EL FRENTE DE LA JUVENTUD VISTO POR UN NIÑO DE PROVINCIAS

 

El día que mataron a Juan Ignacio yo tenía doce años recién cumplidos y vivía en una ciudad de provincias. El hogar de la OJE había cerrado pero el paso por sus filas -un simple flecha- ya había despertado en mí el “gen del compromiso”. Por aquellos tiempos se recibían en mi casa las convocatorias de actividades de Falanges Juveniles de España, la rama infantil-juvenil de FE-JONS. Nunca conseguí el permiso paterno para asistir a sus campamentos, por más que insistí.

Eran años peligrosos. La militancia en las ramas juveniles de los partidos no tenía nada que ver con la pacífica tarea educativa que desarrolló la Delegación Nacional de la Juventud durante el franquismo. La visión integradora, institucional, lúdica y educativa de la OJE y el José Antonio católico, humanista y con talante liberal de los 25 años de Paz se habían esfumado rápidamente. Se comprenden las reticencias de tantos progenitores y familias “de orden” a que sus hijos se involucraran en unas nuevas organizaciones cuya idiosincrasia y actividades parecían rescatadas de los años sangrientos de la II República.

Las secciones juveniles de los partidos se habían convertido en milicias de choque urbanas. La primera impresión de la nueva coyuntura me la dio un primo hermano mío, nieto de caído, al cual su padre, dirigente local de FN, le había asegurado que “si comienza una guerra civil, Fuerza Nueva saldrá a combatir junto con el ejército”. De repente los niños comenzábamos a oir a los mayores hablar de guerra civil con un carácter de actualidad e inminencia que en el tardofranquismo jamás escuchamos.

Con intensidad descendiente según se alejaba uno de las grandes capitales, las trifulcas y peleas en las facultades, institutos, bares y calles eran cosa cotidiana. El activismo político se había adueñado de la juventud y el predominio marxista de los primeros años 70 había dado paso a una situación distinta, en la cual los jóvenes de lo que los medios dieron en llamar “ultraderecha” se habían adueñado de áreas importantes en muchas ciudades. Una prima mía, militante comunista, al incorporarse como profesora al Instituto Ramiro de Maeztu en Madrid, se sorprendió de que aquello era un bastión de Fuerza Joven. Valladolid era “Fachadolid”. Con los años descubriríamos que en toda aquella efervescencia había mucho de moda y que gran parte del fenómeno era de simple “tribu urbana”. Pero en aquellos momentos, yo y como yo miles de jóvenes en toda España, soñábamos con integrarnos en aquellas centurias que, en nuestro imaginario, nos prometían aventura, servicio, camaradería, formación, incluso hasta una novia. No pocos compañeros de mi instituto se afiliaron a Fuerza Joven por la gran cantidad de chicas que asistían a las reuniones de los sábados.

La violencia política, desconocida en mi primera infancia que coincidió con los últimos años de Franco, se había hecho presente con una rapidez e intensidad asombrosas. Diariamente ETA y GRAPO asesinaban. Las muertes de militares y policías las sentía como crímenes horrendos. Naturalmente de todo aquello se nos señalaba a los culpables. En primer lugar, los “comunistas” y entrecomillo el término porque en aquella edad de pantalones cortos, yo entendía por “comunista” un individuo antisocial y peligroso, sencillamente un delincuente. ¡Cuántas veces en aquella época se recibió en mi casa algún paquete, y Anita pegaba la oreja a la caja y creía oir el tic-tac de una bomba de relojería! ¡Cuántas veces no llamó mi tío Enrique por teléfono avisando de que en nuestro portal había visto un tipo con barba con pinta de “comunista”! Desde el asesinato de Carrero Blanco, en mi casa se había instalado el miedo. Los ancianos de la familia comenzaron a contar historias de la guerra civil, como reviviéndola. La Pasionaria y Carrillo eran dos seres demoníacos capaces de las más terribles maldades.

En la simplicidad de mi visión de niño, el mundo era en blanco y negro, poblado de buenos y malos sin gradación intermedia. Los malos eran los causantes de todas las desgracias y merecían su justo castigo. Los buenos éramos nosotros, claro. De vez en cuando los periódicos informaban de una acción del Batallón Vasco-Español. En mi concepto la acción había sido justa; las fuerzas del bien operaban a pesar de todo. Recuerdo perfectamente con qué entusiasmo comentábamos, en mi pandilla de amigos, aquellas infiltraciones en Francia de esos grupos misteriosos que combatían al enemigo en su propia guarida. No muchos años después sabríamos la verdad sobre aquellas operaciones.

