GRUPO SALVAJE (1969)

“Grupo salvaje” es un western, un western crepuscular, lleno de violencia, sangre y muertes. Una historia de perdedores abocados a un final fatídico.

Sí, todo es cierto. Pero además, según mi punto de vista, esta película es también un poema a la libertad, a la independencia, a la amistad y al sacrificio llevado a sus últimas consecuencias.

Se trata de una película que desborda violencia por cada fotograma, violencia que en su momento supuso todo escándalo por su crudeza y porque casi parecía que tanta sangre acabaría por traspasar la pantalla y salpicar a los propios espectadores.

Pero además, aunque parezca casi mentira, esta es una película llena de emoción, emoción de la buena, de esa que te pone un nudo en la garganta y consigue incluso que alguna que otra lágrima furtiva pugne por escaparse de tu mirada.

Y también, es una visión nostálgica hacia el pasado. Un pasado, que visto con los ojos de la madurez, adquiere una luz y color distinto, más cálido, más acogedor, más lleno de vida y de libertad.

Pero, sobre todo, es una película que se sustenta en unos intérpretes en estado de gracia.

William Holden, Ernest Borgnine, Robert Ryan, Warren Oates, Ben Johnson…, todos ellos se marcan unas interpretaciones absolutamente sinceras, cargadas de contención pero rebosantes de intensidad y emotividad.

Esta es una película violenta. Muy violenta. Pero es, además, una película de miradas, de gestos, de emociones, de diálogos cortos pero precisos.

Sam Peckinpah fue un espíritu libre y esa libertad la intentó transmitir en cada uno de sus filmes.

En particular, este “Grupo salvaje” es, en mi opinión, el mejor ejemplo de esa búsqueda de la libertad absoluta, aunque dicha libertad implique, en este caso, la muerte.

Las escenas previas al gran tiroteo final, cuando, sin palabras, sin grandes aspavientos, simplemente con gestos y miradas, el grupo comprende que ha llegado la hora final para ellos, cuando saben que el combate que se presenta será su último combate, cuando afrontan lo inevitable con la entereza de una vida marcada por la violencia y los sinsabores…, en fin, esas escenas del grupo caminando hacia la muerte, si no consiguen ponerte un nudo en la garganta es que algo falla en tú índice de emoción corporal.

“-Vamos.

– ¿Por qué no?”

Cuatro palabras que resumen una película. Esta escena pre-final de “Grupo Salvaje”, vista así, aislada del resto de la película, tal vez puede perder mucho de su potencial dramático, sobre todo si alguien no conoce esta peli (si es así, sepa usted que se encuentra en pecado mortal, puesto que no haber visto esta película no tiene perdón) pero, para mí, es una de las mejores escenas de la historia del cine.

Y luego, en el verdadero final, cuando en la pantalla van apareciendo los rostros de todos ellos, riendo a carcajada limpia… demostrando que siempre vale más morir de pie que vivir de rodillas, haciéndonos comprender que la libertad siempre conlleva el pago de un precio, en ocasiones mortalmente elevado… ese final, es uno de los finales más emocionantes que en el cine han sido jamás.

No a todo el mundo le gusta el western. Gran error. Pero esta película es mucho más. Podéis creerme

El oeste, el viejo oeste, se estaba muriendo. Y ellos lo sabían.

Se veía claramente en sus ojos. Sus miradas estaban llenas de nostalgia y de miedo ante los nuevos tiempos que ya nunca serían como los de antes. Tiene que ser muy duro saber a ciencia cierta que tus días se están acabando y que no puedes hacer nada para evitarlo.

Los otros, los del ferrocarril, cada día eran más numerosos, tenían mejores armas, incluso podían comprar a un viejo amigo para perseguirles. Ya no era tan cómodo dormir en el suelo. Las viejas heridas dolían cada día un poco más. E incluso, en ocasiones, se caían de los caballos del mismo modo en que a su alrededor el oeste que habían conocido se desmoronaba lentamente.

Pero eran un Grupo. Siempre lo habían sido y por una simple razón de lealtad, lo seguirían siendo hasta el final. Un final buscado por ellos mismos. Un final que se adivina en las emocionantes miradas de Holden, de Borgnine, de Oates, de Johnson…

Pocas veces una mirada me ha traspasado tanto como la de William Holden cuando decide ir en busca del compañero prisionero de los mexicanos, aún sabiendo que ya nunca volverán, aún sabiendo que todos ellos morirán en el empeño. Claro que, un Grupo como el suyo, no podía terminar de otro modo.

El mejor final para un Grupo Salvaje es, por supuesto, un final salvaje, sangriento, casi hermoso en su crudeza, nostálgico, triste, inevitable.

Algo más de dos horas del mejor cine. Una película de un hombre que miró al western y a la vida con otros ojos.

Una obra maestra del señor Peckinpah.

Hay hombres que nunca deberían dejar de cabalgar. Mejor dicho, hay hombres que seguirán cabalgando eternamente mientras siga existiendo este invento maravilloso llamado cine.

Sam, es uno de esos hombres.

MANUEL CABO FUEYO

 

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