KATYN O LA POLÍTICA DE STALIN

Es Polonia una de las naciones más antiguas de la vieja Europa y como tal, propietaria de una historia apasionante.
Ubicado su territorio en una estratégica encrucijada de caminos y culturas, los lindes han enfrentado a lo largo de los siglos a los polacos tanto con sus poderosos vecinos como con otras potencias a las que Polonia quedaba de paso.
Así, en 1241 Batu Kan tras invadir Rusia conquista la capital religiosa, Kiev, poniendo su vista a continuación en el reino Magiar adonde dirigió las Hordas Mongolas. Pero antes de adentrarse en Los Cárpatos resolvió que no podía dejar a sus espaldas a los caballeros católicos polacos. Redujo Cracovia a cenizas y posteriormente se enfrentó en Silesia (batalla de Liegnitz) a los ejércitos de Polonia, a los que masacró. Las crónicas hablan de 30.000 muertos, la cifra según los historiadores tal vez sea exagerada pero lo cierto es que la cabeza del principe Enrique “el Piadoso” fue exhibida sobre una lanza ante el Kan, acompañada de nueve sacos repletos de orejas cortadas.
Cumplido el trámite de aliviar su retaguardia, los Mongoles se olvidaron de Polonia y cayeron sobre Hungría. Pero esta es otra historia.
Con el Covid absorbiendo la primera plana cada día de este año casi se nos pasa un aniversario redondo, los 80 años de una matanza espeluznante: KATYN.
Tras el Pacto Ribbentrop-Mólotov (23/8/39), en la primavera de 1940 Polonia se había convertido en víctima de la “política de apaciguamiento” del Primer Ministro británico Neville Chamberlain. Winston Churchill, curiosamente miembro de su propio partido, afirmaría en la Moción de Censura parlamentaria: “Tuvo usted para elegir entre la humillación y la guerra, eligió la humillación y nos llevará a la guerra”.
Así era sir Winston, un político con el precioso don de la oportunidad y con una cita para cada caso. Cuando poco tiempo despues Inglaterra bombardeaba salvajemente la Francia ocupada matando a miles de sus supuestos aliados, tuvo el azar de comentar: “Caballeros, no hemos venido a salvar a los franceses, sino a sus vinos”.
Qué pena que no tuviera el mismo aprecio por el vodka, imagino que pensarían los polacos.
Es frecuente recurrir a la invasión alemana de Polonia el 1 de septiembre del 39 como el punto de no retorno de las hostilidades que desembocarían en la IIWW, pero se olvida siempre -cachis la mar- que con apenas 15 días de distancia también la URSS asaltaría las fronteras polacas.
Alemania mantenía desde hacía años reclamaciones territoriales que, aunque reconocidas, no resultaban resueltas. Los rusos… los rusos sencillamente querían el control del Báltico hasta la misma Finlandia, que por cierto también invadieron… con más pena que gloria..
Sea como fuere Polonia fue agredida por las dos grandes potencias y la rendición fue cuestión de días con la consecuente partición del país.
Mientras el grueso del ejército polaco se enfrentaba a los alemanes, cerca de un millón de soldados soviéticos ocuparon sin oposición gran parte del territorio.
El 5 de marzo el Jefe del NKVD mariscal Beria informa a Stalin de que mantiene arrestados a cerca de 25.000 ciudadanos polacos entre oficiales del ejército, policías, intelectuales, líderes políticos, obreros y religiosos. Todos ellos bajo la acusación de “saboteadores, espías, terratenientes y curas”.
Vamos, un clásico entre los asesinos comunistas.
A partir de esa fecha se pone en marcha un plan para hacer desaparecer a todas esas personas declaradas enemigas de la Unión Soviética, y entre abril y mayo, a imagen y semejanza del ensayo realizado 4 años atrás en Paracuellos del Jarama, los detenidos fueron trasladados en grupos maniatados, asesinados y sepultados en fosas comunes en medio de ninguna parte.
El azar representado por una manada de lobos hambrientos quiso que, casi 3 años despues, los alemanes dieran con las tumbas del genocidio comunista.
Stalin se apresuró a acusar ante la prensa mundial a los alemanes, y EEUU e Inglaterra vergonzosamente avalaron la falacia.
¿Por qué afirmo “vergonzosamente”?, se preguntará el lector.
Sencillamente porque ambas potencias habían sido puntualmente informadas de los crímenes librados por mano soviética (informes de la Cruz Roja, del último embajador británico en Varsovia sir Owen O’Malley, y de oficiales norteamericanos prisioneros) y decidieron mirar hacia otro lado antes que violentar a su socio bélico, que era en definitiva el mayor proveedor de carne humana para la contienda.
Hacer a los alemanes culpables ante el mundo de cualquier monstruosidad comenzó a convertirse en parte de la estrategia aliada.
La verdad siempre es la primera víctima de las guerras.
LARREA   Jul/2020

 

Be Sociable, Share!

    Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

    ACEPTAR
    Aviso de cookies
    Web translate