se veían a sí mismos como inocentes de ello, y además cargados de honores. El Partido Comunista que había sido todo lo malo antes del 39, ahora era rabiosamente tricolor. Los comunistas gritaban que había una escandalosa indulgencia con los colabos.

Comprender lo que de verdad había pasado y los motivos de que sucediera, admitir que la traición no había sido sino la excepción, habría significado renunciar al poder que estaba a su alcance, traicionar su propia ambición. Aceptar la coartada de la disciplina y la jerarquía implicaba cerrar la puerta al honor. Habría sido dejar sitio a los demás, dejar que Francia fuese gobernada por colaboracionistas y traidores. Para estar seguros, se asesinó, se dejó asesinar por toda Francia. Venganzas en el nombre de la Patria, o de la Humanidad, y fueron los criminales los que hicieron las leyes.

El mariscal Pétain que había encontrado refugio en Suiza tras habérselo llevado la Wehrmacht a Alemania por la fuerza, se presentó en la frontera francesa. Laval, refugiado en España, entró también voluntariamente en Francia. Se unieron en prisión a decenas de miles de franceses. La prensa, confiscados todos los periódicos por los partidos vencedores, apestaba a muerte.

El proceso del Mariscal se llevó a cabo en un Tribunal Superior de Justifica. El viejo soldado se limitó a leer una declaración llena de dignidad. Condenado a muerte por connivencia con el enemigo y por alta traición, fue internado en el fuerte de Portalet con unas condiciones de extrema severidad. Acabaría muriendo en prisión a los 95 años. Condenado a muerte Maurras, el exaltado nacionalista, condenado también Laval el antiguo socialista y pacifista tras una farsa de juicio, una auténtica parodia de justicia, murió en una camilla. Fusilado Paul Chack, un escritor anglófobo, con 85 años, fusilado Brasillach el poeta que tenía 35

Al mismo tiempo que se asesinaba a los hombres, se condenaba a las ideas, buenas o malas. Todo lo que había hecho Vichy era destruido. Francia era una enorme hoguera donde se quemaba a los colaboracionistas.

¿Pero qué era eso, el colaboracionismo? Si colaborar con el ocupante era vivir en el mismo sitio, venderle patatas o solicitarle un carnet de identidad para poder ir a ver a la abuela, entonces toda Francia colaboró. Si era montar un mercado negro, hubo decenas de miles de contrabandistas, cuatreros y traficantes de todo tipo que se salieron con la suya y la mayoría se reconvirtieron oportunamente en resistentes como el querido señor Joanovici.

De hecho, la vengativa política de depuración, tachó -y les persiguió- de traidores y colaboracionistas a todo tipo de gente que no tenía nada en común entre sí más que el odio de los depuradores. Los verdaderos traidores que vendieron a sus conciudadanos por dinero fueron muy pocos. Pienso en gente como el famoso inspector Bonny, bien conocido en la policía republicana antes de la guerra… ¿Pero los otros?

Hay un proverbio, masón creo, que dice que es más fácil cumplir con el deber que conocer cuál es ese deber. Se podría aplicar a aquellos años de aguas turbulentas. Decidíamos hacer las cosas según iban viniendo, por amistad o porque pasara cualquier cosa. No me habría, no lo hice, unido a la Nueva Europa de Hitler como hicieron dos o tres partidos activos en París, salidos sobre todo de la Izquierda. El Partido Popular Francés de Doriot, antiguo secretario del Partido Comunista o la Asamblea Nacional Popular de Déat, secretario de la SFIO, la Sección Francesa de la Internacional Obrera… ¿Pero acaso debería decir que fueron unos traidores los que se unieron a la cruzada contra el bolchevismo en el Frente Ruso?

Yo no lo creo.

Mémoires – Fils de la nation.
Jean-Marie Le Pen.

Be Sociable, Share!

    Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

    ACEPTAR
    Aviso de cookies
    Web translate