Acrónimo de Dirección General de Campos de Trabajo Correccional y Colonias, el GULAG fue una sección del fatídico GPU (heredero de la no menos fatídica Cheká, luego rebautizado como NKVD) encargada de los campos de trabajo forzados de la URSS durante la época de Stalin.
Creado oficialmente el 25 de abril de 1930, tan terrorífica institución fue destinada para los presos políticos del comunismo soviético, a los que se detenía las más de las veces de manera arbitraria (de hecho, había que completar unas cuotas marcadas previamente) bajo la acusación de “contrarrevolucionarios”, “enemigos del pueblo y del partido”, “saboteadores”, “agentes al servicio del imperialismo”, “desaprensivos” o “fascistas”.
Hablamos de una gigantesca red de campos concentracionarios (como nunca ha conocido la Historia) donde los presos eran internados en condiciones infrahumanas y obligados a trabajar hasta la extenuación por la que pasaron unas 14-18 millones de personas (dejando en una broma, pues, a las “Kátorgas” del sistema penitenciario zarista), de las cuales aproximadamente 3 millones jamás regresaron.
Tristemente célebre fue el de Kolimá, en plena Siberia, un auténtico infierno helado donde 130.000 prisioneros se dejaron la vida en la llamada (con toda la razón) “carretera de los huesos” que todavía hoy une las ciudades de Magadan y Yakustk a lo largo de 2.000 kilómetros.
Las deportaciones (llevadas a cabo también contra algunas de las minorías étnicas que integraban el vasto Imperio soviético, caso de tártaros, chechenos y demás pueblos caucásicos, así como contra una cantidad ingente de soldados prisioneros de los países del Eje) a dichos campos fueron masivas, con familias enteras (ancianos, mujeres y niños incluidos), dando lugar a historias en verdad desgarradoras.
Pero quizás lo más alucinante de todo aquel horror era que muchos de entre los deportados, fruto de la paranoia intrínseca al modelo estalinista, creían de buena fe no sólo en el comunismo como sistema sino incluso en la bondad de Stalin como persona, culpando de su desgracia no al “Padrecito de los pueblos” georgiano, sino a sus malvados colaboradores: a tal grado llegó el lavado de cerebro colectivo de aquel oprobioso Régimen.
NO NOS ROBARÁN LA HISTORIA NI LA MEMORIA
Cachús

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