GALERÍA DE REPUBLICANOS ILUSTRES: FELIPE SANDOVAL

Aparcamos, aunque temporalmente, a los “gentilhombres” de la gloriosa República para dedicar algunos capítulos -merecidos- a la chusma.
La chusmita, la mano de obra imprescindible en cualquier organización delictiva que se precie, los hampones ejecutores, ladrones y asesinos despiadados, aquéllos de los que sus jefes de entonces, así como los actuales zurdos herederos del “legado”, niegan conocer.
Hablamos, ¡cómo no!, de los Chequistas.
Antes de entrar en materia con nuestro criminal de hoy (porque al final esta serie va de biografías) unas líneas, apenas un párrafo, para deshacer el falaz argumento pergeñado cuando los próceres fugitivos comenzaron a dictar sus memorias desde el exilio con el patético intento de disolver su responsabilidad ante la historia.
Todos ellos, los Azaña, Prieto, Negrín, Largo, Vidarte… todos sin excepción afirmaron no haber tenido conocimiento de las matanzas en retaguradia, y que en cuanto supieron de ellas tomaron las medidas oportunas para evitarlas.
Arriba o abajo: 250 checas en Madrid, 60 en Barcelona, 30 en Valencia… ¿y nadie lo sabía?.
Resulta chocante porque muchas de estas “Comisarías Populares” administraban la “justicia” mediante tribunales de 24 horas compuestos por miembros de todos los partidos y sindicatos adscritos al Frente Popular… ¡aquéllos que formaban el Gobierno!.
Eran las “Oficiales” y por cierto, fueron las más crueles.
Luego estaban las que también querían su parte, que no fueron pocas.
El día postrero al 18 de julio la confusión era absoluta en Madrid. Los partidos y sindicatos de izquierdas piden “armas para el pueblo” y José Giral se estrena como Presidente (con la anuencia de Azaña) abriendo los arsenales.
Desde ese mismo instante, si a la República le quedaba un ápice de legitimidad, éste desapareció.
Con la masacre del Cuartel de la Montaña donde los rendidos fueron muertos como perros por la horda incluso con ensañamiento sobre los cadáveres, quedaba legitimada de facto la “justicia del pueblo”.
La policía es depurada y relegada.
Pocos días despues, el Gobierno por medio de su Director General de Seguridad Manuel Muñoz (mano derecha de Galarza, a la sazón Ministro de Gobernación) convoca una reunión a la que asisten todas las organizaciones de izquierda y en la que se informa de la creación del Comité Provincial de Salud Pública con plenos poderes para arrestar, instruir causa y ejecutar.
Quedó instalado en el Círculo de Bellas Artes de la calle Alcalá, y pronto sería tristemente conocido como Checa de Fomento.
Aquel mismo día la República legalizó el crimen: quedaba abierta la veda.
Solo cuando meses después el Gobierno ve desmoronarse su credibilidad en los foros internacionales decide tomar medidas, aunque solo fuere por una cuestión práctica.
La principal medida se llamó: discreción.
Se cerraron algunas checas, reubicando a los pistoleros. Los paseados, en lugar de ser abandonados en la Pradera de San Isidro o en las tapias de cementerios, pasaron a trasladarse en camiones de ganado a la Mina de Camuñas o a fosas comunes, como la de Boadilla del Monte.
El caso más definitorio del genocidio acometido es el ya citado de Paracuellos del Jarama, que como demostramos en capítulos anteriores, en ningún momento fue ajeno el Gobierno.
Al contrario, fue el Ministro Galarza el que facilitara las listas de “presos con traslado” a Santiago Carrillo Solares el mismo día de largarse a Valencia con su séquito de pistoleros de la Checa de Marques de Riscal (adscrita al PSOE) que, por cierto, nada más instalarse en la capital del Turia abriría la terrible Checa de Santa Úrsula.
Pruebas, actas y testimonios existen (aún) y son abrumadoras.
Las checas supervivientes tras la “depuración” de noviembre del 36 (recordemos: Madrid ya llevada 5 meses angustiosos de asesinatos) fueron investidas oficialmente de “labor de contraespionaje” y en la práctica se condujeron exactamente igual: saqueos y asesinatos.
Es el mismísimo coronel Rojo (Jefe de Estado Mayor para la Defensa) tras una reunión en los sótanos del Ministerio de Hacienda (acompañado de los comandantes Barceló, Rolao y Pavón, el coronel Piñeiros y el capitán Lafuente) con los gerifaltes de las Checas el que crea los “Servicios Especiales” del Ministerio de la Guerra (cuyo ministro por cierto era Francisco Largo Caballero, y que cuesta creer no fuera informado por Rojo) a cuyo frente pone a los dirigentes cenetistas Manuel Salgado, Benigno Mancebo y Bernardino Alonso, con su elenco de pistoleros: Pedrero (socialista que había sustituido a García Atadell), Omaña (poco después Jefe de Policía en Valencia), Celestino García, Pablo Sarroca (hombre de confianza de Largo Caballero y líder de la Checa de Ventas), Colina Quirós, Antonio Prieto, Felipe Sandoval…
¡Coño!, Felipe Sandoval… nuestro “republicano ilustre” de hoy.
