INGENIO ESPAÑOL: LA BATALLA DE LOS TOROS BRAVOS

En el S XVI, por el mar Caribe, un lugar ideal por la abundancia de islas en las que podían refugiarse, navegaban con impunidad los buques piratas, que atacaban por lo general desde los apostaderos que tenían en el golfo cubano o desde los puertos de Santa Ana y Guabayara en la Isla de Jamaica.

En esa época, España e Inglaterra estaban en guerra y Jamaica pertenecía al Imperio español. Los colonos españoles que habitaban la isla estaban acostumbrados a combatir contra los piratas que durante años trataron de capturar especialmente las mercancías de los buques de transporte españoles en aguas americanas.

Así cuando, el 24 de enero de 1600, una flota de 16 buques ingleses al mando del Almirante Christopher Newport trató de atacar la ciudad de Nuestra Villa de la Santísima Señora de la Vega (actual Spanish Town), situada en Jamaica, se encontraron con unos aguerridos defensores.

El Almirante Newport había sido formado por el conocido pirata inglés Francis Drake, y la superioridad de fuerzas era abrumadora, al igual que la potencia de fuego de sus navíos, por todo ello, para los ingleses la batalla estaba ganada antes incluso de comenzar.

Los españoles se dieron cuenta de la llegada de los ingleses con la suficiente antelación para que el Gobernador de la isla, Don Fernando Melgarejo de Córdoba, organizara a los escasos 200 hombres armados con los que podía contar, pero las defensas de la ciudad eran prácticamente nulas y tampoco había una guarnición suficiente para hacer frente a una flota tan grande, como armamento tan solo disponía de un pequeño cañón y la fusilería de la milicia local.
A pocos metros de la playa, los defensores se atrincheraron esperando al enemigo y situaron el único cañón para impedir un posible desembarco.

Los ingleses desembarcaron en una chalupa a un emisario, enarbolando bandera blanca. El enviado comunicó a los españoles las exigencias del mando inglés, que consistían en la rendición formal, antes de comenzar la contienda, bajo amenaza de pasar a cuchillo a todos los defensores.
Los españoles, aprovechándose del entrecortado español que hablaba el enviado inglés, y fingiendo no conocer ninguna otra lengua, dilataron los tiempos de las respuestas y, así, ganaron un tiempo precioso para preparar mejor la defensa.

Cuando los ingleses se dieron cuenta del engaño decidieron atacar, desembarcando 1.500 soldados. Los botes llegaron al muelle del puerto y los hombres comenzaron a bajar con cuidado esperando la posible acometida militar, pero nada ocurría. Pasaron unos minutos hasta que ya habían puesto pie en tierra todos los atacantes mientras vigilaban cualquier actividad en las casas más cercanas al puerto… nada se oía y nada se movía. Tras reunirse en la playa, se organizaron en 5 columnas y empezaron a avanzar hacia la Villa con la firme intención de conquistarla.

El Gobernador había dispuesto las defensas de manera que no fueran visibles por el enemigo para que no supiesen cuál era su número y poder real, y analizando las posibilidades defensivas, tuvo que recurrir a una estratagema de auténtico genio militar para frenar la embestida inglesa. Consciente de su inferioridad numérica, utilizó su ingenio: a la entrada del puerto se encontraban los establos donde se guardaba una manada de toros bravos recién llegados a la ciudad y que serían distribuidos posteriormente a otras ciudades hispanas, así que ordenó atar antorchas encendidas a los cuernos de todo el ganado, lo que enloqueció a los animales.

Los ingleses recorrieron todo lo largo del muelle llegando a las primeras instalaciones portuarias. Ese fue el momento elegido por el Gobernador para lanzar su bravo ataque, con un disparo dio la orden y las puertas del establo del ganado fueron abiertas provocando la estampida de los toros hacia el puerto donde estaban sus desprevenidos enemigos. El estruendo de sus pisadas y sus mugidos alertaron a los ingleses que jamás podrían haber sospechado semejante ataque, vieron ante sí una inmensa polvareda que no llegaban a entender y, finalmente, sufrieron una imprevista embestida de toros. Aprovechando la sorpresa y el desconcierto, la milicia española comenzó a disparar el cañón y el poco armamento del que disponían provocando una sensación de ser muchos más los defensores de los que realmente eran.
Confundidos y desorientados por las aterrorizadoras bestias, los soldados de la vanguardia inglesa que no fueron arrollados, retrocedieron desorganizadamente y se abalanzaron sobre sus camaradas de las filas posteriores. Como consecuencia se generó una cascada de fugitivos que terminó en una gran huida en desbandada que dejó tras de sí más de 50 muertos ingleses por aplastamiento.

Los ingleses viéndose atacados por semejantes animales desistieron de avanzar hacia el interior y no tuvieron otra opción que volver corriendo a sus botes y huir hacia el mar de vuelta a sus buques maldiciendo la inesperada sorpresa que se encontraron en el puerto. Sin haber logrado disparar un solo tiro, las pérdidas se les antojaron excesivas. No sabían bien lo que había sucedido, pero convencidos de que a los defensores no se les podía derrotar, se hicieron a la mar y abandonaron definitivamente la isla.
No se sabe muy bien por qué no volvieron al contraataque o quizás se creyeron que efectivamente había más hombres armados de los que parecía o vieron que el riesgo no valía la pena ante una ciudad tan pequeña.

Y fue así, como 1.500 ingleses no consiguieron derrotar el ingenio de 200 españoles.

ROSA M. CASTRO

 

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