En cierta ocasión pregunté a mi padre por qué no se fusilaba a todos los separatistas y con gran seriedad me contestó: “¿tú serías capaz de matar a alguien a sangre fría?”. Contesté que sí, si era un acto de justicia y para eliminar a un terrorista. La lógica del momento no admitía otra respuesta. Recuerdo que mi padre entró en dialéctica conmigo por aquel asunto y le dedicó algún tiempo a mostrarme otras perspectivas de la cuestión.

No eran ajenas a esa cosmovisión que podríamos llamar de “combate de los últimos días” las lecturas a las que tenía más afición, que eran, diariamente El Alcázar, una publicación que entonces percibía como de línea editorial apocalíptica, y las Obras Completas de José Antonio, como libro único de cabecera. El escritor Miguel Espinosa solía decir que resultaba sencillo entenderse con los falangistas porque tenían “un Libro”, al modo de las “religiones del Libro”. Conociendo el Libro, se conocían los resortes mentales de un falangista y se podían predecir sus reacciones.

Así veía y juzgaba los acontecimientos un niño de doce años de una pequeña ciudad provinciana en el año 1980. Con esquemas maniqueos, desde una perspectiva apocalíptica, y recibiendo constantes llamamientos al combate. Podemos extrapolar este complejo ideológico-psicológico a los estudiantes de bachillerato y universitarios de las grandes ciudades y especialmente de Madrid y Barcelona y elevarlo a la enésima potencia en intensidad emotiva, para comprender algunos sucesos de la Transición que hoy nos parecen no ya inadmisibles moralmente, sino incluso incomprensibles desde el punto de vista racional. Las capitales eran el “frente”, la primera línea de fuego donde confluían todas las tensiones del momento político. Era en las capitales donde los partidos acumulaban y desplegaban sus mayores fuerzas.

La pertenencia a las secciones juveniles, en las grandes ciudades conllevaba un auténtico encuadramiento en unidades de autodefensa y asalto. Las consignas y mensajes que se recibían de los “adultos” de las respectivas organizaciones eran, por una parte, de llamamiento a la lucha, pero sin definir exactamente qué tipo de lucha o con qué objetivos, lo que daba lugar a que toda aquella pasión juvenil se desplegara de forma espontánea, sin encauzamiento estratégico, contra todo lo que pareciera el enemigo. Por otra parte, los “mayores”, ideólogos y dirigentes, proporcionaban a los cachorros del movimiento todo un argumentario de justificaciones morales, un revestimiento ético en forma de obligación histórica. La propaganda de la extrema derecha hacia el mundo juvenil, transmitía el deber casi religioso –especialmente claro en los discursos “teológicos” de Blas Piñar- de guerrear heróicamente. Mi recuerdo de los estímulos que recibíamos en forma de carteles, revistas, pegatinas y pintadas –más que charlas formativas-, es algo parecido a la predicación de una cruzada.

Había mucho de incitación a la violencia y en determinados sectores sociales, los golpes al enemigo se aplaudían o como mínimo se disculpaban. No sé si este artículo será leído alguna vez por alguien que no vivió esa época, por ejemplo, mis hijas, pero para que tal lector pueda entenderlo de forma clara: en aquel tiempo, en aquel ambiente, y entre aquellos jóvenes, el que no tenía una pistola, presumía de amigos que la tenían o aspiraba a hacerse con ella y, por terminar con una pincelada expresiva: Diego Márquez Horrillo, de quien no puede decirse que perteneciera a la línea “dura” del área, sino todo lo contrario, tenía como jefe de seguridad a un camarada armado de una metralleta –me lo contó él mismo-.

Aquel hervidero juvenil, un magma de activismo y espíritu combativo, sería objeto muchas veces de manipulación por parte de los actores políticos reales; desde luego el Estado a través de sus servicios policiales y de información. No entro en esto porque yo no era más que un niño de pueblo. Lo que sé, lo conozco por las lecturas posteriores. Jugamos un papel en la Transición, pero posiblemente no fue el que elegimos, sino el que nos adjudicaron desde los despachos del enemigo.

Tengo el recuerdo difuso de que el telediario pasó de puntillas por la noticia del asesinato de Juan Ignacio. La información más detallada venía en El Alcázar. Se me quedaron grabadas a fuego para siempre las fotografías de la guardia que velaba su cadáver. Una escuadra, gente muy joven, algunas chicas. Marciales, firmes, impasibles, enteros. La entereza es una de las virtudes del mundo antiguo que ha desaparecido. Aquellos jóvenes mostraban una impresionante entereza. Se veía claramente que el féretro estaba instalado en una habitación muy pequeña, un local modesto o el comedor de una casa humilde. La escena irradiaba la compostura del pueblo llano cuando es convocado a la tragedia. Era la primera vez, y creo que sería la última, que vi el emblema del Frente de la Juventud, en los brazaletes sobre las camisas azules.

