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INEXPLICABLES CONTRADICCIONES

En 1917 y en Moscú se verificó el “Juicio del Estado Soviético contra Dios”.
Presidido por el Comisario de Cultura Vasilevich Lunacharsky, Dios fue hallado culpable y ejecutado con una salva de fusiles apuntando a las nubes.
No consta si fue rematado con tiro de gracia.
Aunque el asunto tenga su coña, tamaña estupidez en su conjunto, no carece de lógica.
De la lógica comunista, of course.

Menos lógica aparenta tener que en agosto del año 2000 la Iglesia Ortodoxa rusa ascendiera a los altares -y es literal- al zar Nicolás II y a toda su parentela.
San Nicolás reluce desde entonces en una capilla rodeado de imágenes de santos y escenas bíblicas, según el obispado porque “los sufrimientos de la familia imperial en el cautiverio, la humildad y resignación cristiana con que aceptaron su martirio, son una victoria de la fe de Cristo sobre el mal”.
Oiga, cosa de ellos es. Nada que objetar.

Lo que carece de toda lógica y consecuentemente resulta una contradicción inexplicable, es la historia del padre Gueorgui Gapón.
Historicamente, para los revolucionarios rusos, hubo un antes y un despues del “Domingo Sangriento” según admite el mismo Lenin en sus cartas y memorias, coincidiendo sin discusión todos los historiadores.
Víspera de esa fecha, los socialistas eran para obreros y campesinos, apenas una secta.
San Petersburgo, capital del imperio, el 9 de enero de 1905 miles de obreros acompañados de sus familias marcharon en procesión hasta el Palacio de Invierno, portaban además de imágenes del Zar y la Zarina, banderas de la patria y cruces cristianas acompañadas de otros iconos religiosos.
La marcha había sido organizada por el padre Gapón.
El sacerdote se había convertido, practicamente de la noche a la mañana, en el indiscutible líder sindical de la incipiente industria en la capital rusa y “se identificaba de todo corazón con los trabajadores y sus aflicciones” (Lenin dixit, Suiza-9 de enero de 1917, conmemoración XII aniversario de la matanza) y había fundado, con la permisividad del Gobernador de la capital y de la policía zarista, la Asamblea de Trabajadores Rusos de Fábricas, organización que aglutinaba unos 20.000 seguidores.

Aquel nefasto día y a pesar de que contaba con una prohibición expresa de las autoridades, el padre Gapón se puso al frente de la marcha para pedirle al Padrecito las siguientes reivindicaciones: amnistía, libertades públicas, salario normal, entrega gradual de la tierra al pueblo y la convocatoria de una asamblea constituyente elegida por sufragio universal.
Cito literal:
“Nosotros, obreros, vecinos de Petersburgo, acudimos a Ti. Somos unos esclavos desgraciados y escarnecidos; el despotismo y la arbitrariedad nos abruman. Cuando se colmó nuestra paciencia, dejamos el trabajo y solicitamos de nuestros amos que nos diesen lo mínimo que la vida exige para no ser un martirio. Mas todo ha sido rechazado, tildado de ilegal por los fabricantes. Los miles y miles aquí reunidos, igual que todo el pueblo ruso, carecemos en absoluto de derechos humanos. Por culpa de Tus funcionarios hemos sido reducidos a la condición de esclavos. ¡Majestad! ¡No niegues la ayuda a tu pueblo! ¡Derriba el muro que se alza entre Ti y Tu pueblo!. Dispón y júranoslo, que nuestros ruegos sean cumplidos, y harás la felicidad de Rusia; si no lo haces, estamos dispuestos a morir aquí mismo. Solo tenemos dos caminos: la libertad y la felicidad, o la tumba”.

 

El Zar, que ese día se había ausentado de la capital, había dejado órdenes expresas (“jamás, bajo ninguna circunstancia, aprobaré una forma representativa de gobierno, porque la considero perjudicial para el pueblo cuyo cuidado me ha confiado Dios”) para disolver la manifestación.
Tras ametrallar al pueblo famélico y pacífico, las cargas a sable de ulanos y cosacos dejaron tras de sí un reguero de sangre y muertos que abriría de par en par las puertas a los bolcheviques.

A partir de este momento, todo es confuso en torno a Gueorgui Gapón. Se exilió disponiendo para ello de una considerable -e inexplicable- suma e intentó la aproximación al entorno de Lenin en Suiza.
Desconfiando los bolcheviques de él y acusado de ser un agente de la Ojrana, poco tiempo despues regresó a San Petersburgo e intentó retomar su relación con sus antiguos compañeros sindicalistas.
Tras reunirse con éstos, fue ahorcado y abandonado su cadáver en una cabaña finlandesa.
Parece obvio que la explicación del cura no les convenció.

¿Fue Gapón una victima o un conspirador?. Y si así fuera, ¿a qué oscuros intereses servía?.
Ya nunca lo sabremos.

Pero sí queda flotando en el aire otra cuestión no menos baladí… ¿a qué esa costumbre de algunos “hombres de Dios” de desviarse de su labor pastoral para zambullirse de lleno en las turbias, oscuras, procelosas aguas de los entresijos de la política?.
Uuumm… no encuentro respuesta. Se lo preguntaré al Obispo de Solsona, si tengo suerte, antes de que alguien lo cuelgue del cuello en una cabaña del Alto Ampurdá.

LARREA   JUN/2018

 

 

 

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