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HOMBRES MADE IN MOSCÚ

Enrique Castro Delgado
Hombres made in Moscú. Fragmentos.

Por el interés del texto, transcribimos unos fragmentos del tranco final del libro. La derrota.

—Me da pena y miedo dejar esta tierra… ¡La nuestra, Climent!… Quiero estar sobre ella hasta el último momento, hasta ese momento en que la presencia del enemigo me lo impida.
—Es terrible.
—¿Qué es terrible, Climent?
—La derrota.
—Escúchame, Climent… Y no olvides nunca cuanto voy a decirte… ¿Un millón y medio de muertos?… ¡Qué importa!… ¿Miles de casas destruidas?… ¡Qué importa!… Eso hará que nuestra derrota sea, temporal… ¡Sí!… Temporal… En muchos años, posiblemente en cincuenta años, nadie podrá curar las heridas ni los rencores de este pueblo… Está envenenado de dolor y odio… Ese dolor y ese odio, esos muertos y esos escombros serán el surco maravilloso en el que crezca la semilla de nuestra gran revolución, la semilla de la victoria definitiva…
—¿Lo crees así?
—¡Lo creo!… Los viejos morirán abrazados a su odio… Los niños recibirán de los senos de las que les parieron el odio acumulado en esta larga batalla… Los árboles destrozados serán las banderas del odio hecha jirones… Los escombros de los hogares de tantos lugares de España impedirán el olvido… Y por si algo pretendiera borrar todo esto se alzarán silenciosas y enlutadas las madres, las hermanas, las viudas y los hijos de los muertos.

—–

—Hola, Castro.
—Hola, Stepanov.
—¿De dónde vienes?
—De Valencia.
—Y…
—Tuvimos una reunión. Los camaradas acordaron que viniera a comunicaros que están en condiciones de marchar sobre Madrid y aplastar a Casado y a la junta.
—Y…
—Los camaradas siguen jugando al tute.
—Vete a descansar, Castro… Yo informaré a la directiva del Partido inmediatamente… Y hablaremos con los camaradas de Valencia… ¡Descansa, Castro, descansa!…
Y Castro se fue a descansar.
Era el lugar de descanso una maravillosa residencia campestre. Allí estaban como hoteleros el poeta Rafael Alberti y su mujer, María Teresa León. Y como domésticas varias jovencitas preciosas y ligeras de ropa, amables y serviciales Y buenos dormitorios. Y buena comida a base de conservas. Y un paisaje tranquilo y encantador. Allí se encontró con todos: con Modesto y Líster, con Tagüeña y Molero, con Climent e Hidalgo de Cisneros, con Delicado e Irene Falcón, la azafata de la reina roja «Pasionaria». Modesto estaba impaciente, había sido ascendido a general y temía no tener tiempo de hacerse el uniforme y de estrenarle; Líster maldecía para sus adentros porque seguía siendo coronel; Delage comenzó el asedio de la mujer de Molero; Alberti paseaba melancólico entre los árboles; López Iglesias sonreía. Y Castro contemplaba todo aquello un poco extrañado… Se fue a dormir a la misma habitación en que se había instalado López Iglesias. A la mañana siguiente alguien le dijo que fuera a la «Posición Yuste». Y fue. Allí estaba Negrín metido en grueso albornoz, a la cabecera de una mesa cubierta de latas de conservas abiertas. Comiendo y mirando. Mirando y enseñando su anatomía, Y contemplándole con un gesto impecable de mayordomo profesional el general Antonio Cordón, subsecretario de la Defensa.
Y Negrín comiendo y mirando.
Y los demás mirando y sin comer.
—¿Qué hay por Valencia, Castro?
Y Castro contó la reunión habida en la casa de Hernández. Y casi nadie le prestó atención.
Negrín era la atención.

—-

En París los comunistas hacen balance.
Están contentos.
No deben nada.
El oro español depositado en Rusia es la garantía de una deuda sagrada… ¿Cómo iban a consentir los comunistas no pagar aquellas armas enviadas por Stalin y construidas con el esfuerzo más animal que humano de millones de ciudadanos del país de la felicidad?
* * *
«Gracias, muchas gracias, coronel».
«Sin tu sublevación los que hubiéramos tenido que capitular hubiéramos sido nosotros… Lo que hubiera sido grave… Muy grave… Pero tú fuiste un gran hombre: cuidaste del honor del Partido tan bien, tan bien que ni nosotros lo hubiéramos podido hacer mejor».
«Gracias, muchas gracias, coronel».
* * *
En el Kremlin, Stalin enciende su vieja pipa mientras mira a Vorochilov.
Y sonríe.
«Hemos ganado treinta y dos meses».
«Sí, camarada Stalin».
Y sonríen los dos.
Y de la vieja pipa cargada con el aromático tabaco del Cáucaso salen espirales de humo que impregnan de un delicioso aroma la sala desde la que Stalin presenció a distancia el sacrificio de un pueblo por la causa sagrada del «socialismo», de la U.R.S.S., del nunca bien amado Stalin.
Fuera nieve y noche.
Sólo las estrellas que coronan las torres del Kremlin viven y contemplan un mundo.


[Enrique Castro Delgado (1907 – 1965). Metalúrgico y periodista de profesión, en su juventud se afilió al Sindicato metalúrgico «El Baluarte» de la Unión General de Trabajadores (UGT), y también al PSOE. Posteriormente, en 1925 se afilió al Partido Comunista de España (PCE). Participó de forma activa en el Comité Central del PCE. Fue uno de líderes de las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC). También trabajó como redactor del periódico del partido, Mundo Obrero, ocupándose de la sección de noticias de ámbito laboral. Durante la Guerra Civil Española tuvo un papel destacado y llegó a ser el primer comandante del Quinto Regimiento. En septiembre de 1936 fue nombrado director general de Reforma Agraria. Posteriormente ocupó diversos cargos en el Comisariado político del Ejército Popular de la República; ejerció como comisario-inspector en el frente de Madrid, y en junio de 1937 fue nombrado subcomisario general. Durante el transcurso de la guerra civil destacó como uno de los principales líderes comunistas. Tras instalarse en la Unión Soviética sería el representante del PCE en la Komintern. Posteriormente ejercería como director de Radio España Independiente, en sustitución de Dolores Ibárruri «Pasionaria»]

Por la transcripción: GUTIÉRREZ

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