HITLER, FRANCO Y ESPINOSA DE LOS MONTEROS EN HENDAYA

O DE CASTA LE VIENE AL GALGO…


[Del libro de HEINZ LINGE, “valet” personal del Führer, “Extractos de la vida de Hitler”]

Son curiosos algunos de los recursos a que acudió el Führer para evitar o demorar el choque directo Alemania-Gran Bretaña.
O quizá para quitarle violencia, anteponiendo al encuentro Gran Bretaña-Alemania el encuentro Gran Bretaña-Eñe o Gran Bretaña-Equis. 

Uno de los arbitrios consistió en arrojar al general Franco y los españoles contra la plaza de Gibraltar. Como es sabido, Gibraltar, puerto situado en España, en Andalucía, está bajo el dominio británico desde hace más de dos siglos. Con gran descontento de los españoles, naturalmente.
Hitler suponía fácil empujar a su amigo Franco contra los ingleses.

El 23 de octubre de 1940 yo le acompañé, como ayuda de cámara y guardaespaldas, en el tren que lo transportó a Hendaya, en la frontera franco-española, a entrevistarse con el general Franco.
Iban con el Führer, como asesores y consejeros, Keitel, Jodi, Hess y Ribbentrop.

—Habrá que asegurar a los españoles -les había oído decir-  además de una artillería poderosa, grandes fuerzas de aviación. ¡Bastantes aviones!
—Y recursos navales.. apuntó alguien.
—Franco -resumió el Führer, en algún momento- será para mi un excelente aliado. Un aliado seguro, dócil.

En una vía muerta de la estación francesa de Hendaya se encontraba ya esperándonos, cuando llegamos, el tren especial de Franco, procedente de Madrid.
Hitler se dirigió hacia él, de magnífico humor, ansioso de saludar a su futuro “excelente aliado… seguro y dócil”, que iba a desencadenar el ataque a Inglaterra, obedeciendo sus instrucciones.
Junto al general Franco lo esperaba el embajador de España en Berlín, un señor apellidado, si no recuerdo mal, Espinosa de los Monteros.
Precisamente contra ese señor Espinosa de los Monteros regresó profiriendo furiosas maldiciones el Führer, algunas horas después, desde el tren del generalísimo.

—¡Fue ese condenado embajador el que lo estropeó todo! ¡Un incapaz!
—Franco habría cedido —opinó alguien del séquito alemán.
—Franco estaba dispuesto a aceptar —corroboró otro.
—¡Estropeó todo el idiota del embajador! —continuó Hitler—. ¡Viejo burócrata majadero! Él llamó la atención del Caudillo sobre los inconvenientes económicos; le habló de la impresión en América del Sur; del peligro de dificultades en los abastecimientos… Fue el embajador, nuestro enemigo, quien deshizo todo.


A.MARTÍN

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