NUESTROS HÉROES: MARGHERITA AUDISIO

La República Social Italiana fue fundada por Benito Mussolini en las provincias del Norte de Italia y bajo paraguas de la Wehrmacht un 23 de septiembre de 1943, cuando ya la situación no pintaba precisamente halagüeña para el Tercer Reich.

Dentro de las organizaciones de aquel efímero Estado se encontraba el Servicio Auxiliar Femenino (SAF), establecido el 18 de abril de 1944 como una unidad de apoyo para las fuerzas armadas pro fascistas y comandado por la general de brigada Piera Gatteschi Fondelli.

Sus muy jóvenes (entre 16-24 años) voluntarias procedían de los más diversos lugares del país transalpino, las cuales, tras unos estrictos cursos de formación (donde tenían prohibido fumar en público, pintarse los labios, llevar pantalones o coquetear con los soldados) llevados a cabo en las ciudades de Venecia y Como, eran incorporadas a las Fuerzas Armadas Republicanas bajo la siguiente fórmula: “Juro servir y defender a la República Social Italiana en sus instituciones y leyes, en su honor y en su territorio en paz y en guerra, hasta el máximo sacrificio. Lo juro ante Dios y los Caídos por la unidad, la independencia y el futuro de la Patria ”. 

Se estima que el número de integrantes del SAF alcanzó las 6.000, todas ellas  elogiables en el desempeño de las tareas encomendadas allí donde las destinaron (cuarteles, hospitales, avituallamiento, etc.), con un balance hasta el 18 de abril de 1945 de unas 25 muertas en el frente y 7 desaparecidas.

Después del 25 de abril, cientos de estas valerosas muchachas (amén de sus familias) sufrirían todo tipo de vesanias a manos de los partisanos, violaciones y asesinatos incluidos (aún cuando el secretario general del Partido Republicano Fascista, Alessandro Pavolini, había ordenado destruir la documentación referente al SAF para evitar represalias).

Fue el caso de Margherita Audisio, una bella chica de apenas 19 años y natural de Venecia ejecutada en Nichelino, en la provincia de Turín, el 26 de abril de 1945; antes, sus verdugos la permitieron escribir un par de cartas, una dirigida a su hermana Luciana y otra a su madre.

He ahí las últimas palabras dirigidas a la hermana: “Querida Luciana, en unos minutos me dispararán. Un consuelo que debo darte: me dispararán en el pecho y no en la espalda. Voy con papá al cielo, porque me he confesado y comulgado, y con él os protegeré a todos. Sabes que siempre he sido pura en mi fe: siempre he creído en ella, sigo creyendo y por eso estoy feliz de morir. Consuela a mamá. Perdona a todos. ¡Larga vida a Italia! Te beso. Tu hermana”.

Y a la madre: “Mamá querida, vivo por la patria y por la patria sabré morir. Todos los pensamientos, las pasiones de una adolescente, de una joven veinteañera, no me hicieron apartar la mirada del horizonte donde está mi tierra natal. Madre de mi carne, ¿me entiendes? Entonces, no llorarás, madre mía. Tú que sembraste lágrimas en el mundo, no llorarás. Este para mí es el único tormento, la única duda que dejo aquí en la tierra. Mi otra angustia es por la gran Madre, se aplacará con la muerte. Es mi destino. Pero una cosa todavía quiero decir. Patria mía, nuestro sacrificio no será en vano. Volveremos a estar juntos de nuevo, grandes, hermosos. Y Dios desde arriba te protegerá, mientras que los Muertos te guiarán. Italia siempre creo en ti: ¡te levantarás de nuevo! Hermanas de la fe, este es mi credo ”.

Impresionante, desde luego, tal ejemplo de coherencia y lealtad.

NO NOS ROBARÁN LA HISTORIA NI LA MEMORIA.

CACHÚS 

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