GALERÍA DE REPUBLICANOS ILUSTRES: WENCESLAO ROCES

En uno de nuestros anteriores “episodios nacionales” (concretamente en el dedicado a Galarza), indicábamos el inmenso desprecio que producía todo aquél que siendo beneficiario de una sólida formación académica e intelectual se desempeñará como un rufián.
Nuestro personaje de hoy, Wenceslao Roces Suárez, mejora en este sentido incluso al propio zamorano.
Porque, efectivamente, el insigne profesor Roces acaparó desde su juventud premios y reconocimientos, además de becas de estudios que le permitieron ampliar su formación en Alemania. Con apenas 30 años ya era Catedrático de Derecho en Salamanca, donde trabó amistad con Unamuno.
Comunista de primera hora, suyas son la mayoría de las traducciones al castellano de la obra de Marx, Engels o Rosa Luxemburg, y participó activamente en la fundación del PCE.
Tras el fracaso de la Revolución de Asturias se exilia en la URRS de la que no regresará hasta la victoria del Frente Popular con el pucherazo de febrero del 36.
Nombrado Subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, asumió la responsabilidad del traslado de las obras del Prado, el saqueo de catedrales… aunque la canallada por la que pasará a la historia es, sin ninguna duda, la dirección “in situ” del expolio del Museo Arqueológico Nacional.
El 4 de noviembre de 1936 (en este punto recordamos a nuestros lectores de “Galería de Ilustres” la enorme cantidad de barbaridades que “coincidieron” en esta semana trágica) Wenceslao Roces al frente de un destacamento de la Guardia Civil más otro de milicianos, y acompañado de Antonio Rodríguez Moñino (*) como representante de la Junta de Incautación de Obras de Arte, se presenta en el Museo, que ya había sido cerrado preventivamente y puesto bajo custodia de la Guardia Civil desde el momento en que es nombrada la Junta de Incautación.
Allí son recibidos por varios funcionarios con el Director Álvarez Ossorio y el Conservador Mateu y Llopis a la cabeza. Algunas fuentes refieren que también se encontraría el Archivero y Secretario Aguirre Martínez-Valdivieso, asesinado allí mismo. Aunque posiblemente fuera arrestado y fusilado pocos días despues del saqueo.
Lo cierto es que a punta de pistola de sus milicianos, Wenceslao Roces tal que un salteador de caminos exigió que le fueran entregados todos los tesoros numismáticos y éstos vaciados en sacas.
La orden, sancionada por el Gobierno de Largo Caballero, era clara y concisa: entregar al Ministerio los tesoros y los objetos más importantes de oro y plata, de manera especial la colección de monedas.
Las monedas de oro incautadas fueron 2.796: 58 griegas, 830 romanas, 297 bizantinas, 322 visigodas, 585 árabes, 94 españolas medievales y modernas, 111 francesas y portuguesas, 432 extranjeras sin determinar, y 69 medallas, con un peso total de 15.908 g, sin contar las 242 monedas árabes y las 322 visigodas, que no se pesaron. Además de colecciones como el “Tesoro de los Quimbayas”.
El valor de la incautación fue, en palabras de Felipe Mateu: incalculable.
Es el propio Mateu el que indignado por lo que estaba viendo y armándose de valor exige una relación detallada de la incautación.
Rodríguez Moñino se niega, aunque finalmente se acuerda levantar un acta. Finalizado el “trámite administrativo”, el propio Wenceslao rompe el acta y firma un simple recibí contra el peso total de lo enajenado, y aquí paz y después gloria…
Dos días después el Gobierno se trasladaba a Valencia y con él, éste y otros tesoros.
Tras distintas vicisitudes y custodias aunque en todo momento “a mano” del Gobierno, el inclaculable patrimonio de todos los españoles fue trasladado a la embajada de París por orden directa del Presidente Negrín al Ministro de Hacienda Méndez Aspe.
El mismo día en que el Gobierno de Burgos fuera reconocido por Inglaterra y Francia, el tesoro español fue embarcado en el yate Vita (adquirido por Negrín para la ocasión) y trasladado a México donde, sencillamente: se esfumó…
En la travesía atlántica, Prieto se las ingenió para hacerse con todo, pero esa es otra historia.
En palabras de Felipe Mateu y Llopis, la incautación perpetrada por Roces fue “una verdadera catástrofe para la numismática nacional y una pérdida irreparable para el patrimonio cultural y artístico de España”.
En 1977, Wenceslao Roces Suárez fue elegido senador de la flamante recién estrenada democracia española.
Como diría mi abuelo: hay que joderse.
LARREA OCT/20
(*) La referencia a Rodríguez Moñino absolutamente imprescindible dentro del rigor histórico, sin menoscabo de que su actitud entonces y después de la guerra fuera de absoluta dignidad y patriotismo. Es de ley reconocer en él a un republicano ilustre, a diferencia de aquéllos a los que dedicamos nuestra serie.

 

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