FRANCISCO RIERA, EL CARRETERO

Francisco Riera, vecino del Vendrell (Tarragona), llegó a Zaragoza procedente de Madrid, a principios de junio de 1808. Llegaba con un carro cargado de algodón, que estaba tirado por 5 mulas y podía llevar además de su conductor a 14 personas. Era, para la época, un verdadero vehículo pesado.
Nada más llegar a la Zaragoza en guerra, le embargaron el algodón que fue destinado a la fabricación de parapetos y al carro y a él mismo los agregaron a la Artillería, encomendándole el transporte de víveres y municiones.En junio salió de Pamplona hacia Zaragoza una división del ejército francés al mando del general Lefévre, con 5.000 soldados de infantería, 3 escuadrones de caballería de los experimentados polacos del Regimiento de lanceros del Vístula, y 6 piezas de artillería. Salieron a su encuentro los zaragozanos, entre los que se encontraba Francisco Riera con su carro cargado de víveres, pero serían derrotados en Tudela, Mallén y Alagón.
En Alagón, en el desorden de la retirada, el carretero pudo guiar su carro y salvar a 14 paisanos que eran “cuantos podía contener mi carruaje”, consiguiendo llegar a Zaragoza justo antes de que los franceses le pusieran sitio, dejando su carga de hombres en la ciudad.

Dentro de la Zaragoza sitiada, Francisco continuó la labor que le había sido encomendada, abasteciendo de víveres y municiones las distintas baterías de la ciudad, y así llegó su mayor día de gloria… el 2 de julio de 1808, en la famosa acción del Portillo, en la que pasó a la historia Agustina de Aragón.

Hay documentos en el Archivo de Palafox, sacados a la luz por D. Tomás Gómez de Valenzuela, en los que el mismo Riera cuenta su participación y su versión de aquellos hechos:
“Tan luego como llegó a mi aviso el fuego que sostenían los valientes en la dicha batería, me determiné impávido con el carro de mi mando, provisto de municiones que cargué en San Juan de los Panetes, bajando por el arco de la cárcel entré en tropel, hombres, mujeres, ancianos y niños, y me dijeron:
– Catalán, dónde va V. M.
– Al Portillo.
– No vaya V. M. que han volado la batería y la gente que la defendía no resiste.
Aún más me decían y repetían que la caballería e infantería enemiga van degollando toda la gente, por lo cual se retiraban a la orilla del Ebro a salvar sus vidas, cerca del Puente de Piedra. Y yo solo, sin arredrarme tal imponente insinuación, me atrevía a costa de mi vida exponerla, a seguir hacia aquel punto sin más escucharles, por ver si podía salvar aún los que quedaban, como lo verifiqué sin haber encontrado un alma desde la plaza del Mercado hasta el Portillo, tomando la dirección que me pareció conveniente para salvar las municiones y burlar la vigilancia enemiga: así sucedió llegando tan a tiempo el fuego de una granada, que no encontré mas defensores que un Teniente Coronel, dos paisanos y una mujer; puse las municiones a disposición del primero, pues no tenían ningún cartucho, con valor, serenidad y prontitud todos cinco, yo a cargar, los paisanos a atacar, y la heroica mujer (de un sargento que murió al volar la batería, cuyo nombre no conservo en la memoria) dio fuego al cañón de a 24 (que estaba a mano izquierda, saliendo por la Puerta del Portillo, que había llegado de Jaca) cargado con balas de fusil, contuvo al enemigo que a mi llegada se encontraban ya en el foso y escalando. Se redobló el valor, se aumentó el ánimo, mientras van llegando los paisanos armados y sin armar que estaban diseminados; los disparos consecutivos que tuvieron que dejar el campo por aquel punto en precipitada retirada, dejando el campo cubierto de cadáveres enemigos, los cuales se quemaron.”

Francisco dice que fue invitado, tras rechazar el ataque francés, a comparecer ante Palafox para recibir la recompensa a la que se había hecho acreedor al llegar justo a tiempo con sus municiones, pero él se negó, pues “no había hecho más que mi deber a la patria”.

Durante el Primer Sitio, continuó con su cometido de ir y venir con su carro con víveres y municiones a las puertas y baterías. Tras el levantamiento del asedio, salió detrás de los invasores junto con 2 paisanos en dirección al puente de la Muela para recuperar todo cuanto fuera útil de lo que los franceses abandonaban en su precipitada huída y encontró un carro enemigo roto y abandonado, cargado de “cajones de balas de fusil con tres serones de cuerdas de tirantes”; dicho botín fue presentado a Palafox al día siguiente.
Volvió a salir de nuevo por comestibles que los franceses habían abandonado en un corral cercano al lugar donde encontró el carro.

En el Segundo Sitio de Zaragoza, también sirvió incansable, con su carro, a las baterías.

Después, Francisco Riera volvió a su tierra y participó en el Sitio de Tarragona. Al parecer llevaba consigo un documento que acreditaba su participación en los Sitios de Zaragoza, pero lo entregó a la Junta de Tarragona y ésta lo extravió en el caos burocrático. El carretero solicitó otro igual “para legar a mis hijos e inflamar en sus tiernos pechos la llama del amor patrio e imiten con estímulo el valor y mérito que contrajo su anciano como desgraciado padre”.

Hay otro documento, de 14 de mayo de 1842, emitido por la Alcaldía Constitucional de Zaragoza en el que 4 testigos bajo juramento y ante notario dicen ser ciertos los hechos que cuenta Francisco Riera. Los cuatro testigos son: Telesforo Peromarta, labrador zaragozano de 74 años; Magin Guimerá, músico, natural del Vendrell, de 54 años; José Canfrán, cordonero, zaragozano, de 60 años; Pedro Ferrer, comerciante barcelonés de 55 años.
Los cuatro están en ese momento afincados en Zaragoza y recuerdan los hechos tal y como los cuenta el protagonista.

Palafox el 4 de junio de 1842, certifica que “fui testigo de los generosos y valientes servicios que rindió a la causa Santa de la libertad e independencia nacional, Francisco Riera, vecino del Vendrell, del Principado de Cataluña… con particularidad en el incendio y destrucción de la brillante batería del Portillo, en que fue uno de los muchos que señalaron aquel día de gloria para los Españoles en la obstinada defensa de tan importante punto”.

Hay una carta de 1 de febrero de 1845, dirigida por Francisco Riera a Palafox, Duque de Zaragoza, en el que le pide que investigue “si existe en el Ministerio la exposición o solicitud que hice y se remitió al gobierno en 26 de noviembre de 1842… o si se ha de hacer otra para la presente legislatura”.

Parece ser que Riera murió sin conseguir lo que quería, que se supone eran las medallas de los Sitios, aquello que tanto ansiaba, lo que acreditaba su participación en la defensa de los dos Sitios de Zaragoza… eso que quería legar a sus hijos para inflamar en ellos el amor a la Patria.

ROSA M. CASTRO

 

RO-15

Be Sociable, Share!

    Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

    ACEPTAR
    Aviso de cookies
    Web translate