JERÓNIMO DE AYANZ, EL GENIO ESPAÑOL

Jerónimo de Ayanz y Beaumont, descendiente de los reyes de Navarra, nació en 1553 en el seno de una familia de la alta aristocracia navarra. Su padre era capitán de la guarnición de Pamplona, había luchado junto a Felipe II en San Quintín y estaba asentado en la Corte como montero real, lo que facilitó la llegada de su hijo en 1567 a un puesto que por entonces era muy codiciado entre los jóvenes de familia, el de paje del Rey. En la Corte se instruyó en las dotes militares, en las letras, las artes y en el manejo de las matemáticas.

Por su ímpetu y atrevimiento, el primer destino de aquel vigoroso navarro fue el ejército. Militar de los Tercios Reales, combatió en Túnez, Lombardía, San Quintín, Portugal, las Azores y La Coruña. Se hizo famoso en su época por su fuerza y por las hazañas que realizó en Flandes, luchando a las órdenes de Alejandro Farnesio, y ganando fama de coloso capaz de enfrentarse con varios enemigos a la vez.

En una ocasión, Ayanz fue gravemente herido durante el asalto a la ciudad de Zierikzee y no dejó de batirse mientras se desangraba, hasta que cayó desmayado. Tal era su destreza en la lucha, tantas fueron sus hazañas y tanta la admiración que despertaba, que el mismo Lope de Vega refleja la vida aventurera de Ayanz en la comedia titulada “Lo que pasa en una tarde” en la que lo comparaba con Alceo, el abuelo de Hércules, calificando al joven Ayanz de “el nuevo Alcides”.

El punto álgido de su carrera militar fue evitar el atentado que un francés planeaba contra el rey. Gracias a su coraje y valentía, el monarca lo premió con la Orden Militar de Calatrava.

En 1587, fue nombrado Administrador General de Minas del Reino (gerente de las 550 minas que había entonces en España y de las que se explotaban en América). En aquel puesto de administrador se destapó como un ingenioso creador a la hora de concebir soluciones mecánicas para toda clase de problemas, de modo que empezó a construir inventos que no siempre tenían que ver con su trabajo, si bien todos tenían una aplicación industrial y una utilidad económica.
Entre sus actividades estaban las de analizar muestras y realizar ensayos tratando de aumentar la productividad de las minas, las de solucionar problemas que iban desde la limpieza de los metales hasta los impuestos sobre los proveedores, pasando por desaguar las explotaciones inundadas por las lluvias.

Las minas de la época tenían dos problemas serios: la contaminación del aire en su interior y la acumulación de agua en las galerías; que de no solucionarse hubiesen paralizado la explotación de esa fuente de ingresos tan vital para el Imperio.
Inicialmente, Ayanz ideó un sistema de desagüe mediante un sifón con intercambiador, que suponía la primera aplicación práctica del principio de la presión atmosférica (principio que no iba a ser determinado científicamente hasta medio siglo después por Guericke y Papín.).
Y si este hallazgo fue realmente prodigioso, lo que eleva a Ayanz al rango de talento universal es el empleo de la fuerza del vapor, esa fue su gran aportación al campo de la ciencia, un invento en el que se anticipó en 100 años al británico James Watts y que de haber sido comercializado, podría haber desencadenado una precoz revolución industrial en tierras españolas.
La fuerza del vapor de agua era conocida desde hacía muchísimo tiempo, pero lo que se le ocurrió a Ayanz fue emplear la fuerza del vapor para propulsar el agua acumulada en las minas por una tubería, sacándola al exterior en flujo continuo. En términos científicos: aplicar el primer principio de la termodinámica (definido dos siglos después) a un sistema abierto.
Además, aplicó ese mismo efecto para enfriar aire por intercambio con nieve y dirigirlo al interior de las minas, refrigerando el ambiente… Ayanz había inventado el «aire acondicionado».

Estos inventos no fueron sólo teoría, los puso en práctica en la mina de plata de Guadalcanal, en Sevilla, desahuciada precisamente por las inundaciones cuando él se hizo cargo de su explotación.

Ayanz inventó muchas cosas: una bomba para desaguar barcos, una brújula que establecía la declinación magnética, un horno para destilar agua marina a bordo de los barcos, balanzas «que pesaban la pata de una mosca», piedras de forma cónica para moler, molinos de rodillos metálicos (que no se generalizarían hasta el siglo XIX), bombas para el riego, la estructura de arco para las presas de los embalses, un mecanismo de transformación del movimiento que permite medir la eficiencia técnica (algo que sólo más de un siglo después iba a volver a abordarse).
Los doctores Juan Arias de Loyola y Julián Ferrofino, dos de los científicos más prestigiosos de la Monarquía hispánica, pudieron verificar el funcionamiento de sus avances en el propio domicilio del navarro, sito en la calle de la Cadena en Valladolid, en marzo de 1602.
También diseñó el primer precedente de submarino, al que denominó como “barca submarina”, un verdadero sumergible que construyó con madera calafateada y que impermeabilizó recubriéndola de un lienzo pintado en aceite.
Hasta 48 inventos le reconocía en 1.606 el «privilegio de invención» (como se llamaba entonces a las patentes) firmado por Felipe III.

Uno de los inventos más llamativos fue el de un traje de buceo. La primera inmersión de un buzo documentada ocurrió una soleada tarde de agosto de 1602 a orillas del rio Pisuerga, en Valladolid, y el propio Felipe III asistió al acontecimiento desde su galera, junto con miembros de la corte. El espectáculo era insólito: un hombre provisto de un extraño traje llevaba más de una hora bajo las frías aguas del río. Como el experimento parecía no concluir, el impaciente monarca ordenó su salida entre aplausos generalizados. La prueba había sido todo un éxito.

En su haber dejó medio centenar de inventos cuyos planos fueron depositados en el archivo general de Simancas y no se supo de ellos hasta hace unos años, descubriendo entonces que algunos se habían adelantado en casi 200 años a avances tecnológicos fechados en el siglo XIX.

“Esta es fuerza, señor, de la prudencia.
La fuerza corporal al cuerpo alcanza,
como la que se vio por excelencia
en el gran don Jerónimo de Ayanza”
(“Lo que pasa en una tarde” de Lope de Vega)

ROSA M. CASTRO

 

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