HEMOS CEDIDO EN TODO

No toquéis nada de vuestras ideas, que los comunistas empezamos con reformas y actualizaciones, y mira en qué ha quedado la Unión Soviética…”. Esta frase, de labios de un viejo bolchevique -entrado en años- a un falangista, debería hacernos reflexionar sobre esa fiebre que existe en España desde hace décadas, por cambiar constantemente nuestro mensaje político y la imagen pública de ese sector de la población española, que los medios de comunicación llaman “extrema derecha”.

El franquismo empezó su lavado de cara a mitad de los años cuarenta, al que siguió no una apuesta por la independencia nacional, como hicieron con cierto éxito algunos de los llamados países del Movimiento de No Alineados de entonces, sino sucesivas reformas político-económicas que acabaron llevando al suicidio del Régimen a la postre. No podía haber franquismo sin Franco, básicamente porque detrás de Franco no había nadie, salvo algunos irreductibles de a pie de sus primeros años, y una España de tintes conservadores, pero totalmente despolitizada por el sistema, sería presa fácil de UCD o Alianza Popular.

Tras el 20-N del 75 el panorama es aún peor. Autosuicidado el Movimiento Nacional y las instituciones del Régimen que quedaban, solo unos cientos de miles de españoles salieron a las calles para intentar obtener representación política y luchar por aquellas ideas del primer franquismo, o del falangismo primigenio, y con pequeños éxitos sin duda.
Los sucesivos moderamientos de los líderes nacionales de aquella época, sus renovaciones, sus acercamientos a la derecha de Fraga en el mensaje, cuando no en pedir el voto para él, no solo no lograron más sufragios, sino que hicieron perder el escaso electorado y militancia que quedaba. Si somos lo mismo o casi, yo apoyo al que tiene más posiblidades de ganar: puro y lógico marketing comercial, el mismo producto pero más conocido, es siempre el ganador.

Después de aquel invierno de 1982 en que casi todos los nuestros plegaron velas, no quedaba ni el que abría el apartado.
En los ochenta los escasos grupos que mantenían la antorcha de la Revolución Nacional, irían muriendo lángidamente.

A partir de los noventa empieza la fiebre de Le Pen y Fini. Si en Europa sacan algo, aquí por qué no va a ser igual, parecen pensar algunos.
Se empezó aceptando todo lo que había sido impuesto por el sistema del 78: partidos políticos, constitución, monarquía, libertades varias, no a la pena de muerte ,etc , y llevamos camino de convertirnos sin ninguna duda en unos partidillos más del arco (extra) parlamentario: grupos que aceptan el orden autonómico vigente, la bandera con el escudo actual, la simpatía por Israel para frenar la “islamización” (seamos modernos, que ya lo hacen en toda Europa “los nuestros”, camaradas), y mañana, ¿por qué no?, el aborto libre como hace Marine Le Pen en la France. Y de rechistarle a los amos del mundo y a sus correas de transmisión políticas ni mú; por otro lado, cosa muy propia de los que se dicen de destra/ derecha nacional, identitarios, nacional-liberales, y demás denominaciones ajenas y hasta enfrentadas a cualquier Revolución Nacional y Social histórica que se preciara.
De todo esto, a convertirnos mañana en un nuevo Ciudadanos, o un Podemos para los más identificados con temas sociales, solo hay un paso muy, muy pequeñito.

Por no defender ya no defendemos ni a falangistas y fascistas redomados como Millán Astray, al que queremos presentar poco menos que como un General chachi y enrollado, demócrata de toda la vida, que bien pudiera haber compartido candidatura con el exJEMAD podemita. Señores: así no vamos a ningún lado. El fomento de la cantera de votos al PP por nuestra parte es firme, ahora tanto o más que en 1982.

Por otros caminos puede que las victorias no estén ni mucho menos aseguradas de momento, pero al menos no habremos sido comparsas útiles de un sistema que detestamos profundamente. Y pensemos una cosa: la Historia sigue, quizá mañana no sea nuestro día, pero antes o después todo empezará a cambiar, algunas cosas se llevan en los genes, aunque en determinados períodos no se manifiesten. Y si no, que se lo pregunten a los griegos.

R. GARCÍA

 

garc1

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