En aquel momento yo quise ser uno de ellos. No sabía ni quiénes eran, ni en qué creían, ni por qué habían matado a su Jefe. Los imaginaba falangistas, por las camisas azules.
No había oído hablar de ellos antes, ni volvería a oir hablar de ellos después. Pero me bastaron las imágenes de aquel velatorio para desear ser como ellos, uno de ellos.

Al cabo de dos años, de aquel fenómeno no quedaba prácticamente nada. El 23F terminó de disociar completamente a las “fuerzas nacionales” de su base social y criminalizó definitivamente a la militancia ante la opinión pública. Para cuando yo llegué al instituto, las organizaciones juveniles del área estaban en retroceso y descomposición. El “franquismo sociológico” nos había dado la espalda. En el 81 pasé fugazmente por Fuerza Joven donde aún militaba un grupo de estudiantes de BUP que, en palabras de un profesor socialista, “hacían más ruido que otra cosa”. En noviembre de ese mismo año participé por primera vez en un acto de Falange, en Alicante. Y en el 83-84, en todo el municipio no quedábamos más que tres militantes menores de 18 años, dos de ellos preparándose para el ingreso en la Guardia Civil, y rondando lo que ya había eclosionado como la multiplicidad “grupuscular” (MFE, FEi). Mi trayectoria posterior, siempre ligada a grupos falangistas, no guarda relación con este relato.

Del Frente de la Juventud supe, muchos años después, cuando ya existía internet y algunos de sus antiguos miembros comenzaron a publicar su peripecia, que fue desarticulado en unos cuantos meses, tras la eliminación física de su líder. Que sus militantes fueron detenidos, juzgados, condenados y encarcelados por diversos delitos. Que otros se exiliaron huyendo de la policía. Y que un Ministro del Interior llegó a definirlos como la “mayor amenaza para la democracia, junto con ETA”.

La casualidad y la curiosidad me llevaron, hace unos años, a acercarme a los antiguos frentistas. Para mí era importante “comprender”. Yo ya no era ningún joven, peinaba canas y era padre de familia con hijos mayores. Pero seguía admirando a los jóvenes de camisa azul de la foto de El Alcázar. Seguía sintiendo un enorme respeto por ellos. Comprendía sus “razones”, las que les habían acarreado persecución, cárcel y exilio, porque aquellas “razones” yo las había vivido y sentido, siendo un niño. Y si me escapé de seguir un destino similar, tal vez no fue más que por el hecho de ser cinco o seis años más joven que ellos; ésta es una convicción interior que yo tengo. ¿Cuántos jóvenes españoles perdieron carrera o empleo en aquella maldita Transición, por dedicarse en cuerpo y alma a la causa? ¿Cuántos murieron, cuántos quedaron lisiados y enfermos para siempre, por la causa? ¿Cuántos sacrificaron sus mejores años de juventud en la cárcel, por la causa? ¿Cuántos cometieron crímenes que tal vez en su conciencia les repugnaban, cumpliendo disciplinadamente órdenes, por la causa? ¿Cuántos de ellos fueron utilizados, engañados, manipulados abusando de su buena fe y de su compromiso con la causa?

No pude formar parte del Frente de la Juventud. Se lo cargaron antes. Quizás no hubiese estado a la altura de los muchachos de la llama, esto también es cierto. Tiempos peligrosos demandan hombres valientes y hasta donde he sabido, en el Frente te la jugabas diariamente. Sin embargo, he podido, por fin, “comprender” quiénes fueron, qué papel jugaron y por qué desaparecieron. Desde la atalaya de la edad, instalado en la prudencia de quien tiene familia que sacar adelante, con la experiencia de haber visto en varios terrenos y en muchas ocasiones cuáles son los frutos de la violencia, o sea, a toro pasado, es fácil señalar los errores que los frentistas cometieron en la Transición. Ellos mismos los han contado. A uno de sus principales jefes le he escuchado advertir, desde un estrado, a los jóvenes militantes de hoy, previniéndoles de cometer aquellos mismos errores.

Lo que no haré es un juicio moral de aquellos jóvenes. No me es lícito. “Había que estar allí”, me dijo cierta vez un veterano falangista que nunca perteneció al Frente, pero que fue amigo de Juan Ignacio. De algunos de ellos, a los que he conocido ahora, tantos años después, sí puedo decir que son un ejemplo de lealtad y, algo muy importante: gente de bien.

F.A.

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