Felipe Emilio Sandoval Cabrerizo, alias Doctor Muñiz, fue un caco y nada más.
Un puto caco.
Intentar asemejarlo con gentes como Ascaso, Melchor, Cipriano o García Oliver es un insulto para el anarquismo, para la hombría de Melchor Rodríguez, e incluso para la inteligencia.
Pero comoquiera que las circustancias hicieran de su talento para el delito un elemento destacado en la red criminal instituida en la retaguardia madrileña, lo incluimos merecidamente en nuestro panteón de ilustres.
Es justo reconocer que la vida no fue generosa con el pequeño Felipe: hijo de lavandera y madre soltera, su infancia se desarrolló en el barrio chabolario de Las Injurias, justo allí donde el Manzanares vertía tifus y miseria.
En aquella escuela aprendió las mañas para sobrevivir e hizo de la delincuencia, profesión.
Corajudo como era, organizó su propia banda de atracadores de bancos. Pronto la cárcel se convirtió en su verdadero hogar y tras una fuga frustrada en Barcelona recibe una paliza “oficial” que le desfigura el rostro. Esta característica física ayudará años después a su identificación.
Delincuente habitual, siempre fugitivo de la justicia, decide huir a Francia donde se convierte en un rufián que vive holgazaneando a costa de las mujeres.
Allí es donde toma contacto con los líderes anarquistas españoles exiliados desde los Años del Pistolerismo y toma cierta conciencia de clase, asunto con el que desde entonces se justificará a sí mismo.
Cumpliendo su tercer año de condena en la Modelo por robo, cuando se inicia la guerra civil es liberado y se incorpora a la Checa del Cinema Europa a las ódenes de Benigno Mancebo.
En compañía de Santiago Aliques (22/8) organiza el incendio de la cárcel que desencadenará el asesinato de los presos llamados derechistas, entre otros los falangistas Ruiz de Alda, Fernando Primo de Rivera, Ribagorda, Matorras y Moldes.
Posteriormente se incorporaría a la ya citada nómina de pistoleros “desconocidos” del Gobierno.
Hacían falta talentos…
Es imposible saber cuántos hombres fueron muertos por su mano, posiblemente ni él mismo llevara la cuenta, citaremos aquí tan solo un par de ejemplos que acreditan la catadura moral del “libertario”.
Es el mes de noviembre de 1936 y el Gobierno ya se ha mudado a Valencia. Elegido para la gloria, el máximo responsable de Orden Público es el comunista Carrillo, y es con él con quien el cónsul noruego Felix Schlayer solicita entrevista.
Schlayer lleva días buscando desesperadamente a su amigo personal y abogado de la Legación Ricardo de la Cierva, desaparecido sin rastro de la Modelo. El cónsul informa al mandamás comunista de unos supuestos traslados masivos de presos en autobuses de madrugada y maniatados por parejas…
El tipo, desde luego, maneja buena información.
Santiago Carrillo pone cara de tonto (sin mucha dificultad), y simplemente “se da por enterado”, pero no echa en saco roto el relato: resulta evidente que su plan de exterminio tiene goteras.
A los pocos días un coche con bandera diplomática noruega es detenido en la calle María de Molina, los ocupantes son obligados a bajar a punta de pistola. Identificado Rebollo, el médico de la Modelo, a plena luz del día es asesinado por Felipe Sandoval.
Carrillo no quiere cabos sueltos y el Doctor Muñiz es un eficaz fontanero.
Pero de entre los muchos crímenes execrables de Sandoval, tal vez el que más naúsea produce es el asesinato de una mujer con su niñita.
Sucedió que algunos militares supuestamente escapados de la masacre de La Montaña andaban ocultos en Madrid “paqueando” a los chequistas desde los tejados, al abrigo de la noche.
El Doctor Muñiz secuestró a la esposa e hija de un teniente del que se sospechaba pudiera encontrarse entre los francotiradores.
Tras un largo interrogatorio, la señora no dijo ni “mu”. Los dos cadáveres -madre e hija- fueron abandonados en la Carretera de Francia.
Y así se las gastaban, oigan, los del “Contraespionaje”.
Abril de 1939, Felipe Sandoval es detenido cuando la estela del Stanbrook desaparecía en lontananza por el Puerto de Alicante y en los muelles abarrotados de criminales se hacían hogueras con documentaciones y efectos personales.
Identificado, fue incluido entre “los 101”: los criminales más buscados por la policía franquista, y trasladado en junio a Madrid.
Es de imaginar que, llegado donde las preguntas han de responderse rápidas o apretar los puños, cosquillitas no le harían.
Pero lo cierto es que el Doctor Muñiz delató a cualquiera que conociera.
En un descuido, se tiró por una ventana haciendo lo único bueno de su vida: ahorrarnos el verdugo.
Nadie reclamó su cadáver y fue enterrado en el Cementerio del Este el 6 de julio.
El día menos pensado Monedero le hace un busto.
Angelito.
LARREA  NOV/2020
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