EL GRAN EXTERMINIO DE PRISIONEROS DEL EJE EN LA URSS

No cabe duda que, en el Este, el combate entablado entre el Tercer Reich y la Unión Soviética de 1941 a 1945 adquirió una violencia no vista hasta ese momento en el frente del Oeste.

Al respecto, resulta innegable que el Alto Estado Mayor Central germano lo planteó ya sobre el papel bajo tales parámetros; conviene no obstante tener en cuenta un dato que el “relato oficial” de la Segunda Guerra Mundial acostumbra a pasar por alto: a las alturas de 1941 la URSS no había firmado la Convención de Ginebra, por la que se acordaban una serie de normas (empezando por garantizar un trato digno a los prisioneros) en aras a “humanizar” los conflictos armados.

Así, la violenta embestida militar alemana (en la que existía la directriz de ejecutar ipso facto a los comisarios del Ejército Rojo) sería respondida por los soviéticos con una crueldad enorme, sin reparar en cortapisas de ningún tipo: baste ver la suerte que corrieron aquellos pilotos de la Luftwaffe que, al caer en paracaídas tras de las líneas enemigas en junio de 1941, fueron instantáneamente fusilados por unos soldados rusos literalmente desquiciados al verse entonces desbordados por la Wehrmacht.

Con la llegada del invierno, en ese año de 1941, las tropas soviéticas (siempre espoleadas por los comisarios bolcheviques) irrumpen en un hospital de Feodosia (Crimea) y asesinan a 160 heridos alemanes, arrojándolos por las ventanas y rociándolos con agua para que muriesen helados.

Tras la Batalla de Stalingrado y la capitulación de 91.000 soldados del VI Ejército Alemán sumados a decenas de miles más de los III y IV Ejércitos Rumanos, el VIII Ejército Italiano y el II Ejército Húngaro, todos ellos (excepto 3.500 que se quedaron en la ciudad para reconstruirla) se verán obligados a caminar (descalzos sobre la nieve y sometidos a palizas diarias) desde Beketovka hasta los campos de concentración de Lunovo, Suzdal, Krasnogorsk, Yelabuga, Bekedal, Usman, Astrakán, Basianovski, Oranki y Karagandá, muriendo antes de llegar a los mismos alrededor de 40.000.

Empero, su calvario no terminaría ahí, pues todavía serían deportados a los gulags de Siberia, donde allí sí la mayoría acabarían pereciendo a causa de las bajas temperaturas (entre -25 y -30º grados bajo cero) y las enfermedades (tifus, disentería, icteria, difteria, escorbuto, tuberculosis, hidropesía y malaria); de hecho, sólo sobrevivieron 6.000.

A partir de 1943, el Ejército Rojo multiplicará sus matanzas sobre los enemigos capturados: ahí están los 150 soldados alemanes ahorcados públicamente para celebrar su victoria en Kharkov, la masacre de Grischino (donde se asesinó a sangre fría a 508 soldados del Eje, entre germanos, italianos, rumanos, húngaros, rusos blancos, ucranianos y daneses) o la masacre de Glowno (hasta 2.000 prisioneros alemanes asesinados tras obligarlos, para diversión de la soldadesca, a pisar un campo de minas, siendo los pocos que se libraron de morir por la explosión abrasados con lanzallamas).

En septiembre de 1945, después de la derrota nipona en el Pacífico, el número de prisioneros del Eje deportados a la URSS ascendía aproximadamente a 5 millones de soldados, la mayoría alemanes (2 millones), seguidos de japoneses (594.000), húngaros (526.000), rumanos (400.000), italianos (84.000), eslovacos (50.000), franceses (20.000), finlandeses (2.475) y croatas (600), a los que habría que añadir los provinientes de la Legión Holandesa (4.769), de las Legiones Belgas “Valonia” y “Flandes” (1.021), de la División Azul Española (464), de la Legión Danesa (461) y de la Legión Noruega (104) más un millar de reclutas forzosos de Luxemburgo.

Pues bien, entre 1945 y la muerte de Stalin en 1953, un total de 900.429 sucumbieron en los gulags siberianos: 356.000 alemanes, 203.000 rumanos, 200.000 húngaros, 61.855 japoneses, 44.315 italianos, 22.000 eslovacos, 10.000 franceses, 1.500 finlandeses, 400 croatas, 188 holandeses, 175 belgas, 153 españoles, 93 luxemburgueses, 32 daneses y 18 noruegos.

Unas cifras mareantes que hablan de un crimen mayúsculo, por el que la Unión Soviética antes y la Federación Rusa ahora nunca han rendido cuentas.

NO NOS ROBARÁN LA HISTORIA NI LA MEMORIA.

CACHÚS 

NB. – Las cifras provienen de “El Libro Negro del Comunismo”, concretamente de su capítulo titulado “La Kommitern en acción”, a cargo de Stéphane Courtois. 

 

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