08:15 A. M. – HIROSHIMA

Hacía rato que había amanecido, pero justo a esa hora el día se convirtió en noche para los habitantes de Hiroshima, ciudad en la que el tiempo se detuvo para a continuación desatarse el infierno un 6 de agosto de 1945.

La idea de que el bárbaro, atroz e inenarrable acto de lanzar la bomba atómica motivó la rendición de Japón evitando un elevadísimo número de bajas a las fuerzas Aliadas en los últimos compases de de la Segunda Guerra Mundial no deja de ser un mito alentado por la propaganda para justificar un crimen injustificable.

De hecho, los estudios más serios en los últimos años basados en documentos desclasificados del Alto Estado Mayor Imperial concluyen dos cosas: primero, que las autoridades niponas llevaban ya tiempo buscando una salida negociada y honrosa (la cual contemplaba principalmente que su Emperador no fuera juzgado por crímenes de guerra como así estaba empeñado el gobierno estadounidense) al conflicto y, segundo, que fue la postrera invasión soviética de Manchuria (donde no olvidemos que el Imperio del Sol Naciente tenía todavía la flor y nata de su ejército de tierra) lo que dio la puntilla a éste.

Porque, en puridad, las urbes japonesas llevaban meses siendo devastadas por los B-29; pero lo que hizo al Gobierno de su Majestad Imperial tirar la toalla fue ver cómo sus siempre aguerridos soldados se derrumbaban sin apenas resistencia ante el empuje del Ejército Rojo en los territorios arrebatados a China.

Seguramente, el principal objetivo de Truman borrando de la faz de la tierra dos ciudades como Hiroshima y Nagasaki sin ningún valor estratégico (de mayoría católica, por cierto) fuera el de intimidar a su socio comunista, mostrando a Stalin la capacidad destructiva de la que era capaz, incluso contra población civil indefensa: era la forma de decirle al mundo que Norteamérica se había convertido en el nuevo amo del orbe y que nada ni nadie debía oponerse en su camino.

Cosa que, dicho sea de paso, no consiguió del todo, pues siendo verdad que a corto plazo alejó a la Unión Soviética del Pacífico, el Mare Nostrum de los Estados Unidos, a finales de los años 40´ el gigante bolchevique conseguía fabricar su propio armamento nuclear, abriendo la puerta al “equilibrio de terror” de las cuatro décadas posteriores de Guerra Fría.

El precio de tales juegos geoestratégicos, alrededor de 250.000 víctimas que, a diferencia de lo que sucediera con las (publicitadísimas) víctimas de los lager del Tercer Reich y de las (mucho menos publicitadas) víctimas del GULAG, no dejaron apenas imagen alguna y, por ende, conciencia del horror, solo papeles y más papeles con sus nombres convertidos en cifras a las que nadie ha puesto rostro desde entonces: es la ignominia de un crimen descomunal, infame, por el que nadie ha pagado nunca.

La macabra paradoja del mismo es que si realmente era Hiro Hito el principal escollo para la firma de la rendición, el divinizado monarca -por cuya causa murió lo mejor de la juventud nipona al grito de ¡Banzai!- continuaría en el trono después durante largos años y por razones de puro pragmatismo: visto así, quizás lo propio hubiese sido tirar la bomba atómica sobre el Kokyo, su opulenta residencia en el distrito especial 23 de Tokio…

NO NOS ROBARÁN LA HISTORIA NI LA MEMORIA.

CACHÚS 

 

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